El destino vuelve a reunirlos bajo el mismo techo, pero nadie sabe qué traerá consigo este reencuentro.
¿Encontrará Emma a alguien capaz de comprender su corazón?
¿Descubrirá que el amor puede llegar cuando menos lo espera?
¿O será una tentación inesperada la que ponga su mundo de cabeza?
En esta historia, nada está escrito todavía. Los sentimientos crecerán, los secretos saldrán a la luz y las decisiones de sus protagonistas irán marcando el rumbo.
Porque a veces, el corazón desea algo que la razón no sabe explicar… y la vida nos enfrenta a elecciones que jamás pensamos tener que hacer.
Bienvenidos a Tentaciones prohibidas.
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La distancia
A la mañana siguiente, la familia Moretti decidió pasar el día en una casa de playa.
La idea había surgido durante el desayuno. Elena quería aprovechar los últimos días de Emma antes de que regresara a la universidad, y todos estuvieron de acuerdo en que necesitaban una jornada diferente, lejos de las obligaciones y las preocupaciones.
Todos, excepto Leonardo.
—Yo no voy —anunció sin apartar la mirada de su teléfono.
Elena dejó la taza de café sobre la mesa.
—¿Cómo que no vas?
—Tengo cosas que hacer, mamá.
—¿Qué cosas?
Leonardo levantó la mirada.
—Trabajo.
Alessandro soltó una carcajada.
—¿Trabajo? ¿Un domingo? Hermano, si quieres quedarte en casa, al menos inventa una excusa mejor.
—Nadie te preguntó.
—Y, sin embargo, aquí estoy, ayudándote. Mamá, no lo dejes solo. Seguro mete a una de sus conquistas en la casa.
Elena ignoró las pullas de sus hijos y se acercó a Leonardo.
—Te jalo las orejas como traigas a una mujer aquí.
—Mamá…
—Leonardo Moretti, no me hagas repetirlo. Vas a venir.
Él suspiró.
Conocía demasiado bien a su madre. Cuando Elena se empeñaba en algo, era casi imposible hacerla cambiar de opinión.
Además, desde la noche anterior no había conseguido dormir bien. El beso de Emma seguía apareciendo en sus pensamientos, acompañado de preguntas que no sabía cómo responder.
Elena lo observó atentamente.
Una madre podía equivocarse, por supuesto, pero conocía a sus hijos mejor que nadie. Y ella sabía que algo le ocurría a Leonardo.
—¿Tienes algún problema que quieras contarme? —preguntó cuando los demás comenzaron a levantarse.
—No, mamá. Estoy bien.
—No pareces estarlo.
Elena le acarició la mejilla.
—Cuando quieras hablar, aquí estaré.
Leonardo asintió, agradecido por su cariño, aunque no se atrevió a contarle lo que estaba sucediendo.
¿Cómo iba a explicarle que había besado a Emma y que aquel beso había alterado la tranquilidad que siempre había existido entre ellos?
¿A quién podía confesarle que no sabía cómo actuar sin decepcionar a alguien?
Si hablaba con Alessandro, tendría que enfrentarse a su hermano y admitir que había besado a la joven a quien este había criado como a una hija.
Si se lo contaba a su madre, quizá ella descubriría en su rostro algo que ni siquiera él mismo comprendía todavía.
Y si continuaba guardándoselo todo, terminaría ahogándose en un mar de pensamientos.
Por el momento, eligió el silencio.
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La casa de playa era espectacular.
Estaba rodeada de palmeras, tenía una amplia terraza frente al mar y una piscina que reflejaba el azul del cielo. El sonido de las olas y la brisa marina hacían que el lugar pareciera apartado del resto del mundo.
Alessandro e Isabella llegaron acompañados de las mellizas y Nicolás. Elena y Vittorio se instalaron en la terraza, mientras Matteo ayudaba a organizar algunas cosas.
Leonardo también llegó, aunque parecía tener la cabeza en otra parte.
Entonces apareció Emma.
La joven bajó las escaleras con un vestido de baño negro, elegante y atrevido, que resaltaba su figura. Llevaba el cabello recogido de manera informal, unas gafas de sol y una sonrisa que parecía anunciar que estaba dispuesta a disfrutar del día.
Las conversaciones se interrumpieron durante unos segundos.
Daniela fue la primera en reaccionar.
—¡Emma! ¡Estás espectacular! Papi, ¿puedo ponerme uno así?
Alessandra asintió.
—Ese vestido de baño es precioso. ¡Yo también quiero uno!
Alessandro, en cambio, se llevó una mano al pecho con expresión dramática.
—¡Ninguna de las dos tiene permitido ponerse uno así!
—¿Por qué Emma sí? —preguntaron las mellizas al mismo tiempo.
Alessandro ignoró la pregunta y se volvió hacia la mayor.
—¿Se puede saber qué es eso que llevas puesto, señorita?
Emma se quitó las gafas y lo miró, divertida.
—Un vestido de baño, papá.
—Eso ya lo veo. Lo que quiero saber es por qué es tan revelador. ¡No dejas nada a la imaginación!
—No exageres. Además, estamos en la playa, papá. ¿Qué esperabas que me pusiera? ¿Un abrigo?
Matteo soltó una carcajada.
—Aless, tu hija tiene dieciocho años. No puedes seguir esperando que se vista como cuando tenía ocho.
—No me lo recuerdes —respondió él, acercándose a Emma.
La abrazó y le besó la frente.
—¿En qué momento creció tanto mi bebé?
Emma sonrió con ternura.
—Papá, por favor. No empieces.
—Ayer cumpliste dieciocho y hoy apareces así. Dame tiempo para procesarlo.
—¿Te presento a mi novio?
—No me hagas bromas con eso.
Ella lo abrazó de nuevo y le dio un beso en la mejilla.
—Te amo, dramático.
—Yo te amo más, princesa. Pero piénsalo: hay vestidos de baño más recatados…
Emma soltó una carcajada y volvió a abrazarlo.
Leonardo observaba la escena desde unos metros de distancia.
Emma saludó a Elena, a Vittorio, a Matteo y a las mellizas. Se rio con Nicolás cuando el niño intentó convencerla de que le enseñara a nadar.
Finalmente, llegó hasta Leonardo.
—Hola, León.
Él levantó la mirada.
Por un instante, sus ojos se encontraron.
Leonardo sintió que el recuerdo del beso de la noche anterior regresaba con una fuerza inesperada. La vio sonreírle y recordó cómo había pronunciado su nombre en el jardín, cómo había tomado su mano y cómo lo había mirado mientras le confesaba lo que sentía.
No supo qué hacer.
Así que se levantó de inmediato.
—Disculpa, tengo que atender una llamada.
Sacó el teléfono del bolsillo, aunque ni siquiera comprobó si alguien lo había llamado, y se alejó.
Emma se quedó inmóvil.
La sonrisa desapareció de su rostro.
No necesitaba que nadie le explicara lo que acababa de ocurrir.
Leonardo la estaba evitando.
Y aquello dolía mucho más de lo que había imaginado.
Lenna, que había presenciado la escena desde cerca, se aproximó rápidamente.
—Ven conmigo. Quiero mostrarte algo.
—Lenna, no estoy de humor…
—Precisamente por eso. Vamos.
Su amiga la tomó de la mano y la condujo hacia un rincón apartado de la casa, lejos de las miradas de la familia.
Cuando estuvieron solas, Emma ya no pudo fingir.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y se cubrió el rostro con las manos.
—No puedo, Lenna. No puedo hacer esto.
Su amiga la abrazó inmediatamente.
Emma rompió a llorar.
Lloró como no lo había hecho en mucho tiempo, dejando salir la tristeza, la vergüenza y la sensación de haber perdido algo que ni siquiera había llegado a tener.
—Me está evitando —susurró—. Casi ni pudo mirarme a la cara.
Lenna le acarició el cabello.
—Tranquila, nena. Respira.
—Ayer me besó, Lenna. Me correspondió. Y hoy se levanta como si no pudiera soportar estar cerca de mí.
—No sabemos qué está pensando. Tal vez esté confundido.
—¿Y qué importa? Está claro que se arrepiente. Eso puedo aceptarlo, pero que se aleje de mí…
No pudo terminar la frase.
Lenna se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos.
—Escúchame, Emma. Eres hermosa, inteligente y tienes una vida entera por delante. Vas a conocer a muchísimas personas. Algún día encontrarás a un hombre maravilloso que te quiera sin hacerte sentir que tienes que esconder lo que eres.
Emma se secó las lágrimas.
—No quiero a otro hombre ahora. Lo quiero a él.
—Lo sé, nena. Y no voy a decirte que dejes de sentir algo de un día para otro, porque eso no funciona así. Pero tienes que darte tiempo.
Lenna le limpió cuidadosamente el rostro, procurando no estropearle el maquillaje.
—Sé fuerte. Pronto regresaremos a la universidad. Vas a estar tan ocupada con tus clases, tus trabajos y nuestros amigos que tendrás otras cosas en las que pensar.
Emma soltó una risa débil.
—Lo voy a extrañar, Lenna. Muchísimo.
—Lo sé, Em.
Su amiga volvió a abrazarla.
—Pero así es la vida. A veces las cosas no salen como queremos. Y, aunque duela, la vida no espera a que tengamos el corazón arreglado para continuar.
Emma cerró los ojos.
Necesitaba creer que algún día aquellas palabras dejarían de doler.
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El almuerzo se sirvió en una enorme mesa situada frente al mar.
El paisaje era impresionante. El agua brillaba bajo el sol, las palmeras se mecían con la brisa y, de vez en cuando, las olas llegaban a la orilla con un sonido suave y constante.
Todos disfrutaban de la comida y las conversaciones.
Alessandro contaba una anécdota de su juventud que hizo reír a Vittorio. Daniela y Alessandra discutían sobre quién había tomado las mejores fotografías de la mañana, mientras Nicolás insistía en que después del almuerzo quería volver a la piscina.
Emma, en cambio, apenas probaba la comida.
Tenía la mirada perdida en el horizonte.
Alessandro lo notó.
—Princesa, ¿te ocurre algo?
Emma volvió la mirada hacia él y esbozó una sonrisa.
—No, papá. Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Ella respiró profundamente.
—En que voy a extrañarlos mucho cuando regrese a la universidad.
La conversación se suavizó de inmediato.
Alessandro dejó los cubiertos y le tomó la mano.
—Nosotros también vamos a extrañarte, mi amor.
Isabella se levantó y se acercó a Emma para darle un beso en la frente.
—Prometemos visitarte. No vas a librarte tan fácilmente de nosotros.
Emma soltó una pequeña carcajada.
—Eso espero.
—Y nos llamarás todos los días —añadió Alessandro.
—Papá, no voy a desaparecer del planeta.
—No me importa. Quiero videollamadas.
—¡Aless! —protestó Isabella, riendo—. Déjala respirar.
La familia volvió a reír.
Pero Leonardo permaneció en silencio.
Había observado a Emma durante toda la comida y no pudo evitar notar algo que nunca había visto en ella.
Había llorado.
Emma siempre había sido una joven fuerte, segura de sí misma y poco dada a mostrar sus lágrimas delante de los demás. Incluso cuando algo le dolía, solía esconderlo detrás de una sonrisa o una broma.
Pero aquella tarde parecía frágil.
Y lo peor era que él sabía que tenía parte de la culpa.
La vio bajar la mirada hacia su plato y sintió una punzada de remordimiento.
Quiso preguntarle si estaba bien.
Quiso acercarse y decirle que lamentaba haberla evitado, que no tenía por qué sentirse avergonzada por haberle confesado sus sentimientos.
Pero no hizo nada.
Se quedó sentado, observándola desde el otro extremo de la mesa, mientras se preguntaba si su silencio estaba protegiendo a Emma o si, por el contrario, la estaba lastimando todavía más.
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Los días en la casa de playa transcurrieron entre baños de mar, juegos en la piscina, caminatas por la orilla y cenas bajo las estrellas.
La familia aprovechó cada instante con Emma.
Daniela y Alessandra se turnaron para hacerse fotografías con ella. Nicolás consiguió que le enseñara a nadar, aunque terminó salpicándola tanto que Emma amenazó con devolverle cada gota de agua.
Alessandro no dejó de abrazarla, besarle la frente y recordarle que siempre tendría un hogar al cual regresar.
Leonardo, por su parte, mantuvo las distancias.
No volvió a evitarla de una manera tan evidente, pero tampoco buscó quedarse a solas con ella.
Sus conversaciones se limitaron a saludos, bromas breves y comentarios sobre la familia.
Emma aceptó aquella distancia sin protestar.
Cada día se convencía un poco más de que tenía que seguir adelante.
Y cada día le resultaba un poco más difícil.
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Llegó el momento de regresar.
Las maletas estaban listas y la familia había comenzado a organizar el viaje de vuelta. Emma debía preparar sus cosas para regresar a la ciudad donde estudiaba, y la despedida se acercaba mucho más rápido de lo que había imaginado.
Antes de marcharse, decidió buscar a Leonardo.
Lo encontró en su habitación.
Emma llamó a la puerta, pero, al no recibir respuesta, la abrió con cuidado.
—¿Leonardo?
No lo vio en el dormitorio, así que esperó unos segundos.
Entonces escuchó el sonido de la puerta del baño.
Leonardo apareció con una toalla alrededor de la cintura, todavía con el cabello mojado y una expresión de absoluto desconcierto al encontrarla allí.
—¡Emma! ¿Qué haces en mi habitación?
Ella apartó la mirada por un instante, sorprendida por la situación.
—Perdón. Te estaba buscando. No sabía que estabas bañándote.
Leonardo tomó rápidamente una camiseta que había dejado sobre una silla.
—Podrías haber esperado afuera.
—Lo sé. Lo siento.
Emma se volvió hacia la ventana mientras él terminaba de vestirse.
Había entrado decidida a hablar y no pensaba marcharse sin hacerlo.
Cuando Leonardo estuvo vestido, se quedó frente a ella, todavía desconcertado.
—¿Qué sucede?
Emma respiró profundamente.
—Quiero que sepas algo antes de irme.
Él guardó silencio.
—Voy a extrañar la persona que eras conmigo —continuó ella—. La confianza que teníamos, las bromas, nuestras conversaciones… Todo eso.
Leonardo bajó ligeramente la mirada.
Emma tragó saliva.
—Pero no quiero que mi familia note que algo ha cambiado. Por favor, ¿podrías fingir delante de ellos que todo está bien? No quiero que mi papá se preocupe ni que nadie empiece a hacer preguntas.
Hizo una pausa.
—Después puedes seguir odiándome y manteniendo tu distancia si eso es lo que necesitas.
Leonardo frunció el ceño.
—No te odio, Emma.
Ella lo miró.
—A veces parece que sí.
Él suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—No te odio. Pero necesitamos tomar distancia. Lo de aquella noche me tomó por sorpresa y no he sabido cómo manejarlo. He sido demasiado brusco contigo, y lo siento.
Emma asintió lentamente.
—Está bien. Lo entiendo.
Pero su voz se quebró ligeramente al pronunciar las siguientes palabras.
—Adiós, Leonardo. Espero que encuentres a la mujer de tus sueños. Yo intentaré encontrar mi propio rumbo.
La frase lo golpeó de una manera que no esperaba.
Un nudo se le formó en la garganta.
Apenas la noche de su cumpleaños, Emma le había confesado que estaba enamorada de él. Ahora estaba frente a él, despidiéndose y hablando de seguir otro rumbo.
Leonardo sintió surgir en su mente una pregunta antes de poder detenerla.
¿Con quién?
La pregunta le pareció absurda.
Él mismo había pedido distancia. Había insistido en que debían continuar con sus vidas. No tenía derecho a reclamarle nada ni a esperar que ella permaneciera esperándolo.
Sin embargo, imaginarla lejos, conociendo a alguien más y construyendo una vida en la que él ya no ocupara aquel lugar especial le provocó una inquietud que no quiso examinar.
Se tragó sus pensamientos.
—Adiós, Emma.
Ella asintió y se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Gracias por todos los buenos recuerdos, León.
Leonardo quiso responder, pero no encontró las palabras.
Emma le regaló una pequeña sonrisa y salió de la habitación.
Él permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada.
Había pedido distancia.
Había insistido en que debían continuar con sus vidas.
Y, sin embargo, ahora que Emma estaba a punto de marcharse, comprendió que no estaba tan preparado para dejarla ir como había querido convencerse.
Porque a veces uno pide que alguien se aleje sin comprender que, cuando finalmente lo hace, el silencio que deja atrás puede doler mucho más de lo esperado.
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