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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ROSTRO DETRÁS DEL ANILLO

El mensaje seguía iluminando la pantalla de mi teléfono.

«No vuelvas a casa. Tu padre ya sabe que descubriste la verdad. Y esta noche, uno de ustedes no saldrá vivo de allí».

Debajo, la fotografía de mi padre sentado en el refugio me hizo sentir que el corazón se me detenía.

La figura que estaba detrás de él sostenía un cuchillo contra su cuello.

No podía verle el rostro, pero reconocí el anillo que llevaba en la mano derecha.

El escudo de los Montenegro.

—¡Tenemos que volver! —grité, levantando la mirada hacia los demás—. ¡Mi padre está en peligro!

Sebastián se incorporó a pesar del dolor que sentía en el costado.

—Valentina, espera. Puede ser una trampa.

—¡Es mi padre!

—Y precisamente por eso no podemos entrar sin pensar.

Lo miré con desesperación.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que me quede aquí mientras alguien lo amenaza?

Sebastián me tomó suavemente por los hombros.

—Quiero que lo salvemos. Pero también quiero que tú salgas viva de esto.

Sus ojos se clavaron en los míos. Había miedo en ellos, un miedo que intentaba esconder detrás de su habitual expresión desafiante.

—No voy a perderte —susurró.

—Y yo no voy a perderte a ti.

Me abrazó durante un segundo, apoyando sus labios en mi frente. Después se apartó y miró a Alejandro Ferrer.

—¿Conoces a alguien que tenga acceso al refugio?

Alejandro intercambió una mirada con Mariana.

—Hay pocas personas que conocen esa ubicación. Tu padre, Valentina, me la reveló hace años. También la conoce Clara.

El nombre de mi madre me atravesó como un cuchillo.

—¿Mi mamá está allí?

—No lo sé —respondió mi padre desde la memoria de aquella fotografía que seguía en mi pantalla—. Pero si alguien llegó hasta el refugio, es posible que también sepa dónde encontrarla.

Mariana se acercó a nosotros.

—Hay algo que deben entender. El anillo de los Montenegro no significa necesariamente que Alejandro esté detrás de esto. En esa familia había varias piezas con el mismo escudo. Algunas se entregaron a personas que trabajaban para ellos.

—¿Estás diciendo que cualquiera podría llevarlo? —pregunté.

—Estoy diciendo que alguien quiere que sospechen de Alejandro.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Mi padre ha mentido demasiado como para que yo descarte esa posibilidad.

—Lo sé —contestó Mariana—. Pero si te equivocas, podrías estar haciendo exactamente lo que Mateo quiere.

Sebastián no respondió.

Se volvió hacia mí.

—Nos vamos. Alejandro, tú vienes con nosotros. Mariana, quédate con mi madre… —Se detuvo y corrigió sus palabras con una mueca amarga—. Quédate con Mariana. Si algo sale mal, necesito que alguien pueda pedir ayuda.

Mariana le acarició el brazo.

—No tienes que fingir que no me extrañaste, hijo.

Él bajó la mirada.

—No estoy fingiendo nada. Solo estoy intentando no desmoronarme en el peor momento.

Ella asintió, con lágrimas en los ojos.

—Entonces ve. Pero vuelve.

Sebastián tomó las llaves de su automóvil.

Yo subí a su lado.

Y nos dirigimos hacia el refugio.

---

El trayecto fue una tortura.

Sebastián conducía con una mano mientras mantenía la otra sobre mi rodilla. Cada vez que miraba mi rostro, parecía comprobar que seguía allí.

—¿Qué pasa? —le pregunté finalmente.

—Nada.

—Sebastián.

Soltó el aire lentamente.

—Tengo miedo de lo que vamos a encontrar.

Le cubrí la mano con la mía.

—Yo también.

—No, Valentina. No me refiero solamente a tu padre.

Giró brevemente la cabeza hacia mí.

—Me refiero a nosotros. A todo lo que estamos descubriendo. Si esa noche yo estaba en el automóvil, si mi padre tuvo algo que ver con el accidente… no sé cómo voy a vivir con eso.

—No tienes que resolverlo todo esta noche.

—¿Y si fui parte de algo terrible sin recordarlo?

—Entonces averiguaremos qué ocurrió. Pero no voy a dejar que te condenes por los secretos de otras personas.

Sebastián esbozó una sonrisa triste.

—Siempre sabes qué decir.

—No siempre. A veces quiero golpearte.

Una risa breve escapó de sus labios.

—Eso también lo sé.

Por un instante, volvimos a ser nosotros. Dos personas que discutían por tonterías, que se provocaban y que fingían no necesitarse.

Entonces su expresión volvió a ensombrecerse.

—Valentina, prométeme algo.

—¿Qué?

—Si encontramos algo que cambie todo lo que sabes de tu padre, no tomes ninguna decisión hasta que conozcamos la historia completa.

Miré por la ventana.

—Solo quiero que deje de mentirme.

—Lo sé.

—Quiero poder confiar en alguien sin preguntarme qué está ocultando.

Sebastián apretó mi mano.

—Entonces empieza por confiar en mí.

Lo miré.

—Eso es lo que más miedo me da.

Su rostro se endureció, pero no retiró la mano.

—¿Por qué?

—Porque si me fallas, no sé si voy a poder soportarlo.

El automóvil quedó en silencio.

Después, Sebastián se inclinó ligeramente hacia mí, sin apartar la vista de la carretera.

—No te prometo que nunca cometeré errores. No te prometo que no tendré miedo ni que siempre sabré qué hacer. Pero sí te prometo que no voy a esconderte la verdad para mantenerte a mi lado.

Sentí un nudo en la garganta.

—Te amo —susurré.

Él me miró un segundo, y su expresión cambió por completo.

—Yo te amo más de lo que imaginé que podía amar a alguien.

Me besó los nudillos.

Después aceleró.

---

Llegamos al refugio veinte minutos después.

La puerta principal estaba entreabierta.

No había luces en el exterior.

—Quédate detrás de mí —ordenó Sebastián.

—No empieces.

—Valentina, por una vez…

—Está bien. Pero no te separes de mí.

Él asintió.

Avanzamos juntos por el pasillo. El silencio era tan profundo que podía escuchar nuestros pasos y mi propia respiración.

Al llegar a la sala, vi una silla volcada, papeles esparcidos por el suelo y una taza rota junto a la mesa.

—¡Papá! —grité.

Nadie respondió.

Corrí hacia la habitación contigua, pero Sebastián me sujetó de la mano.

—Espera.

Señaló el suelo.

Había pequeñas gotas de sangre junto a la puerta.

Sentí que las piernas me temblaban.

—No…

Sebastián abrió la puerta lentamente.

La habitación estaba vacía.

Sobre la cama había una fotografía de mi infancia. Yo aparecía con ocho años, sentada en el jardín de nuestra antigua casa, sonriendo junto a mi madre.

Alguien había escrito una frase en el reverso:

«La hija siempre paga las deudas del padre».

Me llevé una mano a la boca.

Sebastián rodeó la habitación con la mirada.

—Se los llevaron.

—¿A quiénes?

Una voz surgió desde el pasillo.

—A tu padre y a Clara.

Me volví de golpe.

Alejandro Ferrer estaba en la entrada.

Tenía la respiración agitada y sostenía una pequeña pistola que apuntaba al suelo.

—¿Dónde están? —exigí.

—No lo sé.

—¡No me mientas!

—Valentina, escúchame. Llegué aquí antes que ustedes. Encontré la puerta abierta y las habitaciones vacías.

Sebastián se acercó a él.

—¿Y cómo supiste que debías venir?

Alejandro dudó.

Fue apenas un instante.

Pero lo vimos.

—Recibí un mensaje.

—¿De quién?

—De un número desconocido.

Sebastián soltó una risa sin humor.

—Qué conveniente.

—No estoy jugando contigo.

—Entonces enséñame el mensaje.

Alejandro sacó el teléfono y se lo entregó.

En la pantalla había una sola frase:

«Ven al refugio si quieres saber quién entregó a Mariana».

Sebastián levantó la mirada.

—¿Todavía quieres que crea que no sabes nada?

—No —respondió Alejandro—. Quiero que dejes de creer que soy el único que ha cometido errores.

Se acercó a la mesa y recogió uno de los documentos.

—Esto estaba junto a la puerta.

Era una hoja arrancada de un expediente antiguo. Contenía una lista de transferencias realizadas durante los días previos al accidente.

Una de ellas llevaba la firma de Alejandro Ferrer.

Otra, la de Alejandro Montenegro.

Y una tercera tenía un nombre que nunca había visto.

Clara Ríos.

Mi madre.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—No. Ella no…

Alejandro bajó la mirada.

—Tu madre estuvo involucrada en las operaciones de Mateo. Eso ya lo sabíamos. Pero esta firma demuestra que transfirió dinero la noche anterior al accidente.

—Mi madre nunca haría daño a nadie.

—No estoy diciendo que lo hiciera. Estoy diciendo que necesitamos saber para qué era ese dinero.

Sebastián me rodeó con un brazo.

Yo intenté mantenerme firme, pero las lágrimas comenzaron a caer.

—Toda mi vida he creído que mi madre era la única persona que nunca me mentiría.

—Puede que haya intentado protegerte —dijo Sebastián.

Lo miré con amargura.

—¿También vas a defenderla como defiendes a tu padre?

Él se quedó inmóvil.

Me arrepentí de mis palabras en cuanto las pronuncié, pero el daño ya estaba hecho.

—No estoy defendiendo a nadie —respondió en voz baja—. Solo intento que no destruyas lo que sientes por tu madre antes de saber qué ocurrió.

Me aparté de él.

—Necesito aire.

Salí al patio, temblando.

No habían pasado ni dos minutos cuando escuché sus pasos detrás de mí.

—Valentina…

—No puedo más, Sebastián.

Me volví hacia él.

—No puedo seguir descubriendo que las personas que amo forman parte de algo horrible. Mi padre, mi madre, tu padre… Todos tienen secretos. Todos deciden qué debo saber y qué debo ignorar.

Él se acercó despacio.

—Mírame.

Negué con la cabeza.

—Por favor.

Levanté los ojos.

—No eres responsable de los errores de tu familia —me dijo—. Y yo tampoco quiero seguir siendo prisionero de los míos. No podemos cambiar lo que hicieron, pero podemos decidir qué hacemos nosotros con la verdad.

Una lágrima resbaló por mi mejilla.

Sebastián la limpió con el pulgar.

—No tienes que ser fuerte todo el tiempo. Puedes llorar. Puedes tener miedo. Puedes odiar todo esto. Pero no tienes que enfrentarlo sola.

Lo abracé.

Él me estrechó contra su pecho y me besó el cabello.

Durante unos segundos, me permití descansar en sus brazos.

Hasta que su teléfono vibró.

Sebastián lo sacó del bolsillo.

El mensaje provenía de un número oculto.

«Si quieres volver a ver a tu madre, ven solo al circuito abandonado. Lleva la llave. No le digas a Valentina lo que recuerdas del accidente».

Lo leí por encima de su hombro.

Mi cuerpo se quedó helado.

—¿Qué recuerdas, Sebastián?

Él bloqueó la pantalla.

Demasiado tarde.

—Nada que importe ahora.

Me aparté lentamente.

—Acabas de prometerme que no volverías a mentirme.

—Valentina…

—¿Qué recuerdas del accidente?

Sus ojos buscaron los míos, pero esta vez no encontré en ellos solamente miedo.

Encontré culpa.

—Vi a tu padre —confesó finalmente—. La noche del accidente, antes de que todo se volviera oscuro, vi a un hombre junto al automóvil. Creo que era él.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque no estaba seguro. Y porque…

Se interrumpió.

—¿Porque qué?

Sebastián cerró los ojos.

—Porque recuerdo haber escuchado a alguien decir que tú no debías sobrevivir.

Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.

—¿Quién lo dijo?

Él abrió los ojos.

—No lo sé. Pero recuerdo otra cosa.

—¿Qué?

Sebastián tragó saliva.

—Antes de que me sacaran del automóvil, vi a mi madre sosteniendo un arma. Y estaba apuntando hacia tu padre.

No pude pronunciar una sola palabra.

El hombre al que acabábamos de ver sufrir por su madre, la mujer que había reaparecido después de años de ausencia… podía haber estado involucrado en el accidente que casi me costó la vida.

Y Sebastián había recordado esa parte antes de que llegáramos al refugio.

—Me lo ocultaste —susurré.

—Quería estar seguro.

—¡Me prometiste que no volverías a mentirme!

—¡Porque tenía miedo de perderte!

Nos quedamos mirándonos, con el dolor y la rabia separándonos por primera vez desde que habíamos decidido enfrentarnos juntos a la verdad.

Entonces se escuchó un golpe en el interior de la casa.

Alejandro Ferrer apareció en la puerta, pálido.

—Tienen que ver esto.

Entramos corriendo.

Sobre la mesa había una computadora portátil encendida. La pantalla mostraba una videollamada en directo.

Mi padre estaba atado a una silla.

Mi madre se encontraba a su lado, con el rostro golpeado y las manos sujetas.

Detrás de ellos, un hombre vestido de negro sostenía un arma.

No podía distinguir su rostro.

Pero cuando levantó la mano para ajustar la cámara, vi el anillo.

El escudo de los Montenegro.

—Valentina —dijo una voz distorsionada—. Tienes hasta medianoche para entregarnos la llave que encontraron en el garaje.

La imagen se acercó a mi madre.

—Si no lo haces, tu madre morirá primero.

La transmisión se cortó.

Miré a Sebastián.

Él estaba inmóvil.

—¿Qué llave? —pregunté.

Sebastián sacó lentamente del bolsillo la llave que habíamos conservado desde el principio de nuestra investigación.

—La que abre el compartimento secreto del automóvil de mi padre.

Alejandro Ferrer palideció.

—No pueden entregarla.

—¿Por qué? —exigí.

Él nos miró a ambos.

—Porque dentro de ese compartimento no hay solamente documentos. Hay una grabación que demuestra quién disparó aquella noche.

—¿Y quién fue? —preguntó Sebastián.

Alejandro abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, un sonido surgió de la computadora.

La transmisión había regresado.

Esta vez, el hombre de negro se quitó lentamente la máscara.

Sebastián dejó caer la llave.

Yo sentí que la sangre se me helaba.

El rostro que apareció en la pantalla pertenecía a un hombre al que todos habíamos estado buscando.

Alejandro Montenegro.

El padre de Sebastián.

Pero no estaba mirando a la cámara.

Estaba mirando directamente a mi madre.

Y sus siguientes palabras cambiaron todo:

—Clara, ha llegado el momento de que le cuentes a tu hija quién disparó realmente aquella noche. Porque si no lo haces tú, lo haré yo.

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