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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: El vuelo más alto

Tres meses después de la escapada a la cordillera, el auditorio de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra se puso de pie en una ovación unánime que duró casi cuatro minutos.

En el estrado principal, proyectada sobre una pantalla monumental de treinta metros, la imagen de la flor lila de la Saxifraga magellanica compartía espacio con las curvas de estabilidad molecular del nuevo suero térmico universal. Elena, vestida con un traje sastre blanco impecable que irradiaba autoridad y frescura, agradeció los aplausos con una inclinación serena de cabeza. El desarrollo del estabilizador lipídico no solo prescindía de las cadenas criogénicas pesadas en zonas de catástrofe humanitaria; democratizaba el acceso a la cura en los rincones más inaccesibles del planeta.

En la primera fila reservada a los benefactores internacionales, Alexander no aplaudía como un empresario calculando el retorno de inversión de sus aviones. Aplaudía con las dos manos en alto, los ojos fijos en ella y una sonrisa tan radiante y orgullosa que el presidente del comité suizo a su lado lo miraba con una mezcla de respeto y desconcierto.

Al descender del atril, rodeada por diplomáticos y científicos que intentaban estrecharle la mano, Elena no buscó las felicitaciones oficiales. Sus ojos esmeralda cruzaron la marea de trajes oscuros hasta encontrar a su esposo.

Alexander se abrió paso entre los ministros con la naturalidad de quien no pide permiso, la tomó de la cintura frente a todas las cámaras de la prensa internacional y la levantó unos centímetros en el aire, robándole un beso en los labios que desató una nueva ronda de murmullos divertidos y flashes apresurados.

—Señor Foster, por favor —murmuró Elena contra su boca, riendo bajito mientras se acomodaba la solapa del saco al volver a tocar el suelo—. Estamos en la sede de las Naciones Unidas. Guarde algo de compostura corporativa.

—Que la compostura la guarden los que no tienen a la mujer más brillante del universo del brazo —respondió él con descaro, entrelazando sus dedos con los de ella sin importarle los fotógrafos—. Además, acabo de firmar la orden de despegue para los primeros veinte aviones con el cargamento solidario hacia África Central. Tus sueros ya están volando, doctora.

Elena lo miró con esa ternura pura que siempre lograba desarmarlo.

—Eres incorregible, Alexander.

—Y tú no te quejas —replicó él, guiñándole un ojo antes de conducirla hacia la salida privada.

La vuelta a casa al final de la semana tuvo el sabor dulce de las victorias compartidas.

El ático de la capital los recibió con la calidez del hogar encendido. En el gran salón, la pequeña Clara, que ya daba sus primeros pasos tambaleantes con una energía inagotable, corrió por la alfombra apenas vio abrirse las puertas del ascensor.

—¡Pa-pá! ¡Ma-má!

Alexander soltó el maletín de cuero en el suelo sin mirar dónde caía y se arrodilló con los brazos abiertos, atrapando a su hija en el aire con una carcajada profunda que llenó toda la casa. La pequeña hundió sus manitas en el cabello de él, balbuceando historias atropelladas mientras Alexander la llenaba de besos ruidosos en las mejillas.

—¿Ves? —dijo Alexander, levantándose con la niña sobre el hombro como si fuera una pluma—. Clara sabe perfectamente quién es el consentidor oficial de esta familia.

—El consentidor que le compra osos de peluche del tamaño de un pony para sobornarla —bromeó Elena, acercándose para besar a su hija y luego rozar los labios de su esposo—. Ve a bañarla antes de que decida pintar los informes de la Fundación con puré de manzana.

—A sus órdenes, jefa de operaciones.

Una hora después, con la pequeña profundamente dormida tras su baño y un cuento sobre barcos y selvas que Alexander inventaba con una imaginación desbordante, el ático quedó sumido en esa calma íntima que ambos atesoraban por encima de cualquier banquete.

Elena estaba en la terraza acristalada, sentada en una reposera de teca bajo el cielo nocturno salpicado de estrellas. Llevaba un camisón de seda perla y una bata holgada de cachemira, descalza, con una taza de infusión humeante sobre la mesa baja.

Alexander cruzó la puerta de cristal con pasos silenciosos. Se había puesto un pantalón de lino gris y una camiseta oscura, con el cabello aún húmedo de la ducha. Se colocó detrás de ella, apoyando las manos grandes y tibias sobre los hombros de Elena, amasando suavemente los músculos de su cuello para disolver los últimos restos del estrés del viaje.

Elena soltó un suspiro hondo, inclinando la cabeza hacia atrás contra el torso de él.

—Tienes manos milagrosas, señor del aire.

—Tengo un paciente muy exigente —murmuró Alexander, inclinándose para depositar un beso pausado y tibio en la comisura de su mandíbula—. ¿Estás cansada?

—Un poco. Pero es un cansancio hermoso. De esos que se sienten como un deber cumplido.

Alexander rodeó la reposera y se sentó en el suelo de madera junto a ella, apoyando la espalda contra la base del asiento y descansando un brazo sobre las rodillas de Elena. Su mano libre buscó la de ella, jugando con el anillo de esmeralda salvaje que jamás abandonaba su dedo anular.

—¿En qué piensas cuando miras así el cielo? —preguntó él en voz baja, fascinado por el reflejo plateado de la luna en los ojos de ella.

—En cómo cambió todo —respondió Elena, acariciando con el pulgar las líneas claras de las cicatrices en la mano de Alexander—. Hace tres años estaba convencida de que mi vida sería solo tubos de ensayo, turnos eternos en el hospital y la tristeza de una casa vacía. Te miraba desde lejos y creía que el amor era una condena unilateral que tenía que aguantar en silencio.

Alexander bajó la vista por un segundo, sintiendo todavía ese pellizco sordo de culpa que el tiempo no lograba borrar del todo, pero Elena le levantó la barbilla con suavidad antes de que la sombra creciera.

—No pongas esa cara, Alexander. Ya no hay culpas. Si no hubiéramos cruzado ese desierto, no tendríamos este oasis. Tuviste que aprender a mirar y yo tuve que aprender a hacerme respetar. Los dos crecimos.

Alexander se incorporó sobre sus rodillas, quedando a la altura de ella. Tomó el rostro de Elena entre sus palmas con una devoción tan limpia, tan hambrienta y transparente que el aire pareció calentarse entre ambos.

—No pasa un solo día sin que me pregunte qué hice para merecerte, Elena —susurró él, con la voz quebrada por una emoción que le brotaba sin filtros—. Eres mi hogar, mi brújula y la única razón por la que este hombre orgulloso aprendió a arrodillarse con alegría.

Elena sonrió con esa dulzura traviesa que siempre precedía a sus mejores golpes.

—Bueno... hablando de merecimientos y de brújulas... tengo algo para ti.

Alexander frunció el ceño con curiosidad:

—¿Para mí? ¿Otro microscopio suizo para darme celos?

—No seas infantil —rió ella, metiendo la mano en el bolsillo de su bata de cachemira.

Elena extrajo un objeto pequeño y lo colocó con suavidad sobre la palma abierta de Alexander.

Alexander bajó la mirada.

Esperaba encontrar una muestra botánica, una llave de laboratorio o algún documento corporativo. Pero lo que descansaba sobre su piel era una pequeña cajita de madera pulida que contenía un amuleto idéntico al que él llevaba colgado al cuello desde la adolescencia.

Era una gota de resina transparente, pero esta vez no encapsulaba una hoja de Catharanthus de la isla.

Encapsulaba una diminuta flor lila de Saxifraga magellanica, la planta que habían desenterrado juntos en la nieve de la montaña. Y atado al cordel de cuero, colgaba un par de diminutos escarpines de lana tejida color verde hoja, tan pequeños que cabían en el hueco de dos dedos.

Alexander se quedó petrificado.

El aire se le congeló en los pulmones. Miró los zapatitos de lana, miró la flor de la montaña y luego levantó los ojos hacia Elena con la boca entreabierta y el pulso latiéndole con violencia en la garganta.

—Elena... —la voz no le salía; era un hilo ronco, tembloroso, incrédulo—. ¿Esto... esto es lo que creo que es?

Elena asintió despacio, con los ojos anegados de lágrimas luminosas que reflejaban la luna, llevándose la mano de él hacia su vientre todavía plano bajo la seda del camisón.

—Nuestras raíces siguen creciendo, mi amor —susurró ella con una sonrisa deslumbrante—. Clara va a tener un hermanito.

Alexander soltó el aire en un sollozo seco, ahogado por una felicidad tan brutal que le dobló el cuerpo. Apoyó la frente contra las rodillas de Elena, cerrando los ojos mientras las lágrimas calientes caían sobre la tela de su ropa, apretando la cajita y los zapatitos contra su pecho con una fuerza desesperada.

El gran tiburón de los cielos, el hombre que no le temía a las tormentas polares ni a los gigantes de las finanzas, lloraba de dicha pura en medio de la terraza.

Se incorporó temblando, envolvió a Elena con sus brazos de acero y la apretó contra su cuerpo con una ternura infinita, cubriéndole la cara, los párpados y la boca de besos desordenados, jadeando de risa entre el llanto:

—¿Otro? —reía él con la voz rota, acariciándole el vientre a través de la seda con una reverencia sagrada—. ¡Dios mío, Elena! ¡Otro pedacito tuyo!

—Y tuyo, Foster —le recordó ella entre risas, acariciándole el cabello con ambas manos mientras secaba sus lágrimas con los pulgares—. Y más te vale que vayas preparando otro portabebés ergonómico para tus juntas directivas, porque no pienso dejar que te escapes de las siestas compartidas.

Alexander soltó una carcajada limpia que resonó en la noche estrellada, levantándola en sus brazos para girar con ella en medio de la terraza, mientras la brisa suave de la ciudad mecía los visillos blancos.

—Llevaré a los dos colgados del cuello si hace falta —sentenció él sobre sus labios, mirándola con una intensidad que quemaba más que cualquier fuego—. Compraré flotas enteras para que vuelen donde quieran. Pero jamás voy a soltarte, Elena. Jamás.

La besó con una pasión renovada, profunda y dulce, sellando bajo el cielo nocturno la promesa de una vida que ya no conocía la soledad.

Allá abajo, la ciudad seguía girando con sus prisas y sus vanidades; pero en lo alto, donde el viento soplaba limpio y la tierra había aprendido a florecer en las alturas, dos almas que una vez se perdieron en el desprecio celebraban la certeza de que el amor más grande del mundo es aquel que sabe pedir perdón, curar las heridas y volar juntos para siempre.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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