Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza
El asfalto mojado bajo los tenis tenía ese olor penetrante a lluvia reciente cuando la acera cerca de la parada de autobuses comenzó a inclinarse de forma imprevista. El peso de la mochila en la espalda pareció duplicarse en cuestión de segundos.
No hubo un impacto violento ni un estruendo en la calle. Solo una contracción seca y repentina en el centro del pecho. Un silbido ahogado en la garganta que se negó a dejar pasar el aire. La inhalación buscó respuesta en los pulmones, pero la vía respiratoria simplemente se cerró en un espasmo progresivo.
Los dedos de la mano derecha buscaron apoyo contra la estructura metálica del paradero, dejando la huella de la cicatriz circular del dorso marcada contra el metal frío antes de que las rodillas cayeran sobre la acera. La vista se nubló desde las esquinas hacia el centro en un degradado violáceo, hasta que el ruido del tráfico de la tarde se apagó por completo en la oscuridad.
El primer aliento de vida en la nueva realidad no fue suave. Fue una bocanada violenta de aire helado, denso, cargado de aroma a pino quemado, humedad de río y tierra ancestral.
En la penumbra de ese instante, justo antes de que el primer llanto rompiera el silencio de la noche, algo ocurrió en el plano invisible. Un patrón sutil de hilos dorados y púrpuras colapsó sobre sí mismo en el firmamento. En el centro de ese pecho diminuto, sobre la piel de un bebé abandonado a su suerte, destelló por un segundo imperceptible un sello místico complejo, un grabado antiguo de trazos geométricos y alianzas impuestas que no dejó marca física alguna sobre la carne.
A la par de esa luz fugaz que ataba algo desconocido en lo más profundo de su ser, cuatro siluetas espectrales de armas parpadearon en el aire, emitiendo una tonalidad que coincidía con la esencia de sus lejanas dueñas antes de disolverse:
La forma de dos hachas gemelas envueltas en cadenas místicas brilló con el tono de un verde pino oscuro mezclado con un único y dominante destello blanco puro; a su lado, la sombra firme de una gran lanza se iluminó con el tono azul medianoche de una larga cabellera sedosa; finalmente, el brillo iridiscente de dos ráfagas de fuego sagrado danzó en el aire, manifestando la silueta de nueve colas de zorro divididas en dos esencias idénticas: una refulgiendo en un rubio dorado caluroso y la otra en un plateado blanco helado.
El fenómeno no emitió sonido. Duró la fracción de un parpadeo antes de que el sello y las armas imbuidas con la tonalidad de esos cabellos se hundieran profundamente en el alma del infante y desaparecieran para siempre, dejando únicamente la incógnita en el aire y la piel limpia de un recién nacido desprotegido.
El frío de la intemperie entre las raíces de un sauce habría terminado con esa vida en cuestión de minutos. Sin embargo, los pasos pesados de una patrulla de la Secta Demoniaca interrumpieron la quietud del bosque.
El hombre al frente no era un héroe ni un salvador. Vestido con túnicas oscuras de cuero y acero, observó al bebé con la indiferencia propia de quienes sirven a la organización más temida de las tierras de Hanyang. Para él no hubo presagios, ni señales divinas, ni rastros de la extraña atadura que acababa de ocultarse en la existencia del niño. Solo vio a un recién nacido abandonado en el territorio de la secta.
Dentro del Culto Demoniaco no había espacio para la caridad inútil, pero tampoco para el desperdicio. La secta era una estructura masiva, un imperio cerrado formado por clanes internos, miles de cultivadores y una jerarquía férrea. Aunque los clanes principales generaban a sus propios guerreros y soldados de élite, la secta siempre necesitaba manos para la servidumbre, el mantenimiento de los palacios y los trabajos más bajos en los laboratorios de cultivo.
Sin decir una sola palabra, el patrullero envolvió al bebé en una tela basta de cáñamo y lo cargó con un solo brazo.
Minutos después, tras las imponentes murallas de piedra negra del complejo de la Secta Demoniaca, la nueva vida dio inicio.
Desde la cuna en las dependencias de los sirvientes, el entorno era severo y disciplinado. El aire olía a incienso medicinal, hierro quemado y al frío constante que bajaba de las montañas. No había maltrato absurdo ni crueldad gratuita por parte de la gente del culto hacia su propia población; la secta protegía a los suyos con celo y castigaba únicamente la traición o el deshonor. Sin embargo, la indiferencia era total: cada persona debía ganarse su lugar mediante el trabajo o la fuerza.
A medida que el cuerpo de Daniel comenzaba a crecer en la zona de servidumbre, la memoria y la consciencia de su vida pasada permanecieron intactas. Observaba en silencio las patrullas de cultivadores, las túnicas con los emblemas de los clanes internos y los rumores sobre las artes prohibidas que se experimentaban en las sombras: desde el cultivo del odio que fortalecía la energía a través del rencor de los enemigos, hasta las técnicas devoradoras que absorbían la esencia vital de los oponentes.
Ese era el mundo en el que le había tocado renacer: las entrañas de la facción más imponente de la antigua Asia, comenzando desde el escalón más bajo, sin favores ni privilegios, confiando únicamente en una mente fría para aprender a sobrevivir y descifrar algún día lo que yacía oculto en su propia alma.
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