Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 17: El precio de la verdad
El barco zarpó con la marea alta.
Nosotros estábamos en cubierta, mezclados entre los pasajeros que se despedían de sus seres queridos y los marineros que maniobraban las velas. El viento soplaba del norte, hinchando la lona, y el Albatros se alejaba de la costa con una elegancia que contrastaba con la violencia de nuestro propósito.
—Allí —dijo Viollet, señalando hacia la popa.
La vi. Grecia estaba de pie junto a la barandilla, con un vestido de seda azul que ondeaba al viento y el cabello rubio suelto sobre los hombros. A su lado, un hombre alto y barbudo la protegía con un brazo.
—Ese debe ser su nuevo amante —dije.
—O su nuevo aliado. Grecia no tiene amantes. Solo instrumentos.
Nos acercamos con paso lento, procurando no llamar la atención. Pero Grecia debía tener un sexto sentido para el peligro, porque justo cuando estábamos a unos metros, se volvió.
Sus ojos grises se encontraron con los de Viollet.
Y sonrió.
—Hola, hermana —dijo, con la misma dulzura venenosa de siempre—. Sabía que vendrías.
Los hombres de la tripulación que estaban cerca desenvainaron sus espadas.
Era una trampa.
Siempre lo había sido.
—Rubén —susurró Viollet, con la mano en su daga—. Detrás de nosotros.
Me volví. Una docena de marineros armados nos bloqueaban el paso.
Estábamos rodeados.
—No quería que fuera así —dijo Grecia, avanzando hacia nosotras con el vestido azul flotando a su paso—. Pero me dejaste sin opciones, Viollet. Mataste a nuestro padre. Destruiste nuestra casa. Me obligaste a huir como una rata. Y ahora vienes a por mí, como si tuvieras derecho a juzgarme.
—Tengo todo el derecho —respondió Viollet, con voz firme—. Tú conspiraste para matar a mi esposo. Tú me tendiste una trampa que me costó la vida. Tú…
—¿La vida? —Grecia rió, y su risa era un sonido agudo, casi histérico—. ¿De qué hablas? Estás viva. Más viva que nunca. Y yo soy la que está muerta en vida, perseguida, acosada, sin un lugar al que ir.
—Eso se llama justicia.
—No. La justicia sería que me dejaras en paz. Que te olvidaras de mí. Que siguieras con tu vida perfecta con tu duque perfecto mientras yo me pudro en el olvido. Pero no puedes, ¿verdad? Porque necesitas odiarme. Necesitas tenerme como enemiga para justificar tu propia existencia.
Viollet enmudeció. Sus dedos temblaban sobre la daga, pero no la desenvainaba.
—Déjala —dijo Grecia, dirigiéndose a los marineros—. No quiero sangre en mi barco. Sáquenlos a empujones por la pasarela.
—No nos iremos —dije, desenvainando mi espada.
—No me hagas matarte, cuñado —respondió Grecia, y en sus ojos vi un destello de locura—. Sería una lástima. Tu hermano te llora en su celda.
—Emill nos dijo dónde estabas —intervino Viollet—. Nos ayudó.
Grecia palideció.
—Eso es mentira.
—Es verdad. Tu aliado te ha traicionado, Grecia. Como tú traicionaste a todos los que confiaron en ti. Ya no te queda nadie. Solo estos mercenarios que has pagado con el oro de nuestro padre. Y cuando se acabe el oro, también ellos te abandonarán.
Grecia dio un paso atrás. Sus ojos recorrieron la cubierta, buscando aliados, pero los marineros empezaban a mirarse unos a otros con desconfianza.
—El oro —dijo uno de ellos—. Dijiste que había más.
—Y lo hay —respondió Grecia, pero su voz temblaba—. En cuanto lleguemos a las islas…
—No vamos a llegar a ninguna parte si la guardia del puerto nos detiene —intervino otro—. Estos dos son nobles. Si los matamos, nos cazarán hasta el fin del mundo.
—No los van a matar —dijo Grecia, con desesperación—. Solo los van a retener. Unas horas. El tiempo suficiente para que yo escape.
—Ya no mandas tú aquí —dijo el primer marinero, desenvainando su espada contra ella.
Grecia gritó y retrocedió hacia la barandilla. Su espalda chocó contra la madera, y por un instante vi el miedo en sus ojos. El miedo verdadero, el que no se puede fingir.
—Viollet —suplicó—. Por favor. Soy tu hermana.
Viollet la miró largo rato. Luego, con una lentitud que me pareció eterna, guardó la daga en su cinto.
—Eres mi hermana —dijo—. Por eso no voy a matarte. Pero tampoco voy a dejarte huir.
Se volvió hacia los marineros.
—Hay una recompensa por ella. Viva. El rey pagará bien por su captura. Llévenla de vuelta al puerto, y yo misma me encargaré de que reciban su paga.
Los marineros se miraron unos a otros. Luego, el primero asintió.
—Trato hecho.
Grecia lanzó un grito cuando la tomaron del brazo, pero ya no había fuerza en su voz. Solo desesperación.
—¡Te odio! —gritó, mientras la arrastraban hacia la pasarela—. ¡Te odio, Viollet! ¡Ojalá te hubieras muerto en la guillotina!
El nombre flotó en el aire como un cuchillo. Viollet se quedó inmóvil, con el rostro pálido y los ojos fijos en la espalda de su hermana que se alejaba.
—Viollet —dije, tocando su brazo—. ¿Estás bien?
No respondió. Solo se quedó allí, mirando el vacío, con el viento del mar revolviendo su cabello blanco.
La tomé de la mano y la guié de vuelta al camarote. Cuando cerré la puerta, ella se dejó caer en la cama y enterró el rostro en la almohada.
No lloraba. Era peor. Estaba en blanco, como si algo dentro de ella se hubiera roto.
Me senté a su lado y le acaricié la espalda en silencio.
—Lo hice —dijo al fin, con voz apagada—. La atrapé. Mi venganza está completa.
—¿Y no te sientes mejor?
Se incorporó, y en sus ojos violetas vi una tristeza infinita.
—No. Me siento vacía. Como si todo lo que he hecho no hubiera servido de nada.
—No es cierto —dije, tomándole el rostro entre las manos—. Has salvado mi vida. Has limpiado tu nombre. Has hecho justicia. Eso no es nada.
—Pero Grecia…
—Grecia pagará por lo que hizo. Pero tú no tienes que cargar con el peso de su condena. Eso le corresponde al rey.
Viollet cerró los ojos y apoyó la frente en la mía.
—¿Qué hago ahora? —preguntó—. He pasado dos vidas planeando esta venganza. Y ahora que ha terminado, no sé qué hacer conmigo.
—Ahora vives —respondí—. Ahora me amas. Ahora dejamos atrás todo esto y nos vamos a la finca de los acantilados, y plantamos un jardín, y tenemos hijos, y envejecemos juntos viendo el mar. Eso es lo que haces ahora.
Abrió los ojos, y por primera vez en todo el día, vi una chispa de esperanza en ellos.
—¿Un jardín?
—Uno grande. Con todas las flores que quieras.
—¿Y hijos?
—Los que quieras.
Sonrió, y su sonrisa era la cosa más hermosa que había visto en dos vidas.
—Te amo —dijo.
—También te amo —respondí.
Y en el camarote oscuro del barco que regresaba al puerto, con el olor a sal y a humedad impregnando todo, hicimos el amor como si fuera la primera vez.
Porque en cierto modo, lo era.
El final de una historia.
Y el principio de otra.
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰