Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 23. PAGINAS DE LUZ Y EL CIERRE DEL CIRCULO
POV ROCÍO
Un mes había pasado desde que la tormenta legal y los fantasmas del pasado decidieron darnos una tregua definitiva. Treinta días en los que la casa unifamiliar se había llenado de risas infantiles, pisadas rápidas por los pasillos y el aroma constante a café por las mañanas. La convivencia con Mario se había convertido en un refugio perfecto; cada noche, tras acostar a Lucas y a Mía, nuestro dormitorio de la tercera planta era el escenario de un amor maduro, pausado y profundamente apasionado, donde las últimas sombras de mis miedos terminaron de disolverse.
Aprovechando que el sábado por la tarde los niños se habían quedado profundamente dormidos en la planta intermedia tras un largo juego en el jardín, Mario y yo decidimos terminar de organizar las cajas de mudanza que aún quedaban en el desván. Ya no era un lugar de secretos oscuros, sino el espacio donde ordenaríamos el futuro.
Entre un montón de libros antiguos de contabilidad que la policía ya había descartado, Mario levantó una pequeña caja de metal con relieves de flores silvestres.
—Rocío, mira esto —dijo, pasándome un paño para quitarle el polvo—. Estaba al fondo del baúl que registramos el mes pasado. Creo que esto no se lo llevó Alberto Méndez.
Tomé la caja metálica entre mis manos. No tenía llave. Al levantar la tapa, me topé con un cuaderno de tapas de piel marrón gastada. Al abrir la primera página, la caligrafía elegante y redonda de mi hermana Elena me dio la bienvenida. Sentí que el corazón me daba un vuelco de emoción. Era su diario personal.
—Es de ella, Mario... —murmuré, sentándome en una de las cajas de madera mientras él se colocaba a mi lado, rodeándome los hombros con su brazo protector.
Pasé las páginas con un cuidado casi sagrado. El diario abarcaba los últimos tres años de su vida. Comencé a leer en voz alta algunos fragmentos, saltándome las partes dolorosas de su depresión, buscando la luz que tanto necesitaba para sanar mi propia culpa por haber estado ausente seis años. Mis ojos se detuvieron en una entrada fechada apenas una semana antes del trágico accidente de Víctor:
“14 de Octubre.
Hoy Víctor ha llegado a casa con un ramo de margaritas, mis flores favoritas. A veces me miro al espejo y no entiendo cómo un hombre tan maravilloso puede seguir amándome en mitad de mis días grises, cuando la tristeza por la pérdida del bebé me nubla la vista. Pero él se sienta al borde de la cama, me abraza y me recuerda que soy el motor de su vida. Me ha dicho que ha hablado con su hermano menor, con Mario, y que está increíblemente orgulloso de ver el hombre en el que se ha convertido. Víctor dice que Mario tiene el corazón limpio, que heredó la bondad de su madre y no la crueldad de su padre. Me da paz saber que, si alguna vez el destino nos falla, Mario estará ahí para Lucas y Mía. Él es el escudo de esta familia”.
Una lágrima de puro alivio resbaló por mi mejilla, pero esta vez no era una lágrima amarga. Miré a Mario de reojo; él mantenía la vista fija en el papel, con los ojos empañados por la emoción al escuchar las palabras de respeto que su hermano Víctor le dedicaba desde el pasado.
POV MARIO
Escuchar el diario de Elena fue como recibir un abrazo directo de mi hermano desde el más allá. El peso de mi apellido, ese remordimiento sutil que me quedaba por los pecados de mi padre, se desvaneció por completo en mitad de la penumbra del desván. Víctor me había perdonado antes de nacer el conflicto; confiaba en mí.
Rocío pasó la página, sus dedos acariciando el papel satinado. La última entrada del diario estaba fechada la misma noche en que ella redactó la carta azul de la custodia, justo antes de tomar la medicación que apagó su vida tras recibir la noticia del fallecimiento de Víctor.
“22 de Octubre.
Víctor ya no está. Mi mente no puede procesar este mundo sin su sonrisa, y sé que no tengo las fuerzas necesarias para ser la madre que mis niños merecen en mitad de este desierto. He dejado la carta azul en la carpeta del abogado Alarcón. Sé que vendrá Rocío. Sé que mi hermanita pequeña regresará. Rocío, si lees esto... quiero que sepas que nunca te odié. Guardé tus fotos en mi computadora porque te extrañaba cada día. Aquella noche que te prohibí ir a la fiesta, solo quería protegerte de la calle, pero fui demasiado estricta. Perdóname por no haber sabido llamarte a tiempo. No dejes que el orgullo te impida ser feliz. Cuida de mis niños junto a Mario. Sé que entre el fuego de tus tiendas que regalan sueños y los cruceros de lujo de Mario, encontraréis la forma de construir un hogar perfecto para Lucas y Mía. Os amo”.
Rocío cerró el diario de golpe, rompiendo a llorar con un llanto liberador, un llanto de sanación que cerraba de una vez por todas la herida del pasado. Se dio la vuelta y se aferró a mi cuello con todas sus fuerzas. La estreché contra mi pecho con una posesividad limpia y eterna, meciéndola bajo el tragaluz del desván.
El círculo de la culpa se había cerrado. Elena no guardaba rencor; el distanciamiento de los seis años ya no era una condena, sino el preludio de un destino que nos había unido para salvar a lo más valioso que nos quedaba: Lucas y Mía.
—Se acabó, mi princesa —le susurré al oído, plantando un beso tierno en su sien mientras acariciaba su espalda—. Ya no hay deudas con el pasado. Tu hermana te amaba, mi hermano confiaba en mí, y los niños tienen el hogar que ellos siempre soñaron.
Rocío se separó un poco, limpiándose las lágrimas con la manga de su vestido de punto beige, y me dedicó la sonrisa más hermosa, limpia y radiante que le había visto desde que entró por aquella puerta en la planta dieciséis. Sus ojos brillaban con una intensidad ardiente, libre de traumas, llena de una paz absoluta.
—Gracias por ayudarme a llegar hasta aquí, Mario —susurró, acariciando mi rostro con sus manos—. Te amo. Con toda mi alma.
—Y yo a ti, Rocío —respondí con voz ronca por la emoción, acortando la distancia para sellar el pacto con un beso profundo, dulce y cargado de un deseo limpio que ya no tenía barreras que derribar.
Bajamos del desván tomados de la mano, guardando el diario de Elena en el cajón de la mesita de noche de nuestro dormitorio principal como el recuerdo de una tregua eterna. Al llegar al salón, Lucas y Mía, ya se habían despertado de la siesta y jugaban felices en la alfombra con las figuras de madera. Al vernos entrar, los dos niños levantaron las cabezas y nos sonrieron, corriendo a enredarse en nuestras piernas. Éramos reales, éramos humanos y, por encima de cualquier testamento, nos habíamos convertido en la familia perfecta que el amor y la paciencia habían sabido construir en mitad de la tormenta.