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MI ESPOSA ME OLVIDO

MI ESPOSA ME OLVIDO

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Malentendidos / Traiciones y engaños / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:28.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Valentina tenía una sola cosa que proteger: a su familia.

Hasta que una noche, frente a todos, un video destruyó su matrimonio.

Su esposo, Rodrigo, creyó que lo había traicionado. Su suegra se encargó de humillarla y convertirla en la culpable perfecta. Y cuando Valentina dio a luz, Rodrigo le arrebató a su hijo y la obligó a firmar el divorcio mientras ella apenas podía mantenerse con vida.

Después de aquella noche, Valentina desapareció.

Diez años más tarde, vive bajo otro nombre y criando a un hijo que guarda un secreto que nadie puede descubrir.

Porque hay otro niño en el mundo que tiene su misma sangre.

Y cuando los dos hermanos se encuentran por casualidad, comienzan a hacer preguntas que alguien lleva diez años intentando mantener enterradas.

Rodrigo también ha seguido adelante… o eso intenta creer.

Hasta que una mujer aparece en su vida.

No recuerda haberla conocido.

No sabe quién es.

Pero cada vez que está cerca de ella, algo dentro de él se

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6

Valentina decidió que no iba a salir de la habitación hasta la noche.

El vuelo salía a las nueve. Hasta entonces no había una sola razón para pisar un pasillo, un ascensor, un lobby. Pidió el desayuno al cuarto, corrió la cortina y se sentó en la cama con un libro que no leyó, pasando la misma página cada diez minutos como si el problema fuera el libro.

Simón la miraba desde la otra cama.

No dijo nada, pero lo notó, porque notaba todo. Su madre no era de las que se escondían. Era la que entraba a buscarlo a los vestuarios, la que ocupaba los cuartos, la que en diez años no le había tenido miedo a nada que él hubiera visto. Y esa mañana estaba detrás de una cortina cerrada, sobresaltándose cada vez que unos pasos sonaban en el pasillo.

Se estaba escondiendo. De algo, o de alguien.

Simón todavía no sabía de quién. No lo conectó —no tenía con qué, no aún—, pero lo guardó, como guardaba todo, en el lugar donde iban los datos que algún día servían.

—Voy a desayunar abajo.

—No tardes. —Valentina ni levantó los ojos del libro—. Y no hables con extraños.

—Tengo diez años, mamá. No cinco.

—Por eso lo digo.

Simón salió.

Rodrigo había pasado tres veces por ese pasillo.

La primera con una excusa: iba al gimnasio. La segunda sin excusa. La tercera ya ni se molestó en fingir que iba a algún lado, porque sabía exactamente lo que hacía y lo que hacía no tenía un nombre digno.

Quería verla. Una vez. Solo una.

Quería pararse frente a esa puerta y preguntarle por qué. Por qué lo había besado en ese ascensor como si llevara años esperándolo y después había dado media vuelta y lo había dejado a la mitad de todo, con la mano todavía caliente de su cintura. Quién hace eso. Quién enciende algo así y se va sin dejar ni el nombre.

Pero no podía tocar.

Un hombre como él no golpea la puerta de una mujer que le dijo buenas noches y se encerró. No sin verse desesperado. O peor, sin verse como un acosador. Así que pasaba. Tres veces. Como un adolescente, él, que cerraba imperios con una frase.

Iba por la cuarta vuelta, ya odiándose, cuando una puerta se abrió y salió un niño.

Su niño.

—Mateo. —Rodrigo frenó—. ¿Qué haces aquí? ¿No se supone que bajaste a desayunar?

Simón procesó la escena en menos de un segundo. Él debía ser lo que su madre llevaba toda la mañana esquivando. Le decía Mateo. Le decía hijo.

Era el padre de Mateo. Era, entonces, posiblemente—

No terminó el pensamiento. Lo archivó. Primero, salir de esta.

—Vine a ver al que me gano el primer lugar —dijo, con una calma que no sentía—. Se aloja en este piso. Pero su mamá me dijo que ya bajó.

Buena mentira, porque era casi verdad. Rodrigo lo miró un segundo de más. Algo no le cuadraba y no supo qué.

Después lo supo: la ropa. No le conocía esa ropa a su hijo. Una camiseta cualquiera, unos tenis que no eran los suyos. Mateo empacaba lo que Isabela le elegía, y Rodrigo, aunque no era de fijarse, llevaba diez años viendo a ese niño vestido de cierta forma, y esto no entraba en el catálogo.

Habrá comprado algo. Los niños crecen.Y dejó pasar la única señal honesta que iba a recibir en todo el día.

Simón vio la duda y, en lugar de huir de ella, caminó hacia ella, porque siempre había sido más atrevido que prudente.

—Papá. —Probó la palabra por primera vez en su vida y le supo rarísima en la boca—. ¿Qué haces aquí? ¿Conoces a la señora Elena?

El nombre agarró a Rodrigo desprevenido.

Elena.

Lo repitió por dentro, despacio, como quien se guarda una llave en el bolsillo. Así que se llama Elena. Dos horas dándole vueltas a una cara sin nombre, y se lo entregaba su propio hijo en un pasillo, gratis.

—No la conozco —dijo, y era verdad, y al mismo tiempo la mentira más grande que había dicho en diez años—. Subí a buscarte. Voy a la habitación; ve tú a desayunar. Nos vamos esta noche.

—¿Esta noche?

—Esta noche. Apura.

Simón caminó hacia el ascensor con el pulso disparado y un nombre nuevo que no le habían dado: el de un hombre que tenía su misma mandíbula y que miraba la puerta de su madre como si quisiera tumbarla.

Mateo lo esperaba en las escaleras, donde habían quedado.

—Tu papá me confundió contigo —dijo Simón, sentándose a su lado sin aire—. En el pasillo. Me dijo Mateo, me preguntó por qué no había bajado a desayunar. Y se tragó todo.

Mateo se quedó muy quieto.

—¿Qué?

—Dudó por la ropa. Un segundo. —Simón lo miró—. Te lo digo en serio. Tu papá me tuvo a un metro, de frente, y no se dio cuenta de que no eras tú.

Dejaron que eso se asentara.

Y a Simón, que pensaba rápido, se le armó la idea entera de un solo golpe, como cuando un número por fin cuadra.

—Si tu papá no me reconoció —dijo despacio—, mi mamá tampoco va a reconocerte a ti.

Mateo levantó la cabeza.

—¿Qué estás diciendo?

—Nos cambiamos.

—Estás loco.

—Tú te vas con mi mamá esta noche. Yo me voy con tu papá. Aprendemos lo básico del otro: los nombres, las rutinas, qué contestar si preguntan. Lo demás lo improvisamos, somos idénticos. —Hablaba rápido, coordinando todo en su mente—. Yo entro a tu casa y averiguo qué pasó de verdad con mi mamá, porque tu abuela habla, tú lo dijiste. Tú te quedas con la mía, con la tía Carla, y ves qué se les escapa. Cada uno investiga del lado que el otro no puede tocar.

—Es una locura.

—Es la única forma. El ADN nos delata y tarda semanas. Esto empieza esta noche y no lo sabe nadie.

Mateo miró a su hermano —porque ya pensaba la palabra, hermano, aunque no la había dicho en voz alta— y midió el riesgo como medía a un rival en la pista. Encontró diez maneras de que saliera mal y una sola de que saliera bien. La una le bastó.

—¿Qué necesito saber de ti?

Les dieron excusas a sus padres y pasaron la tarde con la puerta del camerino cerrada, intercambiando una vida en pocas horas. Simón aprendió que no había tía: había una abuela, Estela, y una mujer en la casa que se llamaba Isabela. Mateo aprendió que su madre se llamaba Elena, que existía una tía Carla, que en su casa se cenaba tarde y casi no se hablaba de antes. Cambiaron los teléfonos, las maletas, los relojes. Por último, la ropa.

Cuando terminaron y se pararon juntos frente al espejo del baño, ni ellos mismos supieron, por un segundo, quién era quién.

A las ocho, un niño con la maleta de Simón y la cara de Simón entró a la habitación de Valentina.

Ella estaba cerrando el bolso. Levantó la vista.

—¿Comiste algo?

—Sí. —Le salió más bajo de lo que quería, porque era la primera vez en su vida que alguien le preguntaba eso sin que detrás hubiera una trampa.

—¿Estás bien? Te noto raro.

Mateo se obligó a sostenerle la mirada. Era el momento. Si iba a fallar, fallaba aquí.

—Cansado. Gané un torneo.

Valentina sonrió, le revolvió el pelo al pasar y agarró las maletas. Y eso —la mano en el pelo, sin razón, sin que él hubiera hecho nada para merecerla— le cerró a Mateo la garganta de una forma que no esperaba y que por poco le arruina el plan en el primer minuto. No dijo nada. Tragó. La siguió hasta la puerta.

Su madre. Por unas semanas, esta mujer era su madre.

En el otro extremo del piso, Rodrigo cargó él mismo la maleta de su hijo —cosa rara en él— y Simón caminó a su lado hacia el ascensor, archivando todo: cómo se movía ese hombre, cómo miraba, la forma exacta en que apretaba la mandíbula. Iba directo a la casa donde, si su teoría era cierta, vivía la mitad de la verdad que su madre no recordaba.

Las dos familias bajaron en ascensores distintos, con un minuto de diferencia, y salieron a la misma noche por puertas distintas. Ninguno de los cuatro supo que cada padre se estaba llevando al hijo del otro.

En el asiento de atrás del carro, junto a una mujer que olía a algo que no sabía nombrar y que manejaba contándole cosas sin esperar nada a cambio, Mateo pensó en Simón.

Pensó que a esa hora su hermano iba camino a la mansión. A la abuela. A Isabela.

Pensó en los castigos. En los pulgares apretándole el cuello. En las frases dichas bajito para que su papá no oyera. En todo lo que él había aguantado años y que ahora le iba a tocar a otro, sin aviso, sin saber lo que se le venía encima.

Sacó el teléfono. Abrió el chat. Empezó a escribir la advertencia.

No la mandó.

Porque una parte de él —una parte fea, que iba a tener que mirarse de frente más adelante— no quería arruinar esto. No quería devolverlo. Por unas semanas tenía una madre que le preguntaba si había comido y le revolvía el pelo, y estaba lejos, por fin lejos, de esa mujer y de esa casa.

Unas semanas. Se la había ganado.

Borró el mensaje y guardó el teléfono.

Borró el mensaje.

Guardó el teléfono.

Por unas semanas tendría una madre. Una de verdad. Y por primera vez en su vida no pensaba renunciar a eso por nadie.

Ni siquiera por Simón.

Después de todo, solo serían unos días.

¿Verdad?

1
Carleone Gutierrez
Hay está pedazo de idiota como fuiste de boca floja con la 🐍ve Isabel sabiendo todo lo que le había hecho a los gemelos, y sabiendo también que enseguida hiba a ir a buscar a la bruja de tú mamá, y a tienes a la ardida de la 🐍 confabulada con la bruja no solo para hacer le daño a Valentina si no también a las gente y hasta ti 😤😠😡
Titisx
somo dos
Maigualida Ramirez
escritora busca la forma de que Carla quede con Damian
Limaesfra🍾🥂🌟
sera que la Lucia es tsn buenita xoko dicen xq tiwne como.un faro para interrumpir cualquier aclaracion.entre Damian y Carla
Maigualida Ramirez
que lastima lo cierto en todo esto es que ellos dos se aman y no es justo que no queden juntos porque se ve que es un amor bonito
Maigualida Ramirez
esa malvada Isabella me cae más mal
Maigualida Ramirez
por lo menos la pido rescatar ojala llegue con bien a casa
Maigualida Ramirez
bueno es la trama de la novela que coños
Maigualida Ramirez
si Rodrigo sabe que es una malvada vieja mal nacida porqué no le puso escolta con tanto dinero que tiene
mariela
Pobre Carla dejo a su amor se sacrificó para que no le pasará nada y el estuvo 10 años odiandola y con una verdad se dió cuenta de cuánto la ama pero Lucia una mujer dulce e inocente de todo se casará con él como dijo ella la verdad llegó demasiado tarde.
mariela
Pregunto si ella se enteró porque no confronto a Carla 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Si tiene a los niños no le ha preguntado como se conocieron y que hicieron 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Porque Rodrigo si es tan poderoso no se ha enfrentado a Estela su madre🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
mariela
Llegó Isabela con su maldad y todavía Rodrigo confiado que la protegía y dentro hay traidores que le hicieron llegar el sobre con la verdad y ahora que le dirás como enfrentarás esa verdad y Carla no se salvará por habérselo ocultado todo.
mariela
Damián reconoció entre líneas donde tenían a Valentina ahora vendrán los enfrentamientos entre madre e hijo porque Rodrigo no se quedará de brazos cruzados otra vez.
mariela
Estela un viejo plan te dió resultado por ahora porque lo que menos te imaginas es que te enfrentarás a tu hijo y está vez tienes las de perder todo e igual Isabela te queda grande decir mi Rodrigo.
Nancy romero
autora q pena por lucia pero carla merece ser feliz
Betty Saavedra Alvarado
Estela estás dando los últimos manotazos de ahogado Rodrigo no dejará que le hagas daño a vale o Elena
Betty Saavedra Alvarado
Rodri la encontrará todos trabajan para encontrarla
Betty Saavedra Alvarado
En las historias pasa de todo sin darnos cuenta Rodri si que te llegó la noche
Betty Saavedra Alvarado
Damián no te cases no amas a Lucia no conviertas tu vida en un infierno
Betty Saavedra Alvarado
Rodrigo te va a dar una neumonía
Maigualida Ramirez: te vas a enfermar hombre
total 1 replies
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