Un omega que no se doblega.
Un Enigma incapaz de amar.
Cuando el deseo rompe el control, solo una elección puede salvarlos… o destruirlos.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: Cuando la elección se vuelve herida
No avanzaron de inmediato.
Severin ordenó que la mujer y los niños fueran escoltados a un refugio improvisado a un día de marcha al sur. Dos soldados los acompañaron con provisiones mínimas. El resto del destacamento se quedó en silencio, con la tensión flotando en el aire. La frontera ya no era solo un territorio peligroso: ahora tenía rostro, nombres, aldeas que sangraban en silencio.
Rhydian no apartó la mirada del sendero por el que se alejaban.
—Si los Helkar están cazando omegas para venderlos al duque… —murmuró— esto no es una escaramuza cualquiera. Es una red.
Severin asintió lentamente.
—Y las redes no se rompen desde el centro —dijo—. Se cortan desde los bordes.
—¿Vas a informar al duque? —preguntó Rhydian, con un tono que ya anticipaba la respuesta.
Los ojos grises se posaron en él.
—El duque sabe más de lo que aparenta —respondió Severin—. Si informo ahora, las piezas se reacomodarán y no veremos nada.
Rhydian sintió un sabor amargo en la boca.
—Entonces esto es sucio desde arriba.
—La frontera siempre lo ha sido —dijo Severin—. La diferencia es que ahora estás mirando.
Reanudaron la marcha al amanecer. El paisaje se volvió más áspero: aldeas semivacías, campos pisoteados, marcas de fuego en algunas cabañas abandonadas. El silencio no era natural; era un silencio dejado por gente que había aprendido a desaparecer antes de que la violencia tocara la puerta.
A media tarde, encontraron huellas recientes cerca de un arroyo: marcas de botas pesadas, arrastres en el barro.
—Se llevaron a alguien herido —observó Rhydian, agachándose—. Y a otros que no caminaron por voluntad propia.
Severin lo miró con atención.
—Sabes leer rastros mejor que muchos exploradores del ducado.
Rhydian alzó los hombros.
—Aprendes cuando huir es la norma.
Siguieron el rastro hasta una construcción de piedra medio derruida, lo que alguna vez había sido un puesto de vigilancia fronterizo. El lugar olía a miedo viejo. Rhydian sintió que su omega se tensaba, no por instinto de celo, sino por reconocimiento del peligro. Había pasado por sitios así antes: lugares donde la gente dejaba de ser gente.
Severin levantó el puño, ordenando silencio. Dos soldados rodearon el perímetro. Rhydian se movió con ellos, pegado a la sombra del muro. Desde una abertura en la piedra, vio el interior: cinco hombres armados, dos omegas atados en el suelo, uno de ellos inconsciente.
La rabia le subió como fuego a la garganta.
—No son soldados del clan —susurró—. Son mercenarios.
—Contratados —corrigió Severin—. Alguien paga por cada omega capturado.
Rhydian apretó el puñal con tanta fuerza que le dolieron los dedos.
—No podemos esperar refuerzos.
—No —coincidió Severin—. No esta vez.
El ataque fue rápido, silencioso, brutal.
Severin entró primero, moviéndose como una sombra afilada. No gritó órdenes; no las necesitaba. Los soldados reaccionaron a su presencia con precisión casi automática. Rhydian se deslizó por un lateral, usando la sorpresa a su favor. Clavó el puñal en el muslo de uno de los mercenarios y lo derribó antes de que pudiera alzar la voz. El caos estalló en segundos.
Uno de los captores se lanzó hacia los omegas, intentando usarlos como escudo. Rhydian se interpuso sin pensarlo. Recibió un golpe en el costado que le sacó el aire, pero no retrocedió. El impacto lo hizo ver estrellas, pero también lo enfureció.
—¡Aléjate de ellos! —rugió.
Severin apareció a su lado, tan rápido que el mercenario apenas tuvo tiempo de girarse antes de caer al suelo, inconsciente.
El combate terminó tan abruptamente como había comenzado.
El silencio que quedó fue pesado. Los omegas liberados temblaban. Rhydian se arrodilló junto a ellos, cortando las ataduras con cuidado. Les habló en voz baja, palabras simples, anclándolos al presente.
—Están a salvo —dijo, aunque sabía que “a salvo” era una palabra frágil en la frontera.
Severin observó la escena desde unos pasos atrás. No intervenía. No tocaba. Pero su mirada era distinta: menos distante, más… atenta.
Cuando Rhydian se puso de pie, un dolor punzante le atravesó el costado. La adrenalina había ocultado el golpe.
Severin se acercó de inmediato.
—Estás herido.
—No es nada —respondió Rhydian, con los dientes apretados.
Severin no aceptó la evasión. Apoyó una mano firme en su hombro, obligándolo a quedarse quieto. El contacto fue breve, pero cargado de una intensidad que no era solo física.
—No te expongas así —dijo, con una dureza que rozaba la preocupación.
Rhydian alzó la mirada, sorprendido.
—No voy a mirar cómo los usan.
Los ojos grises se oscurecieron apenas.
—Eso te va a costar —murmuró Severin—. Y yo no protejo a quienes buscan morir como mártires.
Rhydian sostuvo su mirada.
—No busco morir. Busco que no nos traten como ganado.
El silencio entre ambos fue distinto esta vez. No era solo tensión. Era una grieta en la frialdad del Enigma, un lugar por donde se filtraba algo que Severin no sabía nombrar.
La frontera ardía en silencio.
Y Rhydian, con el costado dolorido y la sangre seca en las manos, había elegido un bando del que ya no podría apartarse.