Black fue uno de los asesinos cazarrecompensas más temidos del Clan Luna Negra, hasta que un desamor y el alcohol lo empujaron al Bosque Oscuro, donde debía morir.
Pero sobrevivió… pagando un precio.
Un collar sellado con un anillo lo convierte en el guardián espiritual de Daily, la nueva y más joven líder del clan Yshir, cuyo poder es más una maldición que una bendición. Ex cazadora de monstruos y demonios, Daily está convencida de que el amor es una estupidez innecesaria.
Atados por un sello divino que ninguno pidió, deberán convivir mientras fuerzas hambrientas de poder, monstruos, demonios y antiguos secretos se alzan. Fingir que no sienten nada será parte del trato… porque cuanto más intenten romper el vínculo, más cerca estarán de perderse a sí mismos.
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La prueba
El cuartel estaba lleno de voces y acero.
El sonido de espadas chocando, botas golpeando el suelo de piedra y risas contenidas llenaba el aire. Cazadores veteranos observaban desde los bordes del patio central, algunos con los brazos cruzados, otros apoyados contra las paredes, apostando en voz baja sobre quién caería primero. Para ellos, aquello no era más que rutina. Un espectáculo conocido.
En el centro, los aspirantes aguardaban su turno.
Había nervios en sus miradas. Ansiedad. Ambición mal disimulada. Algunos apretaban las manos hasta que los nudillos se volvían blancos. Otros intentaban parecer tranquilos… sin lograrlo.
Black rodó los hombros, soltando el cuello con un movimiento perezoso.
—Nada mal —murmuró, observando alrededor—. Si no salgo muerto, tal vez consiga trabajo.
La atención se centró en él cuando dio un paso al frente.
Un joven se plantó frente a Black. Era más bajo, de complexión delgada, pero su postura era rígida, correcta. Su mirada seria no vaciló ni un segundo.
Demasiado correcto.
—¿Ese será mi contrincante? —sonrió Black, ladeando la cabeza—. Tranquilo, no muerdo… mucho.
El muchacho no respondió.
No dijo una sola palabra.
Eso fue suficiente para que Black se confiara.
La señal del inicio resonó en el patio.
El combate comenzó.
El joven atacó primero, rápido, directo. Su espada trazó un arco limpio en el aire. Black retrocedió un paso, esquivando con facilidad, casi sin esfuerzo. Sonrió.
—Bien, bien… —provocó—. Al menos sabes moverte.
El aspirante no cayó en la burla. Atacó de nuevo, esta vez apuntando más bajo. Black giró sobre sí mismo, dejándolo pasar, bajando la guardia a propósito, invitándolo a cometer un error.
Se movía con soltura. Con experiencia. Como si aquello fuera un juego antiguo que conocía de memoria.
—¿Eso es todo? —se burló—. Pensé que dolería más.
Un golpe.
Otro.
El combate terminó en menos de un segundo.
Black desarmó al joven con un movimiento seco, lo tomó del hombro y lo lanzó al suelo con facilidad. El aspirante cayó pesadamente, quedando tendido, aturdido, convertido en poco más que un saco de entrenamiento.
Los murmullos crecieron de inmediato.
—¿Viste eso?
—No es un novato…
—¿De dónde salió?
Black levantó los brazos con exageración, girando sobre sí mismo.
—¿Ven? —dijo—. Ni siquiera me despeiné.
Algunos rieron. Otros lo observaron con recelo.
En ese instante, una presencia cruzó el patio.
No hubo anuncio. No hizo falta.
Dos cazadores veteranos se enderezaron de inmediato, dejando de hablar.
—Ya llegó…
—La líder.
Daily avanzó entre ellos con paso firme. Vestía ropas claras, adornadas con detalles grises. No llevaba armas visibles, pero su sola presencia imponía respeto. Su mirada era fría, calculadora. No había emoción en su rostro, ni curiosidad. Solo control.
A su muñeca, un brazalete brilló tenuemente.
Un hilo rojo surgió de él.
Invisible para todos… excepto para ella.
Y conducía directo hacia Black.
Daily no se detuvo al llegar al borde del patio.
—Solo vine a observar —dijo con voz serena—. No tardaré.
Uno de los hombres a su lado sonrió ampliamente y rodeó a ambos hermanos con un brazo, acercándolos.
—Tranquila, hermanita —dijo—. No hace falta que expliques nada. Este lugar siempre será tuyo.
Daily asintió sin responder.
Entonces lo vio.
El collar.
Su respiración se detuvo un segundo.
Sus ojos se abrieron apenas… lo suficiente.
—No… —susurró.
En el centro del patio, ajeno a todo, Black ayudaba a su contrincante a levantarse, todavía con esa sonrisa confiada que tanto irritaba.
—Vamos —le dijo—. No fue nada. Ni dolió.
En ese movimiento, el anillo se desprendió del collar.
Cayó al suelo con un tintineo claro.
El hilo rojo del brazalete brilló con fuerza, casi quemándole la muñeca.
—¡Detente! —gritó Daily, dando un paso al frente—. ¡No lo hagas!
Todas las miradas se giraron hacia ella.
El patio entero quedó en silencio.
Black frunció el ceño, confundido.
—¿Eh?
Se inclinó y tomó el anillo del suelo.
El metal estaba tibio. Vivo.
—Bonito —comentó, examinándolo—. Me queda bien.
—¡NO! —repitió Daily, lanzándose hacia él.
Demasiado tarde.
Black se colocó el anillo.
El resplandor estalló.
No fue una explosión común. No hubo fuego. No hubo ruido ensordecedor.
Fue una onda de energía pura.
El aire se comprimió y luego se liberó con violencia, lanzando a todos por los aires. El suelo del patio se resquebrajó bajo sus pies. Las banderas se rasgaron. El viento rugió como una criatura viva.
Daily fue arrojada hacia atrás, estrellándose contra el suelo con fuerza.
Black cayó de rodillas, jadeando, el anillo ardiendo en su dedo como una marca imposible de quitar.
El patio quedó en silencio.
Solo el eco de la campana resonó una última vez.
Y en medio del caos…
el pacto comenzó.