¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Una necesidad
Cedric tenía una regla bastante sencilla cuando necesitaba tomar una decisión importante: prefería conocer todos los detalles antes de dar el primer paso.
Por eso, cuando George entró en su despacho aquella mañana con una carpeta bajo el brazo, Cedric dejó de revisar los documentos que tenía sobre el escritorio.
—Dime que has encontrado algo útil.
George dejó la carpeta delante de él.
—Depende de lo que consideres útil. La mujer existe, trabaja demasiado y, por lo que hemos podido averiguar, no tiene precisamente una vida sencilla.
Cedric abrió la carpeta.
En la primera página había una fotografía de la camarera. Nyssa Johnson. Veinticuatro años.
La reconoció inmediatamente.
En la fotografía llevaba el uniforme de la cafetería y tenía el cabello recogido. No estaba sonriendo. Parecía una imagen tomada durante su jornada laboral, probablemente sin que ella supiera que alguien la estaba fotografiando.
Cedric pasó a la siguiente página.
—¿Qué tenemos?
—Trabaja por las mañanas en una cafetería, por las tardes limpia oficinas y por las noches atiende en un restaurante. No tiene estudios universitarios y, hasta donde sabemos, nunca pudo comenzar una carrera.
Cedric levantó la mirada.
—¿Tres empleos?
—Sí. Y no parece que ninguno le permita vivir con comodidad.
Continuó leyendo.
Su madre estaba hospitalizada debido a una enfermedad grave. Los gastos médicos se habían acumulado, al igual que otras deudas. Su padre había abandonado a la familia años atrás y Nyssa se había hecho cargo de su hermano menor, Ale, que tenía seis años.
Cedric volvió a mirar la fotografía.
Recordó su rostro cansado en el restaurante. La manera en que había soportado los gritos de aquel cliente sin perder completamente la compostura. Las ojeras que no podía ocultar y la prisa con la que se movía entre las mesas.
Ahora entendía algunas cosas.
No todas.
—¿Tiene pareja?
—No hemos encontrado indicios de una relación sentimental estable.
—¿Algún hombre que pueda causar problemas si le hago una propuesta?
George se acomodó en la silla frente al escritorio.
—No podemos asegurar que no exista nadie. Pero no encontramos una pareja formal.
Cedric asintió y siguió leyendo.
Entonces encontró la información sobre un préstamo que Nyssa había solicitado meses atrás.
Había utilizado el dinero para cubrir medicamentos de su madre. El préstamo seguía pendiente y las condiciones de pago parecían haberla colocado en una situación todavía más complicada.
Cedric frunció el ceño al leer la última nota.
—¿Qué significa esto?
George miró el documento.
—El cobrador ha estado presionándola para que pague. Según la información que conseguimos, hubo un incidente reciente en su domicilio.
Cedric dejó la hoja sobre el escritorio.
—Explícate.
—No tenemos una declaración formal de ella. Por lo que hemos podido averiguar, el hombre fue a su casa y la amenazó con encontrar otra manera de cobrar si no conseguía el dinero.
La expresión de Cedric se endureció.
—¿La amenazó?
—Eso parece.
Cedric volvió a mirar los documentos, aunque ya no estaba leyendo.
No conocía a Nyssa. No tenía ninguna razón personal para sentirse responsable de lo que le sucediera. Sin embargo, la idea de que alguien estuviera aprovechándose de la desesperación de una mujer que trabajaba hasta caer rendida le produjo una irritación difícil de explicar.
Quizá porque detestaba a las personas que confundían tener poder con tener derecho a hacer cualquier cosa.
—¿Y ella ha denunciado al hombre?
—No lo sabemos.
Cedric guardó silencio unos segundos.
Después cerró la carpeta.
—Es ella.
George lo observó con atención.
—¿Estás seguro?
—Tiene razones para necesitar dinero, no parece estar buscando un marido rico y no ha mostrado interés en mí. Además, está acostumbrada a trabajar. No parece una mujer que vaya a pasar sus días organizando fiestas y exigiendo atención.
George cruzó los brazos.
—También es una mujer que está atravesando una situación desesperada. Eso no significa que vaya a aceptar casarse contigo.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
—Pero estás pensando en ofrecerle dinero a cambio de un matrimonio.
Cedric apoyó los codos sobre el escritorio.
—Un matrimonio legal, con condiciones claras. Un año como máximo, dependiendo de las circunstancias. Ella recibiría una cantidad acordada, sus gastos estarían cubiertos durante el matrimonio y tendría una compensación adicional cuando nos divorciáramos.
—¿Y qué ocurriría con su familia?
Cedric miró nuevamente la carpeta.
Esa era una de las cuestiones que todavía no había resuelto.
Podía pagarle una suma considerable, pero si la madre de Nyssa necesitaba cuidados continuos, el dinero debía ser suficiente para que no tuviera que regresar a la misma situación unos meses después.
Además, estaba el niño.
Ale no tenía ninguna responsabilidad en los problemas de los adultos. No debía convertirse en una víctima indirecta de aquel acuerdo.
—Podría cubrir los gastos médicos de su madre y garantizar que su hermano tenga cubiertas sus necesidades básicas durante el tiempo que dure el contrato —respondió—. Por separado del pago que ella recibiría por el matrimonio.
George lo miró con seriedad.
—Eso ya no es una compensación pequeña.
—Puedo permitírmelo.
—No estoy hablando de tu cuenta bancaria, Cedric.
Él levantó la vista.
—Entonces, ¿de qué estás hablando?
—De que estás considerando utilizar la peor etapa de su vida para conseguir que acepte algo que quizá nunca habría considerado en otras circunstancias.
Cedric se quedó quieto.
La observación le molestó precisamente porque no era del todo injusta.
—No pienso obligarla a firmar nada.
—La desesperación también puede hacer que una persona acepte cosas que no desea.
Cedric se pasó una mano por la mandíbula.
—¿Qué propones? ¿Que abandone la idea y le diga a mi abuela que todo era mentira?
—No. Te estoy diciendo que, si vas a hacerlo, al menos le des la posibilidad de entender exactamente lo que le estás ofreciendo. Sin ocultarle las condiciones ni hacerle creer que existe una historia de amor detrás.
—Eso es lo que pienso hacer.
—Y si dice que no, la dejas en paz.
Cedric sostuvo su mirada.
—Si dice que no, será no.
George pareció satisfecho con esa respuesta, aunque no completamente convencido.
—Hay otra cosa —añadió.
—¿Qué?
—Su sueño, según una persona que la conoce desde hace años, era trabajar como modelo. Parece que hizo algunas fotografías cuando era más joven, pero abandonó esa posibilidad para mantener a su familia.
Cedric volvió a abrir la carpeta.
Aquello sí lo sorprendió.
Miró la fotografía de Nyssa otra vez. Su rostro tenía facciones delicadas, una estructura armoniosa y una presencia que podía destacar fácilmente ante una cámara.
No era difícil imaginarla en una sesión profesional.
—¿Y por qué lo dejó?
—Por dinero, supongo. No encontramos indicios de que haya podido retomarlo.
Cedric se quedó pensativo.
Una mujer que trabajaba tres empleos, que cuidaba de su hermano y cuya madre estaba hospitalizada. Era evidente que no tenía tiempo para perseguir sueños.
Pero eso no significaba que hubiera dejado de tenerlos.
—No quiero que el contrato interfiera con sus oportunidades laborales —dijo finalmente—. Si acepta, podrá continuar trabajando si así lo desea. No voy a exigirle que abandone su vida para interpretar el papel de esposa perfecta.
George alzó una ceja.
—¿Y piensas presentarla ante tu abuela con el uniforme de la cafetería?
Cedric le lanzó una mirada seca.
—No seas idiota.
—Solo pregunto. Hasta ayer no habías encontrado a una candidata y hoy ya estás organizando tu matrimonio.
—Estoy evaluando una posibilidad.
—Claro.
Cedric ignoró la sonrisa de su amigo y empezó a redactar algunas condiciones en una hoja.
Duración limitada.
Acuerdo económico independiente de los gastos familiares.
Libertad para mantener sus actividades laborales.
Ausencia de obligaciones sentimentales o sexuales.
Divorcio al finalizar el plazo acordado, salvo que ambos decidieran otra cosa libremente.
Se detuvo en el último punto.
No porque contemplara enamorarse de ella. Simplemente, le parecía absurdo incluir una condición que obligara a cualquiera de los dos a permanecer en una relación que ya no quisiera.
Añadió una cláusula de confidencialidad y dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—Necesito una cifra razonable para la compensación —dijo—. Y quiero que un abogado revise todo antes de que le presente la propuesta.
George asintió.
—Me encargaré.
Cedric volvió a guardar los documentos en la carpeta.
Ahora tenía un nombre, una historia y una idea más clara de lo que podría ofrecerle.
Lo que todavía no sabía era si Nyssa estaría dispuesta a escucharlo.
Esa misma tarde, Nyssa regresó a casa después de limpiar varias oficinas.
Ale estaba sentado en el suelo, rodeado de lápices de colores y hojas de papel. Al verla entrar, levantó una de sus creaciones con orgullo.
—¡Mira, Nyssa! ¡Dibujé nuestra casa!
Ella dejó el bolso sobre una silla y se agachó a su lado.
En el papel había una casa torcida, dos figuras humanas y un sol enorme en una esquina.
—Es preciosa, cariño.
—Esta eres tú y este soy yo. Mamá está aquí también, pero la dibujé adentro porque está en el hospital.
Nyssa sintió un nudo en la garganta.
—Te quedó muy bien.
Ale señaló una de las figuras.
—¿Por qué tú eres tan alta?
Ella soltó una pequeña risa.
—Porque soy alta.
—Pero yo voy a crecer y voy a ser más alto que tú.
—Eso espero. Aunque todavía te falta bastante.
El niño sonrió y volvió a sus dibujos.
Nyssa se levantó para preparar algo de cenar. Mientras buscaba los ingredientes, recordó la tarjeta que había guardado en el cajón.
Cedric Vellane.
Todavía no sabía qué quería aquel hombre. Quizá de verdad tuviera una oferta de trabajo. Quizá fuera una de esas personas que creían que podían resolver cualquier problema poniendo dinero sobre la mesa.
No le gustaba la idea de deberle nada a un desconocido.
Pero tampoco podía ignorar la realidad.
Su madre necesitaba cuidados. Ale necesitaba estabilidad. Y ella estaba agotada de intentar mantener a toda su familia a flote con unas manos que ya no daban abasto.
Sacó la tarjeta y la dejó junto al teléfono.
No iba a llamarlo esa noche.
Primero necesitaba pensar.
Porque, por mucho dinero que pudiera ofrecerle aquel hombre, había algo que Nyssa no estaba dispuesta a entregar sin saber exactamente qué le pedirían a cambio.
Su dignidad no estaba en venta.
Y si Cedric Vellane quería hablar con ella, tendría que aprenderlo desde el principio.