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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: La máscara de cristal

El habitáculo del Rolls-Royce Phantom era un santuario de cuero oscuro, madera de nogal pulida y silencio hermético. Afuera, la lluvia azotaba los cristales blindados con un zumbido amortiguado, desdibujando las luces rojas de los autobuses de dos pisos mientras el vehículo avanzaba con suavidad por Piccadilly hacia Hyde Park Corner.

Antonella se mantenía pegada a la puerta derecha, con la espalda recta y la respiración contenida. La distancia física entre ambos era de apenas medio metro, pero la atmósfera dentro del auto estaba tan cargada de magnetismo y rencor que respirar dolía.

A su lado, Andrew se había quitado los guantes de cuero y descansaba un brazo sobre el apoyabrazos central. La miraba de reojo, escaneando cada detalle de su perfil: la tensión en la mandíbula, las pestañas húmedas por el agua de la calle y esa obstinada negativa a quebrarse que la hacía tan fascinante como peligrosa.

—¿Adónde me estás llevando? —preguntó ella, sin girar la cabeza, con la voz congelada.

—A mi residencia en Belgravia —respondió él con naturalidad, abriendo un pequeño compartimento refrigerado para extraer una botella de agua mineral y dos copas cortas—. No voy a discutir la vida de mi hijo en un restaurante ni en la recepción de tu banco.

—Mi hijo —remarcó Antonella, girándose bruscamente para clavarle una mirada que echaba chispas—. No vuelvas a adjudicarte derechos sobre un niño que crié sola mientras tú... tú hacías Dios sabe qué con los diez mil dólares que te dejé en Las Vegas.

Andrew detuvo el movimiento de sus manos. Dejó la botella sobre la consola y giró el torso despacio, invadiendo el espacio con una presencia abrumadora que obligó a Antonella a hundir la espalda en el cuero del asiento.

—¿Hacer Dios sabe qué? —repitió él, con una risa baja y seca que sonó a filo de navaja—. ¿Quieres saber qué hice con tus diez mil dólares, Antonella? Los guardé en una caja fuerte. Intactos. Con el mismo clip de platino con el que te burlaste de mí creyendo que comprabas a un perro callejero para sacarte del pozo.

Antonella entrecerró los ojos. El desconcierto volvía a carcomerle la mente por debajo de la coraza de rabia.

—Deja la comedia, Drew. Un taxista no tiene un Rolls-Royce Phantom con placas reservadas. Un taxista no viste abrigos de diez mil libras ni tiene un chofer con uniforme de librea que le hace reverencias. Y sobre todo... —la voz de Antonella bajó a un susurro inquisitivo, frío y certero—, un chofer de Nevada no tiene la menor idea de la situación financiera del Grupo Belmont. Dijiste que mi padre está en la ruina. ¿Cómo lo sabes?

Andrew arqueó una ceja, disfrutando del momento en que los engranajes de la brillante mente financiera de su esposa comenzaban a colisionar entre sí.

—Sé muchas cosas sobre los Belmont. Sé que tu padre vendió la casa de los Hamptons hace tres años para pagar los intereses de su deuda con la Reserva Federal. Sé que tu madre ya no asiste a la gala del Met porque sus joyas familiares están empeñadas en una firma de préstamos de Zúrich. Y sé que el banco de tu dinastía quebró cuarenta y ocho horas después de que tú te subieras al avión británico en Teterboro.

Antonella sintió un latigazo en el estómago. La frialdad con la que enumeraba las tragedias de su familia era quirúrgica. Richard Belmont había sido un monstruo déspota, pero dominaba un emporio que parecía indestructible. Que todo hubiera colapsado tan rápido solo tenía una explicación en el mundo de las altas finanzas: una liquidación forzada por un depredador con suficiente liquidez para devorarlos de un solo bocado.

—¿Quién los destruyó? —preguntó ella, con la garganta seca.

—Alguien a quien no le gustó que echaran a su esposa a la calle como a una pordiosera.

Antonella se quedó inmóvil. El aire en sus pulmones se volvió fuego.

—¿Qué dijiste?

El auto se detuvo suavemente frente a una imponente mansión georgiana de fachada blanca en Wilton Crescent, una de las avenidas más aristocráticas y blindadas de todo Londres. Las rejas de hierro forjado se abrieron automáticamente y el vehículo se deslizó hacia el patio adoquinado.

Andrew no respondió a su pregunta. Esperó a que el chofer abriera la puerta, bajó con calma y extendió la mano hacia ella con una cortesía de hierro.

—Entra, Antonella. La función en la calle terminó. Es hora de que conozcas la verdad completa.

Antonella miró la mano extendida y luego el rostro impasible de él. Sabía que cruzar ese umbral era entrar a la boca del lobo, pero la incertidumbre la estaba asfixiando. Ignoró la mano de Andrew, bajó del vehículo por sus propios medios y subió los escalones de piedra con la cabeza en alto.

El interior de la mansión era un monumento a la sobriedad aristocrática: suelos de mármol negro de Carrara, candelabros de bronce antiguo, techos abovedados y una chimenea colosal que crepitaba en la biblioteca principal, donde dos mayordomos aguardaban con bandejas de té y coñac. Andrew les hizo un gesto mínimo con la cabeza y el personal desapareció al instante por las puertas de servicio, dejándolos en una soledad absoluta.

Andrew se quitó el abrigo largo, arrojándolo sobre el respaldo de un sillón de terciopelo verde. Desabrochó los primeros dos botones de su camisa oscura y caminó hacia un bargueño de caoba, donde se sirvió un vaso bajo de cristal con whisky puro.

Antonella permaneció de pie en el centro de la alfombra persa, con su bolso apretado contra el costado y el traje gris impecable, mirándolo como si tuviera enfrente a un fantasma armado.

—Empieza a hablar, Drew —exigió ella, con un tono autoritario que no admitía dilaciones—. ¿Quién eres? ¿Para quién trabajas? ¿Cómo conseguiste todo esto?

Andrew sostuvo el vaso en la mano y se giró despacio. Sus ojos ámbar, iluminados por el resplandor anaranjado del fuego, la miraron con una intensidad que hizo que la sangre de Antonella vibrara en sus sienes.

—Nunca trabajé para nadie en mi vida, Antonella. Ni siquiera para mi abuelo.

—¿Tu abuelo?

Andrew caminó hacia una pequeña mesa auxiliar situada cerca del fuego. Sobre la madera descansaba una carpeta de cuero negro grabada con un escudo de armas sobrio: un lobo rampante rodeado por una corona de laureles de acero.

Antonella se congeló.

Ese escudo. Lo conocía de memoria; lo había estudiado durante doce meses en las memorias anuales de Wall Street. Era el blasón corporativo del consorcio Prescott.

Andrew abrió la carpeta con dedos firmes. Extrajo dos documentos y los depositó sobre la mesa de centro, invitándola con un movimiento de barbilla a acercarse.

—La noche en que nos conocimos —comenzó Andrew, con una voz profunda, lenta y pausada—, yo iba en camino a The Gilded Cellar. Mi deportivo sufrió una avería en la avenida Lexington. No había grúas disponibles a tiempo y mi abuelo odia la impuntualidad. Por eso le compré el turno a un taxista por dos mil dólares.

Antonella sintió que las piernas le fallaban. Dio un paso involuntario hacia la mesa, con los ojos clavados en los papeles.

—Cuando doblé la esquina de Wall Street —continuó él, acortando la distancia entre ambos hasta colocarse detrás de ella, su respiración rozándole la nuca—, una mujer hermosa, desquiciada y vestida de marfil se paró frente a mi auto. Se subió al taxi gritando que su familia quería casarla con un anciano decrépito, una momia viviente con bastón y cara de buitre.

Antonella se llevó una mano temblorosa a los labios. El pánico comenzó a transformarse en un choque eléctrico de incredulidad absoluta.

—Tú abuelo te dijo: «Al fin llegó tu prometido» —susurró Andrew junto a su oído, y el veneno de la diversión pasada tiñó sus palabras—. Pero el anciano del bastón de lobo no era tu prometido, Antonella. Era Arthur Prescott. Mi abuelo. El patriarca que fue a cerrar los términos del contrato mientras yo intentaba llegar a tiempo con un motor destrozado.

—No... —la palabra salió de la boca de Antonella como un jadeo ahogado.

—El nieto que te llevaba cinco años, el supuesto déspota educado en Europa con el que estabas comprometida desde el día en que naciste... —Andrew estiró el brazo y señaló el documento legal sellado en Nevada, justo donde el casillero del contrayente masculino rezaba en tinta indeleble: Andrew Arthur Prescott— nunca fue un viejo al borde de la tumba.

Dio un paso al frente y se colocó cara a cara con ella. Levantó la mano derecha y, entre sus dedos largos, hizo girar una pequeña tarjeta metálica negra con grabados en titanio, idéntica a la que arrojó en Manhattan cinco años atrás.

—Me llamo Andrew Prescott, Antonella. Soy el hombre con el que pactaron casarte cuando estabas en la cuna. Soy el falso chofer al que le pagaste diez mil dólares para que te llevara al altar. Y soy el único esposo legal que has tenido y vas a tener en toda tu vida.

El salón pareció quedarse sin oxígeno.

Antonella miró el nombre en el acta de matrimonio. Miró la tarjeta corporativa. Y luego levantó la mirada hacia los ojos ámbar del hombre que tenía enfrente: los ojos que había visto bajo las farolas de Manhattan, bajo las luces parpadeantes de la capilla de Elvis y reflejados cada mañana en el rostro de su hijo de cuatro años.

El taxista no existía. Drew nunca había existido.

Todo había sido él. Desde el primer acelerón en la avenida hasta la entrega total sobre las sábanas de Las Vegas.

La comprensión del engaño cayó sobre Antonella con la fuerza destructiva de una bomba de racimo. La humillación, el dolor de cinco años de soledad, el exilio forzado, el parto a solas en una clínica británica mientras él manejaba un imperio... todo se concentró en una fracción de segundo de furia pura y volcánica.

Sin pensarlo, sin medir la fuerza ni las consecuencias, Antonella levantó la mano derecha y descargó una bofetada con toda el alma contra la mejilla de Andrew Prescott.

El chasquido del golpe resonó en la inmensidad de la biblioteca como un tiro de escopeta.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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