Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.
En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".
Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.
Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.
¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.
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Trapos Sucios y el Día D
El silencio del pasillo nocturno duró apenas un segundo antes de que los dos presidentes irrumpieran en el centro de la escena.
—¡¡¡ALTO TODO EL MUNDO!!! —rugió Ren, interponiéndose de un salto entre Kenji y las chicas con los brazos abiertos.
Aoi apareció justo a su lado, con sus ojos azules echando chispas de rabia contenida.
—¡Suelten esas reglas y marcadores en este instante! —ordenó Aoi con una voz helada que hizo que Yumi y Hana dieran un paso atrás por puro instinto.
Kenji Sato, que aún sostenía el marcador permanente sobre la banca, miró a Ren con una mezcla de pánico y devoción.
—¡¡P-Presidente!! —exclamó Kenji en un susurro desesperado—. ¡Estábamos defendiendo su honor! ¡Estas chicas querían llenar todo el pasillo con sus afiches de teatro y nosotros solo...!
Antes de que terminara la frase, Ren lo atrapó del cuello de la chaqueta estilo gato regañado, soltándolo a un centímetro del suelo. Luego, Ren dio un paso al frente, se acomodó el brazalete rojo, apretó el puño contra su pecho y miró hacia el techo del pasillo con una mirada fija, heroica y llena de una pasión totalmente exagerada.
—¿Defender mi honor rayándole bigotes a un actor de teatro, Kenji? —comenzó Ren, con una voz profunda y resonante que parecía sacada de una película de guerra nacional—. ¡¡Acaso ese es el propósito del Pabellón Negro!! ¡¡¿Es esa la verdadera grandeza que buscamos?!!
Kenji y los chicos encapuchados se quedaron paralizados, escuchando a su líder como si estuvieran ante un altar.
—¡Un verdadero guerrero de los eSports no vence ensuciando el arte del enemigo en la oscuridad de la noche! —continuó Ren, señalando la pared con dramatismo absoluto—. ¡Nuestra victoria se escribe con honor, con dignidad y con el sudor de nuestras manos sobre el teclado a la luz del día! ¡Si queremos que los pro-gamers pisen este colegio, debemos demostrar que somos hombres de valor capaces de dejar este pasillo tan brillante como nuestra determinación! ¡¡¡Ese es nuestro verdadero propósito!!!
El grupo de chicos contuvo el aliento por dos segundos. De pronto, Kenji y los tres encapuchados cayeron de rodillas sobre el suelo de mármol, llorando desconsoladamente a mares por el discurso.
—¡¡¡P-PRESIDENTEEE!!! ¡¡¡QUÉ PALABRAS TAN HERMOSAS, DIOS MÍO!!! —gritó Kenji ahogado en lágrimas—. ¡¡¡TIENE TODA LA RAZÓN, LIMPIAREMOS CADA CENTÍMETRO CON NUESTRO HONOR!!! —¡¡¡NUESTRO PROPÓSITO ES BRILLANTE, MI PRESIDENTE!!! ¡¡DÉNOS LOS TRAPOS Y EL BALDE!! —chilló otro chico secándose los mocos con la manga.
Al otro lado, Aoi, Yumi y Hana se quedaron mirando la escena con rostros de absoluto shock y vergüenza ajena.
—¿Pero qué... qué clase de discurso ridículo fue ese? —susurró Aoi, llevándose una mano a la sien mientras veía a los chicos abrazar los baldes como si fueran trofeos sagrados—. ¡Literalmente los está mandando a limpiar y ellos lo celebran!
Aoi suspiró, intentando recuperar la cordura, y miró a Yumi y Hana con severidad.
—En cuanto a ustedes dos... si la dirección se entera de esta pelea nocturna, suspenderán a ambos pabellones. Guarden esa cinta y ayuden a revisar que los afiches queden intactos.
—Sí, Presidenta Aoi... —asintió Yumi, bajando la cabeza.
Durante las siguientes dos horas, el pasillo principal se convirtió en un escenario de trabajo forzado y pullas cómicas entre ambos bandos.
Kenji y Hana Kazama compartían un balde con agua y esponjas frente al panel de la Exposición de Arte. Hana frotaba la madera con fuerza mientras lo miraba con cara de pocos amigos.
—Cuidado con salpicarme el uniforme, simio —murmuró Hana, dándole un codazo leve.
—¡Oye! ¡Estoy frotando con todo el honor que nos enseñó el Presidente! —renegó Kenji pasándole un trapo seco—. Además, no sé qué le ven a ese actor estirado. ¡Le puse el bigote porque le faltaba masculinidad!
—¡Es un exponente del teatro clásico nacional, ignorante! —respondió Hana, sacándole la lengua de forma infantil.
Unos metros más allá, Daichi Matsuda y Yumi Hayakawa despegaban juntos un poster de eSports que había quedado torcido. Daichi ajustó sus anteojos, mirando la regla con la que Yumi medía la pared.
—Tus métodos de organización son excesivamente rígidos, Hayakawa —comentó Daichi serenamente—. Un margen de dos milímetros no arruinará la estética de tu cartel.
—Para el Pabellón Blanco, la perfección no es negociable, Matsuda —replicó Yumi con una sonrisa calculadora—. Algo que ustedes, los fanáticos de las computadoras, jamás entenderán.
En el centro del corredor, Aoi observaba a todos con los brazos cruzados. De pronto, notó que Ren no solo estaba supervisando: el presidente de los chicos estaba arrodillado en el suelo, frotando personalmente con un trapo la mancha de tinta que Kenji había dejado caer en el piso de mármol.
(Este idiota...), pensó Aoi, mirando cómo el cabello castaño de Ren caía desordenado sobre su frente por el esfuerzo. (Dio ese discurso absurdo para motivar a sus amigos, pero al final se quedó aquí a rehacer el trabajo él mismo).
Sin decir una palabra, Aoi caminó en silencio hasta el balde, mojó una pequeña franela y se agachó a un lado de él, limpiando la esquina opuesta de la mancha.
Ren se congeló al sentirla tan cerca. Levantó la mirada lentamente, encontrándose con los ojos azules de Aoi bajo la tenue luz del pasillo.
—No tienes que hacer esto, Kisaragi —murmuró Ren, bajando el tono para que los demás no los escucharan—. Mis chicos causaron el problema, yo me encargo.
Aoi no lo miró, pero siguió frotando la piedra con firmeza.
—No lo hago por ti, Kageyama —respondió ella con voz suave, pero sin la frialdad de antes—. Lo hago para que el pasillo esté impecable mañana. Sin embargo... admito que eres un líder responsable con tu grupo.
Ren sintió un brinco en el pecho. Que Aoi le dijera eso, a solas y en voz baja, destruyó por completo su coraza por un milisegundo.
—G-Gracias —susurró Ren, sintiéndose torpe mientras se rascaba la nuca—. Pero no te acostumbres a los halagos. Mañana las chicas van a morder el polvo en las urnas.
Aoi soltó una pequeña risita sarcástica, volviendo a mirarlo con su clásica actitud desafiante.
—Ya lo veremos, Kageyama.
A la mañana siguiente, el sol iluminó un patio central completamente transformado.
El colegio entero parecía una verdadera plaza electoral. El Director Kenzo Shinohara y la Directora Chizuru Amamiya presidían la mesa central frente a dos enormes urnas transparentes.
A la izquierda, el Puesto Morado del Pabellón Blanco lucía flores de cerezo, música clásica de fondo y elegantes folletos dorados de la Exposición de Arte y Teatro. A la derecha, el Puesto Rojo del Pabellón Negro tenía pantallas mostrando jugadas espectaculares, luces LED y banderas promocionando el Campeonato Nacional de eSports.
Las filas de estudiantes eran kilométricas. Los chicos y las chicas depositaban sus papeletas una a una bajo las miradas atentas de los delegados.
—¡Atención, alumnos! —anunció el Director Shinohara con su micrófono—. ¡El proceso de votación ha entrado en sus últimas dos horas! ¡El destino cultural y deportivo de la Academia Élite Amagi está en sus manos!
Al lado del puesto de control, Daichi revisaba una libreta con cara de absoluta preocupación. Ren se le acercó acomodándose el brazalete rojo.
—¿Cómo van los números, Daichi?
—Estamos en un problema grave, Ren —explicó el estratega ajustándose los anteojos—. El censo del internado está dividido de forma matemática: exactamente 350 chicos y 350 chicas. Hasta el momento, el voto ha sido 100% partidista. Nadie ha cambiado de bando. Si sigue así, el resultado será un empate técnico desastroso.
Ren giró la cabeza hacia las urnas. Aoi estaba parada al otro lado, conversando serenamente con Yumi mientras revisaba los talonarios de votación. Luciendo su impecable uniforme verde y el listón morado al cuello, se veía confiada y radiante.
(Si esto termina en empate, la decisión caerá en el Ministerio...), pensó Ren, sintiendo la presión en los hombros. (Tengo que ganar esta elección por los chicos, pero si gano, la Exposición de Arte de Aoi quedará fuera... Diablos, esto es una encrucijada).
A las cuatro de la tarde en punto, una campana resonó en todo el patio.
—¡¡SE CIERRA LA VOTACIÓN!! —proclamó la Directora Chizuru Amamiya.
Los estudiantes de ambos pabellones se agruparon masivamente alrededor del escenario central. El murmullo de tensión era ensordecedor.
El Director Shinohara subió al estrado, tomó el micrófono con manos temblorosas de la emoción y comenzó a revisar el conteo junto a los delegados del Gobierno.
—Damas y caballeros... —dijo el Director con voz dramática—. El conteo de votos ha finalizado. Tras verificar cada una de las papeletas... el resultado preliminar marca un empate perfecto de 349 votos para el Pabellón Blanco y 349 votos para el Pabellón Negro.
Un murmullo de shock recorrió a la multitud.
—¡Sin embargo! —interrumpio el Director levantando un dedo—. Queda una sola papeleta por contabilizar. Un único voto que fue depositado a última hora en el buzón confidencial y que decidirá cuál de los dos eventos nacionales se celebrará en nuestra academia.
El silencio que cayó sobre el patio fue total.
Ren y Aoi se miraron fijamente a través de la multitud, conteniendo la respiración. Toda la campaña, los desvelos y la rivalidad entre ambos pabellones dependían ahora de un solo papel doblado que el Director estaba a punto de abrir...