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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5: Nadie pelea por mí

—¿Y el muchacho Aldama? ¿Para cuándo la boda?

La tía Chayo le puso enfrente un plato hondo con huachinango a la veracruzana, aceitunas y alcaparras flotando en el jitomate, y se sentó del otro lado de la mesa sin servirse nada, como siempre que llegaba con algo que decir.

Había entrado a las doce con su llave, la que Ximena le dio el día que firmó el contrato de renta, cargando dos bolsas del Mercado de Coyoacán. Ximena estaba en el escritorio calificando ensayos.

La caja azul ya estaba en lo alto del librero, detrás de los diccionarios, desde las once.

—Tía, déjeme comer primero.

—Come, come. Yo nomás pregunto. —La tía le acercó las tortillas—. Me prometiste un nieto, ¿eh? En tu cena de doctorado. Con estos ojos te vi decirme que sí.

—Me acuerdo.

—Porque tu prima ya me dijo que ni loca. Treinta y siete años, en Nueva York, con un departamento del tamaño de esta cocina y ni un novio que me presente. —La tía se persignó con la cuchara en la mano—. Tú eres mi última esperanza, mija.

Ximena partió el pescado con el tenedor. La carne se abrió blanca, perfecta. La tía había escogido el huachinango más caro del puesto; lo sabía porque siempre escogía el más caro cuando tenía miedo de algo.

—Tía. —Dejó el tenedor—. Terminé con Emilio.

La cuchara se quedó a medio camino.

—¿Cómo que terminaste? ¿Qué te hizo?

—Me engañó. Con Paola.

—¿Paola? —La tía parpadeó—. ¿La Paolita? ¿La que iba a hacer la tarea a la casa? ¿A la que le hacía chilaquiles?

—Esa.

La tía golpeó la mesa con la cuchara. La salsa saltó sobre el mantel.

—¡Ay, no! ¡No, no, no! —Se levantó, se volvió a sentar—. Neto le vende a esa gente. Hace años que le vende. Que vaya y le hable al papá. Que vaya hoy mismo y le diga qué clase de hijo…

—El papá ya vino a pedirme perdón. Hoy en la mañana.

La tía se quedó con la boca abierta.

—¿El papá? ¿El señor Aldama? ¿Vino él?

—Él. En persona. Me dijo que su hijo no me merecía.

—Mira nomás. —La tía se llevó una mano al pecho—. Un rico con vergüenza. Eso no se ve todos los días.

Por un segundo pareció que eso la calmaba. Luego se le endureció la cara.

—Pues qué bueno que el señor tenga vergüenza, pero eso no quita nada. Ese muchacho te tiene que dar la cara. Y esa escuincla también. Dame la dirección, yo misma voy, a mí no me…

—Tía. —Ximena le tomó la mano por encima de la mesa—. Ya fui yo.

—¿Cómo que ya fuiste?

—Anoche. Al hotel. Ya les dije lo que tenía que decirles. Ya se acabó.

—¿Tú sola? ¿De noche? ¿Y si te hacían algo?

Ximena no contestó eso. Le apretó la mano.

—Tía, óigame. Si necesito que alguien pelee por mí para terminar, entonces sí perdí.

La tía la miró un rato largo. Luego se le arrugó la barbilla, como a una niña, y se le llenaron los ojos.

—Es que no es justo, mija. Tú nunca le haces daño a nadie. Nunca pides nada. Y siempre te toca a ti.

Ximena rodeó la mesa, se agachó junto a la silla y la abrazó.

La tía olía a jitomate, a cebolla y al mismo perfume de hace diecisiete años, el que Ximena recordaba de un carro en la carretera, de noche, con la tía al volante estirando una mano hacia atrás, cada tanto, para tocarle la rodilla.

Se quedó ahí, con la cara en el hombro de la tía, hasta que dejó de oírla sorber.

—Ya, tía. Ya comí, ya dormí y ya no lloro.

—Mentirosa. No te has comido ni la mitad.

Ximena se rio contra su blusa.

La tía se enderezó, se secó los ojos con una servilleta de papel y se sonó con decisión, como si firmara algo.

—Pues te voy a buscar a alguien decente. Ya verás.

—Tía, no.

—Ya verás.

El jueves en la noche, sola en la sala, Ximena abrió la aplicación del banco. Academia Carvalho Jiu-Jitsu. Campamento de selección para cinta morada, primer mes. Treinta y cinco mil pesos.

Casi un mes de sueldo.

Se quedó con el pulgar sobre el botón. Llevaba años en la academia de la colonia, con tatamis parchados con cinta y un ventilador que solo servía de un lado. Para el morado necesitaba otra cosa: rivales de otro nivel, un profesor que la viera fallar de cerca.

Confirmó.

Transferencia exitosa.

Era la cosa más cara que se había comprado a sí misma. No se lo dijo a la tía.

El sábado a las nueve, el tatami principal de la Academia Carvalho olía a desinfectante y a gente nerviosa. El grupo A era casi todo de hombres, casi todos más pesados que ella. Nadie la conocía. Mejor.

Su primer rival la subestimó y lo pagó en cuatro minutos con una llave de brazo. El segundo no la subestimó, y tardó más en rendirse. El tercero era una muchacha fuerte y paciente que la tuvo contra el piso casi toda la ronda.

Ximena esperó. Dejó que la otra se cansara de apretar. Cuando por fin vio el hueco, se deslizó a su espalda, le cruzó el brazo por el cuello y cerró. Mataleón. La muchacha palmeó dos veces, rápido.

Ximena la soltó enseguida y se quedó sentada en el tatami, jadeando, con el pelo pegado a la cara y los antebrazos ardiendo.

—Tres de tres —dijo el asistente, anotando en su tabla—. Todas por sumisión.

Del otro lado del tatami, el mestre Carvalho asintió una sola vez. Eso, en la Academia, valía más que un aplauso.

Detrás de él había un hombre alto con un kimono gris oscuro. Se había quedado de pie, con los brazos cruzados, mirando la última ronda completa. La cinta que llevaba en la cintura era negra.

Ximena levantó la vista para verle la cara y se le fue el aire por segunda vez en la mañana.

Leonardo Aldama.

Sin traje, sin corbata, con el pelo un poco revuelto y el kimono cerrado hasta arriba. Parecía más joven. Y más grande.

¿Qué hacía él aquí?

Él descruzó los brazos, rodeó al mestre Carvalho y se detuvo al borde del tatami, sin pisarlo, esperando que ella se levantara. Tenía la misma cara de la biblioteca: seria, atenta, sin prisa.

—Buenos días, doctora.

—Señor Aldama. —Ximena se puso de pie. Todavía le temblaban un poco las piernas del último minuto—. No sabía que usted…

Él miró un momento a la muchacha que se estaba levantando del tatami, sobándose el cuello, y luego otra vez a ella.

—¿Me permite un consejo, doctora?

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