Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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La verdad a medias
—¿Quién es la mamá?
Stefano no respondió de inmediato.
Victoria dejó la fotografía sobre la mesa y esperó.
No pensaba ayudarlo.
Había hecho eso demasiadas veces durante los últimos meses: completar sus frases, interpretar sus silencios, aceptar una respuesta a medias porque la siguiente parecía demasiado difícil de pedir.
Esta vez no.
—Se llama Renata —dijo él al fin.
Victoria respetuosa despacio.
—¿Renata qué?
Stefano frunció el fruncido.
— ¿Qué importa el apellido?
-Nariz. Vos diezmo. Hasta hace cinco minutos yo tampoco sabía que importaba un bebé de seis meses.
Él bajó la mirada.
—Tenés razón.
—Déjame decirme eso.
—¿Qué querés que diga?
—La verdad.
La palabra quedó entre los dos.
Stefano apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Renata y yo estuvimos juntos.
—Eso ya lo supuse.
—Quedó embarazada.
Victoria soltó una risa seca.
—También llegué sola a esa conclusión.
-Victoria...
—¿Siguen juntos?
Stefano la miró.
Esa pausa volvió a aparecer.
Pequeña.
Casi insignificante.
Pero Victoria empezaba a reconocerla. Era el espacio que Stefano necesitaba para decidir cuánto de la verdad iba a entregarle.
—Las cosas entre nosotros son complicadas.
—No te pregunté si eran complicadas.
—Tenemos un hijo.
—Tampoco te preguntó eso.
Stefano respiró hondo.
Victoria sintió que se le aceleraba el corazón.
— ¿Siguen juntos? —repitió.
—No de la manera que estás pensando.
Ella lo observó unos segundos.
—¿Y de qué manera estoy pensando?
—Como una pareja normal.
—¿Qué es una pareja normal, Stefano?
Él se pasó una mano por la nuca.
-Nariz.
—Qué conveniente.
Victoria tomó el bolso.
—No te vayas.
—¿Qué querés que haga?
—Déjame explicarte.
—Llevas tres meses explicándome cosas sin contarme nada.
—No es así.
-¿No?
Victoria señaló la fotografía.
—Ese niño nació tres meses antes de que vos me conocieras. Tres. Y yo no tenía idea de que existía.
Stefano apretó los labios.
—No lo escondí porque me avergonzara de él.
—No dije eso.
-Perder. Pero necesito que lo entiendas.
—Pues explícame por qué.
Stefano miró la taza que llevaba varios minutos sin tocar.
—Porque cuando te conocí no pensé que esto fuera a convertirse en algo.
La frase dolio de una forma distinta.
Victoria se quedó quieta.
—Ah.
—No quise decirlo así.
—Lo dijiste exactamente así.
—Pensé que íbamos a hablar, salir un par de veces y ya.
—¿Y después?
—Después me importaste.
Victoria desvió la mirada.
Odiaba que esas dos palabras todavía podían hacerle algo.
—Y cuanto más tiempo pasaba —continuó Stefano—, más difícil era decírtelo.
-No. Más difícil era arriesgarte a que yo pudiera decidir.
Él levantó la vista.
Victoria sintió que la voz le temblaba y eso la enfureció.
—Si me lo hubieras dicho el primer día, yo habría escogido si quería estar con un hombre que acababa de tener un hijo. Pero no me dejes hacerlo.
-Perder.
—Otra vez.
—Perdón.
Ella cerró los ojos un segundo.
—¿Dónde vive el bebé?
—Con Renata.
—¿Y vosotros?
Stefano tardó.
—Paso mucho tiempo con ellos.
Victoria abrió los ojos.
—Eso no fue lo que preguntó.
—Tengo mis cosas en otro sitio también.
—¿También?
Stefano guardó silencio.
Ahí estaba otra vez.
La sensación de empujar una puerta que él sostenía desde el otro lado.
Victoria se puso de pie.
—No puedo hacer esto.
-Victoria.
—No. Ahora no.
—Déjame llevarte.
—Puedo irme sola.
—Está oscureciendo.
—He vuelto sola a mi casa toda mi vida.
—No quiero que te pase nada por estar enojada conmigo.
Victoria lo miró.
—No estoy enojada porque tengas un hijo.
Stefano no dijo nada.
—Estoy enojada porque decidiste que yo no merecía saberlo.
Salió de la cafetería sin despedirse.
Stefano no la siguió.
Por una vez, Victoria agradeció que supiera cuándo quedarse quieto.
• • •
Durante los primeros tres días no contestó ninguna de sus llamadas.
Al cuarto, su mamá levantó el teléfono y apareció en la puerta de la habitación.
—Es él otra vez.
Victoria siguió subrayando una página que llevaba diez minutos sin leer.
—Dile que no estoy.
Su mamá arqueó una ceja.
—Eso llevo diciendo cuatro días.
—Entonces ya sabes qué decir.
-Victoria.
-Mamá.
Su madre dejó de sostener el auricular contra el pecho.
—¿Te hizo algo?
Victoria bajó el marcador.
La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
—Me mintió.
—¿Sobre qué?
Victoria miró sus apuntes.
—Sobre su vida.
Su mamá esperó algo más.
No llegó.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero no confundas estar dolida con tener que resolverlo hoy.
Victoria levantó la cabeza.
—No quiero resolverlo.
—Entonces no lo resuelvas.
Volvió al teléfono.
—No puede atender.
Pausa.
—Sí, yo le digo.
Colgó.
—¿Qué dijo?
Victoria se arrepintió de preguntar en el mismo instante.
Su mamá sonrió apenas.
—Que lo siente.
—Qué útil.
—Y que no va a llamar otra vez.
Victoria miró el libro.
—Mayor.
No lo fue.
• • •
Pasaron doce días.
Victoria los contó sin querer.
El primero estuvo furiosa.
El segundo también.
El tercero consiguió pasar casi toda la mañana sin pensar en Stefano y se sintió orgullosa hasta que se dio cuenta de que estaba pensando precisamente en no haber pensado en él.
Para el séptimo día ya no sabía si quería que llamara o si quería demostrar que podía vivir perfectamente sin que lo hiciera.
El décimo vio un carro parecido al suyo y sintió un golpe en el pecho.
No era él.
Eso le molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El día doce, al salir de la universidad, encontró un sobre doblado dentro del bolsillo delantero de su carpeta.
No tenía su nombre.
No hacía falta.
Reconoció la letra.
«No voy a pedirte que me perdones. Solo que me dejes responder lo que no respondí bien.»
Debajo había una hora y el nombre de una cafetería.
Victoria leyó la nota tres veces.
Después la rompió por la mitad.
Caminó hasta el basurero.
Se quedó frente a él.
Juntó las dos partes.
Las guardó otra vez en la carpeta.
—Qué estúpida —murmuró.
No sabía todavía si iba a ir.
Solo sabía que, si lo hacía, esta vez no pensaba ayudar a Stefano a esconderse detrás de ninguna respuesta.
Y que la pregunta más importante seguía sin tenerla clara.
No era si él tenía un hijo.
Era qué lugar ocupaba realmente Renata en la vida que Stefano seguía sin mostrarle.