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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

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Capítulo 2: Duelo sobre ruedas y cestas de mimbre

La mañana de domingo en el parque Sempione era una postal idílica de la primavera milanesa: sol templado filtrándose entre los castaños de indias, familias paseando carritos de bebé y el majestuoso Arco della Pace presidiendo la explanada de salida del circuito benéfico.

Todo respiraba paz cívica. Hasta que llegaron los arquitectos.

Dante De Rossi ajustó el ciclocomputador satelital de su bicicleta de contrarreloj con la concentración de un piloto de Fórmula 1. Su montura era un prodigio de fibra de carbono negro mate, ruedas lenticulares sin radios y un valor equivalente al salario anual de un ingeniero júnior. Él vestía un conjunto aerodinámico de maillot y culotte técnico en grafito oscuro que dejaba en una evidencia criminal cada hora que invertía en el gimnasio antes del amanecer. Las gafas de espejo polarizado completaban la estampa de un atleta olímpico a punto de devorar a sus rivales.

—Dante, relájate —suplicó Enzo a su lado, sosteniendo dos botellas isotónicas mientras luchaba por no soltar una carcajada—. Es una vuelta benéfica para recaudar fondos para la restauración de fuentes públicas. Van señoras de sesenta años con caniches en la cesta. No es el Giro de Italia.

—En el momento en que me pongo un dorsal, Enzo, todo es el Giro de Italia —replicó Dante sin pestañear, estirando los gemelos con una disciplina militar—. Además, la prensa económica tiene fotógrafos en la meta. De Rossi Lab proyecta precisión, potencia y resistencia insuperable. No voy a permitir que nadie diga que bajé el ritmo.

—Hablando de ritmo... —murmuró Enzo, con una sonrisa maliciosa que le iluminó la cara mientras miraba por encima del hombro de su jefe—. Creo que tu club de admiradores acaba de ingresar al recinto.

Un tintineo metálico, alegre y estridente rompió la atmósfera de concentración deportiva:

¡Ring-ring! ¡Ring-ring!

Dante se giró despacio, bajando apenas las gafas polarizadas con el índice.

Cruzando la explanada con la gracia de una diva de la Riviera, Valeria Vidal avanzaba sobre una bicicleta de paseo holandesa de color verde menta pastel. El vehículo contaba con ruedas anchas de paseo, guardabarros cromados, un sillín de cuero marrón con muelles acolchados y una prominente cesta de mimbre tejida a mano en el manillar, donde descansaba un termo de café de diseño y una botella de agua mineral con gas.

Valeria vestía unos pantalones capri de lino blanco que resaltaban la línea esbelta de sus piernas, zapatillas deportivas impolutas, una chaqueta náutica azul marino y gafas de sol oscuras de pasta ancha. Su melena castaña, sujeta en una coleta alta, ondeaba con la brisa. A su lado, Bianca pedaleaba en una bicicleta idéntica color amarillo vainilla, sosteniendo su teléfono disimuladamente a la altura del pecho para no perderse un solo segundo del encuadre.

Valeria frenó con suavidad milimétrica justo frente al manillar de carbono de Dante. Apoyó la punta de su zapatilla en el adoquín, se bajó las gafas oscuras y lo barrió de pies a cabeza con una mirada cargada de conmiseración.

—Vaya, De Rossi —dijo Valeria con una dulzura venenosa—. Veo que te tomaste muy en serio el concepto de aerodinámica para un paseo dominguero de tres kilómetros. ¿El traje de hombre araña incluye paracaídas de frenado o simplemente tienes miedo de que la resistencia del aire despeine tu gomina?

Dante enarcó una ceja, recorriendo con ojos lentos y divertidos la cesta de mimbre de ella:

—Veo que tu equipo de Vidal Vanguard vino preparado para un pícnic campestre. ¿La cesta es para guardar los bocadillos de mortadela o para recoger las piezas de tu orgullo cuando te saque dos vueltas de ventaja?

—La cesta es para tener un lugar donde llevar el trofeo simbólico, querido —contraatacó ella con una sonrisa deslumbrante que no llegó a sus ojos—. Leí tus declaraciones en el Corriere. Muy poético eso de que carecemos de «musculatura cardiovascular». Así que vine a comprobar si tus pulmones están a la altura de tu bocaza.

Dante dio un paso al frente, apoyando una mano enguantada en el manillar de la bicicleta menta de ella, inclinándose lo suficiente para que su perfume fresco y gélido la envolviera:

—Tres vueltas al perímetro del parque, Vidal. El que cruce la meta detrás paga la cena de todo el equipo técnico del otro en el restaurante más caro de la Galleria Vittorio Emanuele. Y añade una cláusula: el perdedor tiene que reconocer públicamente en la próxima reunión de licitación que el concepto del ganador tiene «una solidez superior».

Valeria sintió un cosquilleo eléctrico subiéndole por la espina dorsal. Nada encendía tanto su sangre como el desafío descarado de ese hombre.

—Trato hecho, De Rossi —sentenció ella, haciendo sonar de nuevo el timbre con un pulgar victorioso—. Espero que tu tarjeta corporativa no tenga límite de crédito.

Bianca y Enzo intercambiaron una mirada de júbilo cómplice a sus espaldas. Enzo sacó su libreta de apuestas y le mostró discretamente a Bianca un billete de cincuenta euros; ella asintió con un guiño y dobló la apuesta. El teatro estaba listo.

El pistoletazo de salida del comisario benéfico sonó como un trueno sobre los árboles del parque.

Durante los primeros cuatrocientos metros, Dante tomó la delantera con la potencia brutal de sus piernas entrenadas, cortando el viento sobre el asfalto plano. Su bicicleta de competición volaba a más de cuarenta kilómetros por hora, dejando atrás a jubilados en chándal y grupos de cicloturistas despistados.

Pero Valeria Vidal no era una ingeniera común. Había crecido recorriendo las obras de su padre y no conocía la palabra rendición.

Aprovechando el rebufo de la espalda ancha de Dante, Valeria pedaleó con una cadencia rítmica, implacable y salvaje sobre los pedales de su bicicleta holandesa. Los muelles del sillín rechinaban con un chirrido agudo ante la fuerza descomunal que la mujer imprimía a cada zancada. En las curvas cerradas que bordeaban el estanque de los patos, donde el cuadro rígido de competición de Dante lo obligaba a abrir la trazada para no derrapar sobre la grava suelta, Valeria inclinaba su armazón verde menta con una temeridad suicida, recortando metros centímetro a centímetro.

—¡Abran paso por la izquierda! —gritaba Valeria mientras hacía sonar el timbre sin descanso: ¡Ring-ring-ring!

Dante miró de reojo por encima del hombro y casi pierde el equilibrio del shock: la bicicleta con cesta de mimbre venía pegada a su rueda trasera como un misil teledirigido. Los ojos castaños de Valeria destellaban tras sus gafas oscuras con una ferocidad competitiva que lo fascinó y lo aterrorizó a partes iguales.

—¡Estás loca, Vidal! —rugió Dante contra el viento, apretando los dientes y levantándose sobre los pedales para acelerar el ritmo—. ¡Vas a partir la cadena de esa cafetera!

—¡Tu abuela es una cafetera, De Rossi! —le gritó ella de vuelta, jadeando pero sin soltar el manillar—. ¡Apártate o te paso por encima!

En la última vuelta, al enfilar la recta final frente al Arco della Pace, el duelo alcanzó niveles de delirio absoluto.

Iban codo a codo, rozándose los brazos en un forcejeo silencioso que amenazaba con mandar a ambos al césped. Dante empujaba con cada fibra de sus cuádriceps, con la mandíbula apretada y la respiración rota; Valeria, con la coleta deshecha y la chaqueta flameando como una capa de combate, tiraba del manillar hacia arriba con una furia visceral.

A cincuenta metros de la pancarta de llegada, un pequeño perro pomerania blanco escapó de la correa de su dueña y cruzó el sendero trotando tras una mariposa.

—¡El perro! —gritó Valeria.

Ambos clavaron los frenos en un acto reflejo coordinado. El neumático de competición de Dante chilló contra el pavimento; los frenos de tambor de la bicicleta holandesa de Valeria bloquearon la rueda trasera con un estruendo metálico.

La inercia hizo el resto.

Para no aplastar a la mascota, Dante viró hacia la derecha; Valeria corrigió hacia la izquierda. Las ruedas se engancharon en una maraña de radios y pedales, y ambos salieron proyectados hacia la alfombra de césped tierno que bordeaba el camino, rodando sobre la hierba húmeda en una confusión de extremidades, jadeos y hojas secas.

El silencio que siguió solo fue roto por los aplausos lejanos de los espectadores que creyeron que se trataba de una acrobacia planificada.

Dante abrió los ojos, aturdido. Estaba tendido de espaldas sobre el pasto, con el peso entero de Valeria sobre su pecho.

La posición era un campo minado. Valeria tenía una mano apoyada sobre la clavícula de él y la otra enredada en la hierba; sus respiraciones agitadas se mezclaban en un compás violento y desbocado. A escasos centímetros de distancia, despojados de gafas oscuras, los ojos castaños de ella ardían con el fuego de la batalla, mientras que los ojos de él, de un azul oscuro como el mar de noche, la recorrían con una intensidad que borró de golpe cualquier rastro de burla.

Durante tres segundos eternos, el mundo se detuvo. El calor de sus cuerpos atravesaba las telas deportivas. Dante sintió el latido furioso del corazón de Valeria contra sus costillas y, de forma totalmente involuntaria, sus dedos enguantados se cerraron con firmeza sobre la curva de la cintura de ella, sosteniéndola contra sí en lugar de apartarla.

—¿Te hiciste daño? —preguntó Dante en un susurro ronco, desprovisto de armadura por primera vez en su vida.

Valeria tragó saliva, sintiendo que el aire se le atascaba en la garganta ante la cercanía de esa boca y la preocupación genuina que acababa de asomar en sus facciones. Pero el orgullo, viejo guardián de su territorio, tomó el mando de inmediato.

—Solo en el orgullo por tener que aterrizar sobre un colchón de hormigón armado —soltó ella, apoyando las manos en el pecho de él para empujarse hacia arriba y ponerse de pie con toda la dignidad que le permitían unas briznas de hierba pegadas en la melena.

Dante soltó una carcajada áspera, incorporándose despacio mientras se sacudía los hombros:

—Para tu información, mis ruedas cruzaron la línea imaginaria de los setos dos milímetros antes que tu cesta de mimbre.

—¡Ni en tus sueños más salvajes, De Rossi! —reclamó ella, señalando las dos bicicletas entrelazadas a pocos metros—. Fue un empate técnico por interferencia canina. No pienso pagarte un solo plato de risotto.

Enzo y Bianca llegaron corriendo con teléfonos en mano, fingiendo preocupación mientras ocultaban las pantallas donde los vídeos en cámara lenta del choque ya estaban guardados en la nube para la posteridad.

—¿Están vivos los gladiadores? —preguntó Enzo, mordiéndose los labios para no reírse a carcajadas.

—Perfectamente —sentenció Dante, clavando sus ojos azules en Valeria con una promesa peligrosa antes de levantar su bicicleta de carbono—. Pero dile a tu jefa que la revancha se cobra en la mesa de licitaciones.

—Te espero sentada, De Rossi —remató Valeria, dándose la media vuelta y marchándose hacia la salida con paso majestuoso, rengueando apenas un milímetro que se negó a admitir ante nadie.

A las dos de la madrugada, en el ático de Isola, el silencio nocturno regresó como un bálsamo.

Valeria estaba sentada en el suelo del salón con una bolsa de guisantes congelados sobre la espinilla derecha, vestida con su pijama de seda y una taza de té humeante a su lado. La tableta brillaba en la penumbra con la interfaz de Nocturna.

El punto verde de su confidente no tardó en encenderse.

> PlanoCero: Dime que tu domingo fue más civilizado que el mío. Siento como si un camión de escombros me hubiera pasado por encima.

> TintaBlanca: ¿Tuviste un día difícil? Yo estoy aplicando crioterapia casera en mis piernas porque decidí que era buena idea batirme en un duelo absurdo.

> PlanoCero: No me hables de duelos absurdos. Hoy me encontré con una lunática en un parque. Una mujer que decidió que una bicicleta de paseo con cesta de flores era el vehículo adecuado para intentar asesinarme en una pista de carreras.

> TintaBlanca: (Riendo frente a la pantalla) ¿Una lunática? Suena a que alguien te dio una lección de humildad sobre dos ruedas.

> PlanoCero: Fue un empate por culpa de un perro diminuto. Pero lo peor no fue la caída, TintaBlanca.

> TintaBlanca: ¿Ah, no? ¿Qué fue lo peor?

> PlanoCero: Que cuando terminamos los dos en el suelo, con el corazón saliéndosenos por la boca... por una fracción de segundo, deseé que la carrera no hubiera terminado nunca. Hay personas que sacan lo peor de ti y a la vez hacen que la sangre te hierva de una forma que no puedes controlar.

> TintaBlanca: Sé exactamente de qué hablas. Mi némesis hoy me miró como si quisiera devorarme antes de mandarme al hospital. Da miedo... y a la vez es adictivo.

> PlanoCero: Ten cuidado con ese enemigo, TintaBlanca. A veces la línea que separa el odio de algo mucho más peligroso es más delgada que un hilo de seda.

> TintaBlanca: No te preocupes por mí, PlanoCero. Sé defenderme. ¿Y tus dolores musculares?

> PlanoCero: Desaparecieron en cuanto abrí este chat y leí tu primer mensaje. Cuéntame qué música escuchas cuando dibujas de noche. Necesito borrar el ruido de este domingo.

>

A diez manzanas de distancia, en su ático minimalista de cristal ahumado, Dante De Rossi apoyaba la cabeza contra el respaldo del sofá con una bolsa de hielo en el hombro, sonriendo como un idiota frente a la luz azul de su pantalla, sin la más remota idea de que la mujer que acababa de derretirle las defensas en el chat era la misma salvaje que unas horas antes casi le parte las costillas con una cesta de mimbre.

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Saira Macias
puro fuego
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