Él la dejó.
Ella se reconstruyó
Ahora, él quiere volver.
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Capítulo 5: Ya no soy la misma
Narrado por Celia
Y ahí estaban.
Justo frente a mí.
Mis ex suegros.
Fernando… y Mónica.
Tuve que poner mi mejor cara.
Esa sonrisa educada… esa que aprendí a usar aunque por dentro no soporte a la persona que tengo enfrente.
Porque sí…
Mi madre me enseñó educación.
Aunque, sinceramente, en ese momento lo único que quería era borrarles esa falsa sonrisa del rostro.
Al principio no tenía nada en contra de ellos.
Incluso me parecían buenas personas.
Pero con el tiempo…
Con los hechos…
Descubrí lo que realmente eran.
Parásitos.
Personas que usaron a mi familia para salvar sus empresas llenas de deudas.
Empresas que se sostuvieron gracias a la nuestra.
Y yo…Yo fui parte de eso.
Hay algo que nunca conté.
Ni siquiera en voz alta.
Pero hoy…
Lo recuerdo con claridad.
Un día, Cristian me hizo firmar unos papeles.
Y yo…
Yo confié.
Como una tonta.
Como una mujer enamorada.
No leí nada.
Ni una sola línea.
Porque éramos marido y mujer…
Y jamás imaginé que él podría traicionarme de esa forma.
Pero lo hizo.
Firmé.
Y en esa firma…
Le cedí el 30% de mis acciones.
Las acciones que mis padres me habían dado.
Mi herencia.
Mi lugar.
Todo.
Se lo entregué…
A quien en ese momento era mi esposo.
Y recién me enteré…
El día del divorcio.
Ese día sí leí.
Ese día entendí.
Ese día me di cuenta…
De que me había quedado sin nada.
Sin absolutamente nada.
Si no hubiera sido por mis padres…
No sé qué habría sido de mí.
Ni de Ana.
Porque sí…
Me quedé sin nada.
Respiro.
Porque ya no importa.
O al menos…
Eso intento creer.
Aunque la empresa de mi familia…
Aún paga las consecuencias de mi error.
No está en crisis…
Pero cada vez está más cerca.
—Qué sorpresa verlos por aquí… —dice Fernando.
Su sonrisa es falsa.
Se nota.
Se siente.
—Realmente es un gusto encontrarlos —agrega Mónica, igual de hipócrita.—Esteban… Lucía… —continúa, mirando a mis padres como si nada hubiera pasado.
Mi padre responde.
Frío.
Correcto.
—Ha sido una sorpresa volver a verlos.
Sin emoción.
Sin calidez.
Nada.
Mi madre, en cambio…
Guarda silencio.
Fiel a su frase:
“Si no tienes nada bueno que decir… mejor calla.”
Pero de pronto, Mónica me mira.
—Celia, estás cada vez más hermosa. No sabía que eras médica.
Claro.
¿Cómo iba a saberlo?
Si a su hijo nunca le importó lo que yo hacía.
Nunca.
—Señora Mónica… tanto tiempo —respondo, con una sonrisa perfecta.
Falsa.
Pero perfecta.
—Sí, soy médica. Trabajo en el Hospital General.
El más importante del país.
—Oh… qué sorpresa.
—Estamos aquí celebrando el compromiso de mi hijo Cristian con Sara —dice, marcando cada palabra.
Como si quisiera lastimarme.
Como si aún pudiera hacerlo.
Pero no.
Ya no.
—Hacen una bonita pareja —respondo—. Son tal para cual.
La miro.
Sonrío.
Y sostengo esa sonrisa.
—¿Y ustedes? —pregunta—. ¿Qué celebran?
—Mi cumpleaños.
Y en ese momento…
Los veo acercarse.
Cristian y Sara.
Perfecto.
Lo que me faltaba.
Pero no me quiebro.
No esta vez.
—Y, casualmente —agrego, mirándolo directo—, hoy se cumplen dos años desde que me divorcié.
Silencio.
—Y no saben lo bien que me hizo terminar esa relación.
Mi voz es firme.
Segura.
—Como verán… estoy mejor que nunca.
Siento el peso de sus miradas.
Todas.
Incluso la de él.
Entonces…
Miran a Ana.
Mi pequeña.
La observan.
Confusión.
Sorpresa.
Molestia.
Algo más…
Pero no dicen nada.
Nada.
Y eso…
Eso lo dice todo.
Por dentro sonrío.
Porque en ese instante…
Los dejé sin palabras.
Sin control.
Sin poder.
Me agradecen por lo de Sebastián.
Palabras vacías.
Y se van.
Por fin.
Mi mesa vuelve a ser mía.
Mi aire vuelve.
Mi espacio vuelve.
Y entonces…
Las risas.
Mi familia.
Mis amigos.
La vida.
Cristian y Sara solo se acercan a saludar.
Un “gracias”.
Nada más.
Y se van.
Como extraños.
Como lo que son ahora.
Extraños.
La cena continúa.
Risas.
Historias.
Momentos.
Me cantan el feliz cumpleaños.
Nunca me gustó mucho…
Pero esta vez…
Lo disfruto.
Porque me lo merezco.
Después de todo…
Me lo merezco.