Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.
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UNA REUNIÓN CONMOVEDORA
El aire en la Gran Academia de Magia estaba cargado con una mezcla de sudor, adrenalina y el aroma metálico del poder residual. Leónidas caminaba a la cabeza de su grupo, sintiendo el peso de la mirada de cientos de estudiantes. No era para menos; sobre sus manos, envuelta en un paño de seda, descansaba la joya del ogro mágico, un trofeo que pocos equipos de su rango se atreverían a reclamar.
Al llegar frente al estrado, la figura imponente de Ying, el presidente del consejo, los recibió con una expresión neutral que ocultaba cualquier asombro. Leónidas presentó la gema. El brillo de la joya parecía latir con un eco de la batalla que acababan de librar.
—Bien hecho, equipo ocho —sentenció Ying, su voz resonando con autoridad en el salón—. Pueden tomar un descanso mientras el resto de los equipos entregan sus hallazgos.
—Entendido —respondió Leónidas con una breve inclinación de cabeza.
El tiempo transcurrió con una lentitud tortuosa. El bullicio de la academia regresó a medida que los últimos grupos cruzaban los portales, algunos exhaustos y otros con las manos vacías. Finalmente, cuando la hora límite expiró y el último equipo se presentó, Ying se puso en pie para dirigirse a la multitud.
—Felicidades a todos por regresar —comenzó, pero su tono se volvió severo—. Sin embargo, no se confundan. Haber regresado no significa haber aprobado. El éxito de esta misión lo determinará únicamente el nivel de la bestia que hayan logrado derrotar.
Un murmullo de ansiedad recorrió las filas de estudiantes. Ying los despidió con un gesto seco.
—Tienen una hora. Los resultados se publicarán en el tablero oficial. Buena suerte.
Sombras en el Equipo
Mientras la multitud se dispersaba, los grupos comenzaron a fragmentarse en charlas nerviosas. Algunos se mordían las uñas, otros discutían sobre la validez de sus trofeos. Deila, la compañera de Leónidas, dejó escapar un suspiro de alivio, aunque sus ojos plateados aún reflejaban dudas.
—Maravilloso... parece que tenemos una hora para procesar esto —dijo ella, intentando forzar una sonrisa.
—No se preocupen, confío en que aprobaremos —intervino Leónidas, manteniendo esa calma gélida que lo caracterizaba como líder.
—Si tú lo dices... —murmuró Deila, poco convencida.
Fue entonces cuando notaron que Blake, el tercer integrante, se alejaba del grupo sin decir palabra. Su postura era encorvada, con las manos hundidas profundamente en los bolsillos.
—Blake, ¿a dónde vas? —le llamó Deila.
—Iré por algo de comer. Nos vemos en un rato —respondió él sin volverse. Su voz sonaba hueca.
Leónidas observó su espalda. No era hambre lo que movía a su compañero; Blake parecía cargado de una tristeza pesada, como si la victoria contra el ogro no hubiera sido suficiente para acallar sus propios demonios internos. Se veía profundamente decepcionado de sí mismo.
—¿Y tú qué harás? —preguntó Deila, rompiendo el silencio tras la partida de Blake.
—No lo sé —admitió Leónidas—. Supongo que iré a los puestos de comercio a ver qué novedades hay.
—De acuerdo. Nos vemos en una hora.
Secretos en la Sala de Pruebas
Mientras los alumnos se dispersaban, en las profundidades de la academia, la atmósfera era mucho más tensa. En la sala de pruebas, el Director Bale observaba a Ying, quien examinaba las joyas recolectadas con una intensidad inusual.
—Mmm... —murmuró Ying, frunciendo el ceño.
—Ying —la voz del Director Bale cortó el silencio—. ¿Pasa algo?.
—Director —respondió Ying, irguiéndose—. Eso mismo iba a preguntar yo. ¿Esperábamos alguna sorpresa este año?.
Ying señaló tres gemas en particular.
—Hay dos joyas de nivel veinte. Un logro considerable para magos de rango bajo. Una pertenece al grupo ocho y la otra al grupo cinco.
—¿Grupo ocho? —preguntó Bale, interesado—. ¿El de Leónidas?
—Así es, señor —intervino la Profesora Jill, que acababa de entrar tras su reunión con los diez magos de la corte—. No los conozco mucho, solo traté con ellos brevemente antes de llevarlos a la sala de bienvenida.
El Director Bale se acercó a la joya del equipo ocho, sintiendo el calor que emanaba de ella.
—¿A qué bestia pertenece esta? —preguntó Bale.
—A un ogro mágico —respondió Ying—. Pero lo inquietante es cómo lo derrotaron. Fue con magia de fuego de nivel veinticinco. La joya todavía está caliente al tacto.
Jill se quedó boquiabierta.
—Qué locura... un nivel de fuego así en un examen de ingreso...
—¿Y la otra? —preguntó el director, señalando la segunda gema de nivel veinte.
—Un Leolagarto —explicó Ying—. Parece que tenemos dos grupos bastante interesantes este año.
—Eso parece —concordó Bale. Pero Ying no había terminado. Su rostro palideció ligeramente antes de hablar de nuevo.
—Sin embargo, señor... hay una tercera joya.
—¿Tercera?
—Pertenece al grupo uno. Es una joya de nivel treinta y cinco (LV35).
El silencio que siguió fue absoluto. La mención de un nivel treinta y cinco en una prueba estudiantil era algo inaudito, una anomalía que rozaba lo imposible.
—¡¿Qué?! —exclamó Bale—. ¡¿Cómo es posible?! ¿Crees que sea... él?
—No estoy seguro —respondió Ying con cautela—. Lo sabremos cuando se presenten a clases.
Bale suspiró, frotándose las sienes. El tablero de juego en la academia estaba cambiando más rápido de lo esperado.
—Bien, aprueba a estos tres equipos. Veamos qué pasará este año. Con su permiso.
Encuentros Inesperados y Viejas Heridas
Mientras tanto, en el bullicioso sector comercial de la academia, Leónidas caminaba absorto en sus pensamientos. "¿Dónde se habrán metido esos dos?", se preguntaba, pensando en sus padres y en las expectativas que pesaban sobre sus hombros.
De repente, un impacto lo sacó de su ensimismamiento. Alguien había chocado directamente contra él.
—Oye, fíjate por dónde caminas —gruñó Leónidas, con la paciencia agotada.
—Je, je, lo siento —respondió el desconocido, un joven de apariencia despreocupada—. A veces soy un poco despistado.
Leónidas lo miró con desdén.
—Olvídalo.
—Eh, soy Hitoka —insistió el chico, intentando ser amable.
—Sí, como digas —respondió Leónidas, ignorándolo por completo y siguiendo su camino.
Hitoka se quedó allí parado, observando cómo el líder del equipo ocho se alejaba.
—Vaya sujeto... —murmuró para sí mismo.
—Hitoka, ¿qué haces? —una voz profunda y autoritaria surgió de las sombras. Un hombre misterioso se acercó a él—. Vamos, el rey nos asignó una misión. No pierdas el tiempo.
—Claro, ahí voy —respondió Hitoka, cambiando su semblante juguetón por uno mucho más serio.
Lejos de allí, en una taberna cerca de las afueras del reino, Blake no buscaba comida. Buscaba respuestas. Frente a él, en una mesa apartada, se encontraba una figura que conocía demasiado bien: su propio hermano, Tokata.
—Hola, hermano —dijo Blake con veneno en la voz.
—Blake... —respondió Tokata, con una sonrisa de superioridad que hizo que a Blake se le apretaran los puños.
—¿Por qué tu grupo nos atacó durante la prueba? —exigió saber Blake.
Tokata soltó una carcajada seca, recostándose en su silla.
—Ya te lo dije, hermanito: el más fuerte siempre gana. Tu grupo parecía muy débil.
—Eso no te incumbe —replicó Blake, con la rabia contenida a duras penas.
—Además —continuó Tokata, ignorando el dolor de su hermano—, te aliaste con un matón. ¿Ese tonto de Leónidas? Simplemente lo tomé como una herramienta y espero que me sirva durante todo el año.
Blake se puso en pie, su silla raspando ruidosamente contra el suelo de madera.
—Eres un...
—Cálmate —lo interrumpió Tokata con frialdad—. Estamos en una taberna. No querrás comenzar una pelea aquí, ¿verdad? Solo volverías a perder.
Blake lo miró con un odio puro, las palabras de su hermano clavándose como dagas en su orgullo.
—Juro que te derrotaré este año —sentenció Blake antes de dar media vuelta.
—Inténtalo —se burló Tokata a sus espaldas—. Solo perderás nuevamente.
Blake salió de la taberna furioso, con la imagen de su hermano grabada en su mente. El examen apenas había terminado, pero la verdadera competencia estaba a punto de comenzar, y las líneas de batalla ya estaban trazadas.