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Los Sellos Que Cruzan Universos

Los Sellos Que Cruzan Universos

Status: Terminada
Genre:Fantasía LGBT / Aventura / Superpoder / Completas
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.

Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es

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CAPÍTULO 4: Las patrullas que vienen con su cara

Los pasos de los soldados resonaban en la entrada de la cueva, secos y rítmicos, como si nadie de ellos tuviera prisa ni miedo. El otro Seo tensó el arco y se giró hacia los suyos con la voz baja y ronca, de la que usan quienes ya han perdido demasiado:

—Los arqueros a la entrada. Los que tengáis escudos, delante. No os separéis. Si os caéis, el de al lado os levanta. No dejamos a nadie atrás.

Nadie respondió con un grito de batalla. Solo asintieron, con la mandíbula tensa y las manos sudorosas sobre las armas. Min miró a su alrededor y notó que una chica joven temblaba tanto que su espada le chocaba contra el escudo. Nadie le dijo nada. Nadie la regañó por cobarde. Alguien le apretó el hombro en silencio y ella tragó saliva, enderezándose un poco.

Esto no era una batalla de héroes perfectos. Era gente que solo quería sobrevivir.

—Venid —dijo el otro Seo a Min y a su Seo, sin apartar la vista de la entrada—. Si de verdad queréis ayudar, cubrid el flanco derecho. Allí es donde suelen atacar primero. No hagáis nada raro. Y si veis que no podéis… corred. No os culparemos.

Min asintió. Sintió cómo la serpiente de Jade en su muñeca se movía un poco, calentándose, como avisándole que el poder estaba listo. No era una sensación de fuerza desbordante. Era un cosquilleo suave, como si alguien le susurrara al oído que no estaría solo.

Los primeros soldados entraron en la cueva.

Llevaban armaduras negras ajustadas, y en el pecho llevaban grabado el símbolo de los siete Sellos en rojo. No dudaron. No preguntaron. Levantaron sus armas y atacaron sin decir una palabra.

El primer golpe de luz dorada que lanzó el otro Seo derribó a dos de ellos antes de que pudieran dar tres pasos. Pero venían más. Muchos más.

Min levantó la mano sin pensarlo demasiado. Una barrera verde suave se extendió delante de un grupo de rebeldes que iban a ser alcanzados por un rayo de energía oscura. El impacto le hizo retroceder un paso, le dolió un poco la muñeca, como si el poder le costara un pequeño esfuerzo físico. No era perfecto. No salió de forma automática. Tuvo que concentrarse, respirar hondo, sentir la luz dentro de sí antes de lanzarla.

—¡A la izquierda! —gritó su Seo, y una llama roja salió de su brazalete, derritiendo el arma de un soldado que se acercaba a Min por la espalda.

Min se giró a tiempo para ver cómo el soldado retrocedía, sorprendido, y luego volvía a atacar sin dudar. Eran como autómatas. No tenían miedo. No tenían preguntas. Solo obedecían.

La batalla duró lo que tardó Min en darse cuenta de que ninguno de los soldados llevaba la cara descubierta. Todos llevaban cascos que les tapaban todo menos los ojos. Y cuando uno de ellos se cayó y el casco se le deslizó un poco… Min contuvo el aliento.

Era él.

O una versión de él, al menos. Mismo pelo, mismos rasgos, misma edad. Pero con los ojos vacíos, como si no hubiera nada detrás. Se levantó del suelo, se recolocó el casco y volvió a atacar como si nada hubiera pasado.

—Son clones —explicó el otro Seo entre dientes, disparando otra flecha de luz que derribó a tres soldados a la vez—. Los saca de los Sellos. Cientos de ellos. Todos con su cara. Todos sin voluntad propia.

Min sintió un nudo en el estómago tan fuerte que por un momento creyó que iba a vomitar. Su cara. Repetida cientos de veces. Usada para hacer daño. Para matar gente que solo quería vivir.

En ese momento, una luz verde brillante y fría cruzó toda la cueva, venida de fuera. Un soldado que se disponía a atacar a la chica que temblaba se detuvo en seco. Todos los clones se quedaron quietos al mismo tiempo, como si alguien hubiera tirado de un hilo que los unía a todos.

Una voz sonó en el aire, fría, clara, sin emoción. Era la voz de Min. Pero no la suya. No la que él conocía.

—Retirada.

Los clones dieron la vuelta al unísono y salieron de la cueva en silencio, tan ordenados como habían entrado. Nadie les persiguió. Nadie se atrevió a moverse hasta que el sonido de sus pasos desapareció por completo.

Se hizo un silencio pesado. Alguien sollozó bajito. Alguien más se dejó caer al suelo, agotado.

El otro Seo bajó el arco y suspiró, largo y cansado, como si acabara de cargar con todo el peso de la cueva sobre sus hombros. Se pasó una mano por la cara y Min vio que le temblaban los dedos.

—Lo hace a propósito —dijo sin mirarlos—. Manda sus clones con su cara para que nos cueste más disparar. Para que dudemos. Y a veces lo logra. A veces alguien se detiene un segundo… y ese segundo le cuesta la vida.

Min se quedó callado. No sabía qué decir. No había frases que pudieran arreglar lo que acababa de ver. No había explicaciones que le quitaran ese peso en el pecho de saber que una versión de sí mismo usaba su propia cara como arma.

Su Seo le agarró la mano y la apretó fuerte. No le dijo que no era su culpa. No le dijo que no fuera él. Solo le apretó la mano, y Min entendió todo lo que necesitaba en ese contacto.

El otro Seo se giró hacia ellos por fin. Ya no había tanto odio en su mirada. Había cansancio. Mucho cansancio.

—Vuestros poderes son distintos —dijo, señalando los brazaletes de Min—. Los suyos brillan con luz cálida. Los de él… son fríos. Como si no tuvieran vida dentro.

—Él no siempre fue así —dijo Min bajito, más para sí mismo que para los demás.

—No lo fue —respondió el otro Seo, y su voz se quebró un poco, como si el dolor le saliera a la fuerza después de años guardado—. Al principio fue igual que tú. Dice la gente mayor que sonreía mucho. Que se caía por las escaleras del instituto sin poder evitarlo. Que compartía su comida con quien no tenía. Hasta que decidió que el poder era la única forma de proteger a los suyos. Y luego… luego el poder se lo comió por dentro. Un día se dio cuenta de que ya no recordaba por qué luchaba. Solo sabía que tenía que seguir mandando. Que tenía que ser más fuerte.

Hizo una pausa y miró a Min directamente a los ojos, como si quisiera grabarle las palabras en la cabeza.

—Dicen que lo último que olvidó fue mi nombre. Y cuando lo olvidó… ya no hubo vuelta atrás.

Min sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No pudo evitarlo. Aquel chico de piedra en el palacio no había nacido cruel. Había elegido proteger, igual que él. Y se había perdido en el camino.

—Queremos hablar con él —dijo Min, limpiándose las lágrimas con la manga de la camisa, con la voz firme a pesar de todo—. No para luchar. Para entender. Para ver si todavía queda algo de él por dentro que quiera volver.

El otro Seo lo miró un buen rato. Luego negó con la cabeza, despacio.

—Nadie entra en el palacio y sale vivo. Nadie. Y menos ahora que sabe que existís. Él no permitirá que nadie le muestre que hay otra forma.

—Lo intentaremos de todos modos —dijo el Seo de Min, poniéndose al lado de él, sin soltarle la mano—. No podemos dejarlo así. No podemos dejar que él siga solo en esa oscuridad.

El otro Seo abrió la boca para responder, pero en ese momento una chica corrió hacia ellos, agitando un papel arrugado en la mano.

—¡Seo! —gritó, sin aliento—. Ha llegado un aviso del palacio. El Sucesor convoca a los líderes de la rebelión. Mañana, en la plaza central. Dice que… dice que si no vais, quemará tres barrios enteros antes del anochecer.

El silencio volvió a caer sobre la cueva. Más pesado que antes.

El otro Seo apretó los dientes y agarró el papel de un manotazo. Lo leyó una vez, dos veces, y luego lo arrugó con fuerza en la mano.

—Es una trampa —dijo, con la voz baja y peligrosa—. Todos lo sabemos. Pero no podemos dejar que queme los barrios. Hay niños allí. Gente que no puede defenderse.

Min miró a su Seo. Su Seo le devolvió la mirada. No tuvieron que hablar. Ambos lo sabían.

—Iremos —dijo Min, antes de que nadie más pudiera decir nada—. Iremos con vosotros. Y no dejaremos que haga daño a nadie.

El otro Seo lo miró fijamente. Por primera vez, una pequeña chispa de confianza cruzó sus ojos. No mucha. Pero suficiente.

—Mañana al amanecer —dijo—. Si nos traicionáis… seré el primero en dispararos. Lo sabéis.

Min asintió. No le culpó. En su lugar, haría lo mismo.

Esa noche, mientras los rebeldes preparaban armas y compartían la poca comida que tenían, Min se sentó en una esquina alejada, mirando sus brazaletes. La serpiente de Jade descansaba suave en su muñeca, como si supiera que él necesitaba calma.

—¿Crees que todavía queda algo de él por dentro? —le preguntó a su Seo en voz baja, cuando este se sentó a su lado.

Seo‑jun se encogió de hombros, y le pasó un trozo de pan seco que alguien le había dado.

—No lo sé —respondió honestamente—. Pero si quedara aunque fuera un poquito… ¿no crees que se merece que alguien intente llegar hasta él?

Min miró el pan en su mano. Luego miró hacia la entrada de la cueva, donde el cielo gris se teñía de negro por la noche. Pensó en aquel chico que sonreía y se caía por las escaleras, antes de que el poder se lo comiera. Pensó en sí mismo, en todas las veces que estuvo a punto de elegir mal. En todas las veces que Seo le había tendido la mano antes de que se perdiera.

—Sí —dijo bajito—. Se lo merece.

Muy lejos, en lo alto del palacio de piedra, el Sucesor se quedó mirando el papel con la convocatoria que acababa de enviar. Una versión de sí mismo con otra luz en los brazaletes. Una versión que decía venir de otro mundo. Una versión que, según sus soldados, había ayudado a los rebeldes.

Se tocó el pecho, donde los siete Sellos brillaban fríos bajo la ropa. No sentía nada. No desde hacía años. Pero por un segundo, algo muy pequeño y muy lejano, como un recuerdo que no sabía que tenía, le hizo cosquillas en el fondo del corazón.

Frunció el ceño, confundido. Y luego lo borró. No tenía tiempo para cosas sin sentido. Mañana vería a este extraño con su cara. Y si era una amenaza… lo eliminaría. Como había hecho con todos los demás.

Hoy he visto soldados con mi cara. Cientos de ellos. Vacíos. Obedeciendo órdenes. Matando por alguien que lleva mi nombre.

He hablado con el Seo de este mundo. Me ha contado que él no siempre fue así. Que sonreía. Que se caía por las escaleras. Que al principio solo quería proteger a los suyos. Y luego se perdió.

Me da miedo. Mucho. Porque sé que pude haber sido él. Sé que si no hubiera tenido a Seo a mi lado, si no hubiera tenido a mis amigos, a mi abuela… quizá yo también habría creído que el poder era la única respuesta.

Mañana iremos a la plaza central. El Sucesor nos ha citado. Seguro que es una trampa. Pero no podemos dejar que haga daño a gente inocente.

No sé qué pasará. No sé si podré llegar hasta él. No sé si quedará algo de aquel chico que sonreía dentro de aquel tirano de piedra.

Pero tengo que intentarlo. Porque si lo dejo así… estaré abandonando una parte de mí mismo.

Seo está a mi lado. No me suelta la mano. Eso es suficiente por ahora. Eso es lo que me mantiene de pie.

Espero que mañana no tenga que pelear contra mi propia cara.

Espero que haya otra forma.

Buenas noches.

Min‑jun.

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