Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 3: El Eco del Puerto de Smog
La bañera de cobre, incrustada con filigranas de plata, soltaba un vapor tenue que aromatizaba la habitación con aceite de lavanda y jazmín. Tea, la doncella principal, frotaba la piel de la bebé Vespera con una suavidad casi religiosa, mientras tarareaba una canción sobre los héroes del Gremio del Acero.
—Es una bendición, mi señora —murmuró Tea con una sonrisa—. Todo el mundo en el Distrito Central dice que el Barón Kaelen es el hombre más virtuoso de esta era. Dicen que su valentía en la Batalla de la Cresta de Cobre salvó a miles. Tener un marido así, y ahora una hija... usted es la mujer más envidiada de la capital.
Elena escuchaba las palabras de Tea como si vinieran de un mundo lejano, un mundo que empezaba a desmoronarse bajo sus pies. Sus manos sostenían una toalla de seda, pero sus dedos estaban rígidos, incapaces de procesar la hipocresía que la rodeaba.
«Virtuoso... Valiente...», pensó Elena con amargura.
«¡Es una farsa! ¡Todo el protocolo, la etiqueta, la supuesta lealtad!»
La voz de Vespera, clara y afilada como un cristal roto, se filtró de repente en la mente de Elena, interrumpiendo el canto de la doncella. La bebé, con sus ojos azules fijados en un punto invisible, irradiaba una furia que no correspondía a su edad.
«Madre, deja de escuchar las mentiras de esa doncella. El "asunto oficial" que mantiene a mi supuesto padre fuera de casa no es ninguna reunión de ministros. Está en los muelles del Sector 7, en el Puerto de Smog. En ese almacén abandonado donde guardan el éter robado, está ella. Está Isolde. Y está dando a luz al bastardo que él planea usar para reemplazarme».
Elena sintió que el suelo se inclinaba violentamente. El nombre "Puerto de Smog" era infame; era la zona más baja de la ciudad, donde los alquimistas caídos traficaban con componentes ilegales. ¿Su marido, el héroe nacional, en el submundo del crimen industrial?
La náusea que Elena sentía por el parto se transformó en una frialdad gélida. Su visión se aclaró. Por diez años, ella había sido la patrocinadora silenciosa de la carrera de Kaelen. Había vendido sus propios diseños de ingeniería alquímica para financiar el ascenso de su marido, creyendo que construían un imperio para sus hijos. Ahora comprendía la verdad: ella había sido el motor de un vehículo que él conducía hacia otra mujer.
«El dinero que le entregué el mes pasado para el "mantenimiento de las calderas de la ciudad"», pensó Elena, mientras un recuerdo punzante la golpeaba, «fue directamente a financiar la casa de seguridad de esa mujer».
—¿Señora? —Tea se detuvo, preocupada al ver la palidez repentina de su ama—. ¿Se siente bien? ¿Traigo un tónico de sales?
Elena forzó una sonrisa, una máscara perfecta que le había costado años perfeccionar. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una resolución nueva y peligrosa.
—Estoy bien, Tea. Solo... estaba pensando en lo afortunada que soy —respondió con una voz suave, casi inaudible—. Tienes razón. La Mansión de Bronce es un lugar envidiable. Pero a veces, las cosas más hermosas son las que más rápido se oxidan si no se revisan los engranajes.
«Bien dicho, madre», vibró la voz de Vespera. «A partir de ahora, dejaremos de ser las piezas que ellos mueven. Vamos a ser quienes cambien el diseño de la maquinaria».
Elena levantó a Vespera, envolviéndola en la toalla. Mientras lo hacía, sus dedos rozaron el collar de perlas que el Barón le había regalado en su aniversario. Con un movimiento deliberado, Elena se lo desabrochó y lo dejó caer sobre la mesa de mármol. El sonido del choque fue seco, definitivo.
—Prepara mi capa de viaje, Tea —ordenó Elena, mirando por la ventana hacia el horizonte industrial, donde las chimeneas del Sector 7 exhalaban un humo negro que oscurecía el cielo—. Si el Barón no puede volver a casa hoy por "asuntos oficiales", creo que deberíamos ir a visitarlo. Después de todo, una buena esposa debe estar donde su marido más la necesita... especialmente en un momento tan "delicado".
Tea se quedó paralizada, con la boca entreabierta. Nunca había visto a su señora tomar una decisión tan drástica. Pero algo en la mirada de Elena —una chispa de inteligencia fría y calculadora— le impedía desobedecer.