Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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CAPÍTULO 2 – Bajo observación. La recuperación no es una elección.
Las horas pasaban sin forma. No sabía si era de día o de noche; el tiempo se había vuelto un espacio sin bordes, una materia espesa en la que flotaba sin dirección. A veces intentaba contar los segundos entre un pitido y otro, pero el sonido se diluía en su mente antes de que pudiera fijarlo. No había ventanas. No había sombras que cambiaran de lugar. Solo luz constante. Solo blanco.
Intentó hablar, pero solo salió un sonido húmedo, atrapado en su propia saliva. La sensación la frustró más de lo que esperaba. Su cuerpo reaccionaba como si fuera nuevo, como si cada función básica necesitara re-aprendizaje.
La mujer apareció como siempre: sin anuncio, sin prisa. Nunca escuchaba sus pasos hasta que ya estaba allí. Elevó el espaldar de la cama con un movimiento suave y mecánico, luego le acercó un vaso de agua.
El cristal reflejó la luz artificial. Por un momento, el brillo le molestó más que el dolor de garganta.
Esta vez logró levantar la mano.
Temblorosa. Insegura.
El esfuerzo le arrancó una respiración más profunda. Sus músculos respondían con lentitud, como si recibieran órdenes a través de una distancia enorme. El vaso pesaba más de lo que esperaba, o tal vez era su brazo el que aún no recordaba su fuerza.
Rozó sus labios.
El agua fue dulce.
Dolorosamente dulce.
Bajó con dificultad, raspándole la garganta, pero al mismo tiempo la despertó por dentro. Un recordatorio punzante de que seguía viva. De que su cuerpo, a pesar de todo, insistía en funcionar.
Alzó la mirada hacia la mujer. Era la primera vez que la observaba con verdadera atención. El uniforme blanco resaltaba el azul cansado de sus ojos. Había ojeras suaves, casi imperceptibles. Una arruga en el entrecejo que no parecía reciente.
Por un instante quiso creer que allí había compasión.
Intentó sonreír.
El gesto apenas se formó, pero la mujer lo notó.
—Vas mejorando —dijo—. No te apresures.
La frase flotó en el aire.
No sonó como consuelo.
Sonó como evaluación.
Como si cada movimiento estuviera siendo registrado en una lista invisible.
—Te trasladarán a otra habitación.
Trasladarán.
La palabra se asentó en su pecho.
No preguntó si quería.
No preguntó nada.
Porque empezaba a comprender que allí las decisiones no le pertenecían.
La puerta se abrió y un hombre entró. Alto. Rígido. Uniforme negro sin insignias. Su presencia llenó el espacio con una autoridad silenciosa.
No habló.
Se acercó a la cama y la levantó con una eficacia que no admitía titubeos. No fue brusco, pero tampoco delicado. Era la clase de contacto que no busca conexión, solo cumplimiento.
Rutina aprendida.
La sentó en una silla de ruedas. Sintió el frío del metal atravesar la tela fina que la cubría. Luego las correas ajustándose en sus muñecas.
En sus tobillos.
El sonido del velcro fue breve, seco.
No dolía.
Pero la sensación era clara.
Una jaula portátil.
El pasillo era largo y excesivamente blanco. Las luces zumbaban con un murmullo constante que acentuaba el silencio. El suelo pulido devolvía reflejos pálidos. Puertas cerradas a ambos lados, idénticas. Pequeñas ventanas opacas que no permitían ver el interior.
Ningún otro paciente.
Ningún murmullo lejano.
Ningún olor a comida, a desinfectante común, a vida cotidiana.
No parecía un hospital.
No olía a hospital.
Se detuvieron frente a una puerta metálica. Más gruesa que las otras. El hombre la abrió sin dificultad.
La nueva habitación era más amplia, más cálida, incluso más acogedora en apariencia. Una cama grande, sábanas perfectamente tensas. Un sillón en una esquina. Una colchoneta en el suelo, junto a bandas elásticas y pelotas de distintos tamaños.
Rehabilitación.
O preparación.
Mientras la acomodaban en la cama, lo vio.
Un pequeño punto negro en el ángulo del techo.
Una luz roja intermitente.
No parpadeaba al azar.
Observaba.
Sintió la mirada invisible recorrerla de la misma forma en que lo había hecho el doctor más tarde.
La puerta se cerró sin mostrar cerradura desde dentro.
El sonido fue sordo.
Definitivo.
Más cómoda, sí.
Pero seguía siendo una jaula.
Cuando las luces se apagaron, la oscuridad no trajo descanso inmediato. Trajo imágenes.
Dos luces blancas creciendo en la nada.
Frenos.
Un chirrido desgarrando el aire.
Impacto.
La sensación de flotar antes de caer.
Despertó de golpe, con la respiración superficial y la piel helada. El techo blanco fue lo primero que vio.
Siempre el techo blanco.
Giró la cabeza.
La mujer estaba allí, observándola.
No parecía sorprendida.
El grito salió antes de que pudiera contenerlo. Un sonido quebrado, débil, pero cargado de pánico.
Su garganta ardió.
—Ho… la…
La palabra se rompió en el aire, frágil, casi infantil.
La mujer asintió.
—Bien hecho.
Demasiado satisfecha.
Como si esa sílaba hubiera cumplido una expectativa.
El tiempo empezó a medirse en ejercicios. En la repetición disciplinada de movimientos que al principio parecían imposibles. En manos que guiaban sus brazos, que sostenían sus piernas, que presionaban músculos dormidos hasta obligarlos a recordar.
El dolor era constante, pero diferente. No era el dolor del accidente. Era un dolor constructivo. Metódico.
Avanzaba.
Lento, pero avanzaba.
Ya podía sentarse sola. Ya podía sostenerse sin ayuda durante varios minutos. Ya podía dar pequeños pasos con apoyo.
El cuerpo recordaba.
La mente no.
Intentaba buscar algo dentro de sí. Un nombre. Un rostro. Una palabra que la anclara a un pasado.
Nada.
Era como caminar por una casa vacía donde alguna vez hubo muebles, risas, objetos personales… y ahora solo quedaban paredes desnudas.
Un día la puerta se abrió y entraron varios. Entre ellos, un hombre bajo, de piel pálida y gafas inusuales. Sus movimientos eran contenidos, casi económicos. No sonreía.
—Soy el doctor Miller.
No extendió la mano.
No preguntó cómo se sentía.
Sus ojos no mostraban curiosidad humana. Mostraban cálculo.
—¿Recuerda quién es?
La pregunta no fue suave.
Fue directa.
Buscó dentro de sí. Se obligó a escarbar en esa neblina interna.
Imágenes sueltas. Sensaciones sin contexto. Nada sólido.
Nada útil.
No era que no quisiera responder.
Era que no había nada que ofrecer.
El silencio se prolongó unos segundos de más.
El grupo salió tan rápido como había entrado, dejando tras de sí la sensación incómoda de haber sido medida.
Clasificada.
Con el paso de los días, algo comenzó a cambiar.
Al principio fue una presión distinta en el vientre. Sutil. Fácil de ignorar. Pensó que era parte de la recuperación, una reacción del cuerpo debilitado.
Pero no desapareció.
Luego notó el crecimiento.
Lento.
Constante.
Demasiado constante.
Se tocó el abdomen una noche, cuando el silencio era más espeso y la luz roja del techo parecía latir con mayor intensidad.
Apoyó la palma con cautela.
Esperó.
No era imaginación.
No era hinchazón.
Era volumen.
Su respiración se volvió más profunda, más consciente.
Y entonces lo sintió.
Un movimiento.
Leve.
Interno.
No doloroso.
Intencional.
Se quedó inmóvil.
No hubo sorpresa.
Hubo reconocimiento.
Su mano permaneció allí, como si ya conociera ese gesto. Como si lo hubiera hecho antes. Como si su cuerpo hablara un idioma antiguo que su mente ya no podía traducir.
Nadie se lo había dicho.
Nadie había mencionado nada.
Aun así, lo sabía.
No era deducción.
No era esperanza.
Era una certeza que no dependía de la memoria.
Estaba embarazada.
Y esa verdad no venía de afuera.
Venía de algo intacto.
Algo profundo.
Algo que no se había podido borrar.