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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LAS REGLAS

El despacho estaba en penumbras, solo iluminado por la luz grisácea que se colaba por las persianas. Dante estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la puerta, con las manos en los bolsillos, mirando sin ver la ciudad. Lía entró despacio, cerró la puerta tras de sí y se quedó quieta, esperando. Sabía que cuando él la mandaba llamar así, sin aviso, sin explicación, no era para charlar.

Él se giró lentamente. No había ira en su rostro, pero tampoco había calidez. Había autoridad pura, sin filtros. Caminó hacia ella hasta quedar a un paso, y la miró de arriba abajo con esa mirada fría y evaluadora que hacía que cualquiera bajara la vista.

— Escúchame bien, Lía —empezó, con voz baja, cortante, sin rodeos—. Y no me hagas repetirlo, porque no me gusta perder el tiempo.

Ella asintió, con el corazón latiéndole fuerte.

— Soy un hombre que manda. Que da órdenes y se cumplen. Tú estás aquí porque yo lo quise. Porque te elegí. Y eso te da un lugar. Un techo. Seguridad. Todo lo que antes no tenías. Pero no te da derechos para ponerte a cuestionarme, para tardar cuando te llamo, para olvidar quién manda aquí.

Dante dio un paso más, invadiendo su espacio, y ella sintió el peso de su presencia como una pared sólida.

— Eres mi amante. Mi mujer. Lo que sea que quieras llamarlo. Pero cuando te llamo, vienes. Cuando te digo algo, no discutes. No preguntas por qué. No buscas explicaciones. Simplemente lo haces. ¿Entendido? No soy tu esposo de cuentos. No soy el hombre que te pide permiso para todo. Soy el hombre que te sacó de la miseria. Y mientras estés conmigo, vives bajo mis reglas.

— No te estaba cuestionando… —alcanzó a decir ella, suavemente.

Él levantó una mano, tajante, y ella calló de inmediato.

— No me interesa tu versión. Me interesa que entiendas tu lugar. Tú estás aquí porque yo lo permito. Y puedo poner fin a esto cuando quiera. Así que no me pruebes la paciencia, porque se me acaba rápido y nadie quiere verme cuando eso pasa.

Se inclinó un poco hacia ella, mirándola a los ojos con intensidad.

— Cuando te diga que vengas, vienes. En cuanto te llame, dejas lo que estés haciendo y te presentas. Sin demoras. Sin excusas. ¿Claro? No quiero volver a repetirlo.

— Claro, Dante —respondió ella, firme, sin bajar la cabeza—. Lo entendí. No volverá a pasar.

Él la observó un instante, evaluando si le creía, si acataba sin rebelarse. Lentamente, su expresión se suavizó apenas, lo suficiente para que supiera que no estaba enojado… solo estaba marcando el terreno. Como siempre hacía.

— Bien —dijo, secamente—. Así me gusta. Que queden claras las cosas desde el principio. No te pido que me ames. No te pido que me adores. Te pido lealtad. Obediencia. Y que estés ahí cuando te necesite. Nada más. Eso no es mucho pedir por todo lo que te doy.

— No lo es —convino ella—. Estaré ahí. Siempre.

Dante asintió, satisfecho. Le pasó una mano por la mejilla, un gesto brusco pero no cruel, casi posesivo, marcando territorio.

— Entonces no me des motivos para arrepentirme de haberte elegido. Y todo seguirá bien. Tienes una buena vida aquí. Nadie te molesta. Tienes tu escuela. Tu dinero. Todo lo que una chica como tú jamás podría soñar. No lo arruines por estupideces.

— No lo haré —dijo ella, segura.

Él soltó su rostro y se giró hacia el escritorio, dando por terminada la conversación.

— Bien. Ahora vete. Sigue con lo tuyo. Y recuerda: la próxima vez que te llame, vienes sin hacer preguntas. No me gusta esperar.

Lía salió de la habitación en silencio, cerrando la puerta tras de sí. No era una declaración de amor. Era un recordatorio. Un aviso claro. Él era el jefe. Ella era suya. Y las reglas no se negocian. Así funcionaba su mundo. Y ella… ella había aceptado entrar.

Dante se quedó solo, mirando la puerta cerrada. No sintió culpa. No sintió crueldad. Simplemente… así eran las cosas. En su mundo, las reglas se ponían desde el primer día. Quien no las aceptaba, se iba. Quien se quedaba… cumplía. Y él necesitaba saber que ella cumpliría. Siempre.

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