Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
El eco metálico del cerrojo resopló como una sentencia final. En la soledad de la majestuosa alcoba, Serena quedó tendida al pie de la cama, abrazándose las rodillas contra el pecho. La fina alfombra persa era una burla al suelo de piedra del calabozo: las paredes doradas no eran más que barrotes de oro. El desprecio en sus ojos aún quemaba, pero la certeza de que su padre seguía con vida era el único pilar que sostenía su alma en pedazos.
Afuera, en el pasillo del ala este, James caminaba a grandes zancadas, con las manos apretadas en puños tan cerrados que las venas marcaban sus brazos. Las palabras de Serena resonaban en su cabeza como un eco persistente y maldito: “¡Tú sabes la verdad! ¡En el fondo de tu maldito corazón sabes que soy inocente!”.
La furia intentaba sofocar esa duda, pero por primera vez desde la noche del crimen, el dolor del Alfa no lograba silenciar por completo la voz de su instinto.
Al llegar al salón privado, una silueta lo aguardaba en la penumbra.
Selma salió a su encuentro con los ojos enrojecidos y la respiración entrecortada. El pánico ya no podía ocultarse tras su fachada de compostura noble; la noticia de la elección de Serena como Kuma la había destrozado por dentro.
—¡James! —exclamó Selma, abalanzándose hacia él para sujetarlo del brazo con fuerza desesperada—. Dime que es mentira. Dime que lo que dicen los sirvientes es solo un rumor aberrante. ¡No puedes haber traído a esa mujer a tus aposentos! ¡Es la asesina de tu hermano!
James se detuvo y se soltó de su agarre con un movimiento frío y desprovisto de todo afecto. Sus ojos dorados, apagados por un cansancio sombrío, cayeron sobre ella.
—Es la decisión que he tomado, Selma —respondió él con voz cavernosa—. La ley exige un heredero y la manada exige castigo. Le daré a ambos lo que piden.
—¡Es una humillación para mí! —chilló Selma, perdiendo el control y golpeando levemente el pecho del Alfa con rabia impotente—. ¡Soy tu consorte! ¡Soy la reina de esta manada! Meter a esa muerta de hambre a tu cama, hacerla tu *Kuma*... ¡Vas a mancillar nuestra estirpe con la sangre de la perra que mató a Jacob!
—Cuidado con cómo hablas, Selma —sentenció James, bajando el tono hasta convertirlo en una amenaza letal—. Esta no es una decisión abierta a debate. Tu lugar como consorte no cambia, pero el futuro de la manada sí. Acéptalo o retírate a tus aposentos.
Selma se dio la vuelta entre ahogados sollozos de furia, llevándose las manos a la cara mientras marchaba a paso rápido por el pasillo. La impotencia le devoraba las entrañas.
Al dar la vuelta en la esquina del pasillo posterior, se topó de frente con Diego. Él permanecía apoyado contra un pilar de madera pulida, luciendo el traje oscuro que James le había regalado, observándola con una sonrisa de media lado cargada de cinismo.
—Parece que mi querido hermano dio un golpe de estado en su propio dormitorio —murmuró Diego en un susurro divertido—. Una Kuma... y resulta que es la prisionera. Vaya giro.
—¡Cierra la boca! —siseó Selma, tomándolo del cuello del traje y arrastrándolo hacia la penumbra de un corredor de servicio—. ¡Esto cambia todo, Diego! Si esa chica vive bajo su mismo techo, si James habla con ella, si la toca... tarde o temprano esa perra lo convencerá de que investigue más a fondo. ¡No podemos permitir que lleve a cabo ese embarazo!
Diego borró la sonrisa de su rostro. Sus ojos se volvieron fríos y calculadores al ver la desesperación real de Selma.
—Cálmate —dijo él, sujetándola con firmeza de los muñecas—. Serena sigue encerrada. Ahora que estoy dentro de la mansión con la confianza de James, es cuestión de tiempo para encontrar el momento adecuado. Si quieres que esa chica y su padre desaparezcan para siempre sin dejar rastro de nosotros, vas a tener que seguir mis instrucciones al pie de la letra.