—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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NO MÁS
Me alejé lo más lejos que pude, sin dirigirle la palabra a nadie.
El bullicio del patio aún resonaba a lo lejos, pero yo solo quería pasar desapercibido.
Era mi primer día, y ya sentía los nervios recorrerme como un escalofrío constante.
El sonido de la campana marcó el inicio de las clases. Poco a poco, los estudiantes comenzaron a dispersarse, y el silencio volvió a dominar los pasillos.
Respiré profundo y me dirigí hacia la dirección para firmar los documentos que ponían fin a mi permiso de ausencia.
Al llegar, la secretaria me pidió que esperara unos minutos. Había una pequeña sala que separaba la oficina del director del pasillo principal, así que me senté en una de las sillas.
Desde ahí podía ver a los profesores caminar apresurados, cargando carpetas y papeles. La secretaria del director conversaba con un joven de cabello negro azabache.
No sé si fue curiosidad o simple coincidencia, pero en algún punto ambos voltearon a mirarme. La secretaria señaló discretamente hacia donde yo estaba, y el joven asintió con una expresión neutra, casi indiferente.
A los pocos segundos, el muchacho se acercó y se sentó en la silla contigua.
El aire cambió.
Un aroma maderoso, profundo y envolvente me golpeó de repente. Era cálido, pero al mismo tiempo me provocó un escalofrío.
Sin pensar, mis sentidos se agudizaron, y antes de poder detenerme, me incliné levemente, siguiendo el aroma hasta su cuello.
El chico giró el rostro apenas un segundo antes de que mi nariz rozara su piel.
—¡Lo siento! —exclamé, alejándome enseguida con las mejillas encendidas.
El joven frunció el ceño con evidente disgusto.
—Lo que me faltaba… un omega loco —murmuró con voz fría, cerrando los ojos como si yo fuera una molestia.
—¡Oye! No estoy loco —repliqué ofendido, apretando los puños.
Él ni siquiera se dignó a mirarme.
Se limitó a respirar hondo, como intentando mantener la calma.
—Soy nuevo en todo esto —susurré para mí, bajando la mirada.
En ese momento, la secretaria llamó desde la puerta.
—¡Nicolás Smith!
Me levanté con rapidez, deseando desaparecer del incómodo silencio que se había formado.
Antes de alejarme, me giré hacia el chico.
—En verdad lamento mucho lo que pasó —dije con sinceridad.
Él no respondió, solo me observó de reojo con una expresión indescifrable.
Seguí a la secretaria hasta la oficina. Al abrir la puerta, el aire cambió otra vez: todo estaba decorado en tonos fríos, casi metálicos.
Detrás de un escritorio antiguo, el director observaba el campus desde la ventana.
—Me alegra que haya decidido continuar sus estudios de forma presencial, joven Nicolás —dijo sin mirarme, con voz firme.
—Le agradezco mucho que me permitiera cursar el año anterior en modalidad en línea —respondí inclinando la cabeza.
—Espero que no tengamos más… inconvenientes con su vida escolar —añadió el director, girándose finalmente hacia mí.
En su mirada pude notar que recordaba perfectamente los problemas que el Nicolás original había causado.
—No se preocupe, señor. No habrá más problemas —aseguré con voz firme—. Ya no más.
El hombre asintió, satisfecho.
—Eso espero. Puede retirarse.
Al salir de la oficina, la secretaria me esperaba con una carpeta en mano.
—Aquí está el permiso para tu reincorporación, Nicolás. Y… —dijo, haciendo una pausa—. Lleva contigo a Rafael.
—¿Rafael? —pregunté sin entender.
Ella señaló con una sonrisa amable hacia el pasillo.
Y allí estaba él.
El mismo joven de cabello azabache me esperaba, con las manos en los bolsillos y la expresión distante.
Reí por lo bajo, sin poder evitarlo.
Hasta que su nombre resonó en mi mente.
Rafael Collins.
Mi cuerpo se tensó.
Abrí los ojos con asombro y miré a la secretaria.
—¿Ese Rafael… de la familia Collins?
—Así es —confirmó ella con naturalidad—. Aunque no quiere que todos lo sepan.
Su sonrisa inocente contrastaba con el torbellino que se desató dentro de mí.
Porque ella no lo sabía…
No sabía que tenía frente a mí al villano de esta historia.
El villano obsesivo, de carácter incontrolable.
El mismo que, en mi vida anterior, me había hecho suspirar con cada capítulo.
El que había amado a pesar de su oscuridad.
Y ahora… lo tenía a solo unos pasos.
Rafael me miró con desinterés.
—¿Vas a quedarte ahí parado o piensas moverte? —preguntó con voz grave.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura.
—Claro… vamos. —Caminé a su lado, sintiendo cómo el corazón me martillaba el pecho.
Cada paso a su lado me resultaba irreal.
Podía sentir su presencia, poderosa, fría, como si el aire mismo se doblara a su alrededor.
“Tranquilo, Nicolás…”, me repetía una y otra vez.
“Solo es un personaje. Solo es ficción. No puede hacerte daño.”
Pero, al mirar de reojo su perfil, supe que me estaba mintiendo.
Ese no era un simple personaje.
Era Rafael Collins.
Y, de alguna manera, mi destino acababa de entrelazarse con el suyo.