Ricco Salvatore nació en la cima de la cadena.
Heredero de una de las familias más temidas de España, lleva el caos en la sangre y el peligro en la sombra de cada paso.
Pero el día en que una joven empleada doméstica se desmaya en el baby shower de su cuñada, revelando un mundo de agresiones escondidas bajo maquillaje y silencio… Ricco ve algo para lo cual ningún imperio lo había preparado:
Vulnerabilidad. Pureza. Y un valor silencioso.
Ana Lua, criada en la periferia, lo perdió todo; los padres huyeron a México, el hermano la odia y la maltrata, y el novio se volvió cómplice del dolor.
Ricco la salva una vez. Luego, otra.
Y cuando empieza a descubrir su pasado, intenta impedir que sufra, mientras ella trata de empezar de nuevo. Entonces se da cuenta de que la cercanía y la protección pueden ser tan peligrosas como los golpes que recibía.
Porque Ricco Salvatore no sabe jugar.
Él cuida. Él protege.
Y cuando ama, es hasta el final, o hasta la destrucción.
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Capítulo 6
El salón aún vibraba con la música suave y las últimas risas del baby shower. Las luces doradas parpadeaban sobre los adornos, y Mirella sonreía con ese brillo en la mirada que solo la maternidad trae.
Pero entonces, un sonido apagado. Un cuerpo cayendo.
Me giré de inmediato. Mis ojos barrieron el salón y se detuvieron en ella, la chica del jardín. La misma que andaba con la cabeza baja más temprano. La misma que, por algún motivo que yo aún no entendía, me había incomodado profundamente.
Ahora ella estaba caída, cerca de la mesa de recuerdos. La mirada perdida. Las rodillas dobladas de un modo que denunciaba más que un simple tropiezo.
No pensé. Solo fui.
—¡Oye! — me adelanté con pasos largos. — ¡Se desmayó!
La levanté en mis brazos. Ella era leve, frágil, como si el mundo ya le hubiera quitado más de lo que podía soportar. Su rostro estaba pálido, el sudor escurría por la sien.
—Paño mojado. Ahora. — pedí, firme, y vi a Mirella levantarse con esfuerzo, June correr, Antonella acercarse.
Coloqué a la chica en el sofá con el máximo cuidado, pero en el instante en que pasé el paño húmedo en su rostro... la verdad apareció.
Una mancha morada. Cruel. Inconfundible.
Silencio.
Mi mandíbula se tensó. No necesitaba palabras. El maquillaje había intentado esconder. Pero yo ya sabía. Yo siempre supe reconocer dolor disfrazado. Aquello... me consumió por dentro.
Ella despertó asustada, pidiendo disculpas, como si ya esperase ser expulsada.
Y allí, yo supe. Ella vivía con miedo.
Cuando la oí decir el nombre — Ana Lua —, grabé. No solo el sonido, sino la forma en que ella lo dijo, como si dudase de sí misma.
Y cuando confesó, casi en un susurro, que el hermano y el novio la lastimaban...
Algo dentro de mí se quebró.
—¿Quieres continuar viviendo allá? — pregunté. Mi voz salió baja, controlada. Pero dentro de mí, un incendio ya se armaba.
—No tengo elección... — ella dijo, con los ojos hundidos.
—Sí la tienes. Ahora la tienes. — extendí la mano. — Si confías en mí, nadie más te pone un dedo encima. Nunca más.
Ella vaciló. Vi el miedo trabando cada músculo del cuerpo. Pero también vi algo surgir, bien allá en el fondo… esperanza. Era tenue. Frágil. Pero estaba allí.
Y entonces… ella agarró mi mano.
La sensación fue inesperada.
No fue como agarrar a cualquier otra mujer. Tenía algo en ella… algo que me jalaba para cerca sin que yo entendiese el porqué.
Yo, que siempre fui el ejecutor. El imparable. El heredero del caos. Yo, que aprendí a destruir primero y preguntar después. Estaba allí, con aquella chica, queriendo protegerla de un mundo que yo conocía bien de más.
Me levanté con ella.
Y cuando June me miró y pidió:
—Lleva a ella hasta la cocina, Ricco. Prepara un té, un dulce. Solo conversa.
Asentí. Sin pensar dos veces.
Caminamos en silencio por los corredores de la casa. Cada paso de ella aún inseguro, como si dudase de que podía andar libremente.
Abrí la puerta de la cocina de la mansión, no aquella que todos estaban sirviendo. Encendí la luz baja, solo lo suficiente. El ambiente era cálido, confortable, con olor a pastel y té fresco. La senté en una de las sillas y fui hasta la tetera.
Ella me observaba en silencio.
—Nunca nadie me defendió así antes… — dijo de repente, casi sin aliento.
—Debería haber sido lo básico, Ana Lua. — respondí, sin quitar los ojos del agua calentando. — Pero hay gente que se alimenta de la flaqueza de los otros. Yo conozco ese tipo. Y odio a todos ellos.
Ella bajó los ojos.
—¿Por qué estás ayudándome? — susurró.
—Porque alguien necesitaba hacer eso. Y yo puedo. — dije, acercándome con la taza de té. — Y también porque… — pausé, encarándola — …cuando te vi allá afuera, antes mismo de saber tu nombre, algo me incomodó. Como si yo ya te hubiese visto antes. Como si yo… necesitase garantizar que nadie más te lastimase.
Ella tembló levemente al agarrar la taza. Pero me miró. Por primera vez, sin miedo. Solo sorpresa. Como si no creyese que alguien como yo estuviese allí… por ella.
—Eres diferente… — dijo.
Sonreí de lado.
—O peligroso. Depende de quién pregunta.
Ella rió. Fue flaco, pero genuino. Y solo por eso, yo supe que haría lo que fuese preciso para oír ese sonido de nuevo.
Ana Lua.
La chica con nombre de poesía… y un pasado de dolor.
Pero a partir de ahora, ella era mi responsabilidad.
Y el infierno que osase tocarla de nuevo… tendría que pasar por mí primero.
El salón estaba prácticamente vacío, me ausenté por un segundo, a ver algo con mi madre, un servicio, de repente aquí, o en mi casa, pero vi a las chicas saliendo, una a una, y me cuestioné si ella conseguiría, si tendría coraje, volví para la cocina y quedé aliviado.
Ella continuaba allí.
Sentada en la misma silla. Las manos entrelazadas en el regazo, la mirada perdida en algún punto de la encimera. Como si no supiese si podía mismo quedarse.
Como si a cualquier segundo alguien fuese a mandarla a irse.
Llegué más cerca, despacio. Me agaché al frente de ella, apoyando una rodilla en el suelo. Miré en los ojos de ella — oscuros, hundidos, asustados. Aún había miedo allí. Pero también cansancio. Y una puntita de algo nuevo… confianza.
—Aún estás aquí — hablé, bajo.
Ella asintió. Sin levantar mucho el rostro.
—Yo... no sabía si podía salir. O si debía agradecer, o…
—No necesitas agradecer. — interrumpí. — Tú solo necesitas respirar. Y escucharme.
Ella mordió la comisura de la boca. Estaba intentando no temblar. Pero hasta eso era un esfuerzo para ella.
—No vas a volver para casa ahora, si estabas pasando por eso apenas por un techo ya está resuelto. Ni pienses en el mañana. Ni nunca más, si yo puedo evitar.
Ella abrió mucho los ojos, pero no respondió.
—Quiero que me muestres dónde vives — continué. — Yo mismo voy a buscar tus cosas. Tú no vas a poner los pies sola en aquel lugar. Ni necesitas encarar a nadie allá.
—Pero... ¿y si él está allá? Mi hermano va a impedirme.
—Entonces mejor aún. — respondí, firme. — Si él está allá, él va a entender — con todas las letras — que tú no estás más sola, si osare intentar impedirte haré el infierno acontecer, ¿tú quieres mismo salir de eso?
Ella me miró. De esa vez, entera. Y por un momento, vi el susto transformarse en algo más caliente. Más leve.
—Yo quiero, sí, ¿pero y después? — susurró. — Yo voy para dónde.
—Por el momento, conmigo.
—¿Contigo?
Asentí.
—Tengo espacio. Tengo silencio. Y tengo solo una intención, protegerte.
Ella soltó el aire despacio. Como si estuviese probando el propio aliento.
—Yo no quiero incomodar, si me da un servicio, o me indica algún lugar quedaré bien.
—No estás incomodando. Estás despertándome.
Ella pestañeó. Confusa.
—¿Despertando?
—Es. — respiré hondo. — Hace tiempo que yo ando medio... en el automático. Que no siento nada con fuerza. Pero tú, Ana Lua... tú apareciste y desorganizó eso todo. No sé cómo. Ni por qué. Solo sé que yo no voy a ignorar.
Quedamos allí. En silencio. Solo los dos. Las luces bajas de la cocina reflejando en los ojos de ella.
Y entonces, con voz pequeña, pero segura, ella dijo:
—Yo te llevo. Te muestro dónde es.
Me levanté. Extendí la mano.
Ella vaciló, pero agarró.
Y de esa vez... firme.
Caminamos lado a lado por la casa vacía. Eduardo nos vio de lejos y no dijo nada. Solo nos observó. Y yo supe, por la mirada de él, que estaba dándome un voto de confianza.
Abrí la puerta para ella. El aire de la noche estaba más frío de lo que yo recordaba. Ana Lua se encogió un poco, y sin pensar, quité mi abrigo y coloqué sobre sus hombros. Ella no rehusó.
Entramos en el coche.
Y en el espejo retrovisor, por primera vez en mucho tiempo... vi mi reflejo con propósito.
Estaba dirigiendo rumbo al infierno que ella vivía.
Pero no para mirar.
Para sacarla de allá.
Con las propias manos, si fuese preciso.