Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 5: Una pregunta existencial.
Un sábado por la mañana abro los ojos deseando que la alarma nunca suene.
Que el mundo se detenga.
Que me deje respirar sin presión.
Antes de que suene, la apago.
Me preparo más temprano de lo normal.
Luego voy a la cocina a prepararme el desayuno.
El frío me golpea la nariz mientras camino hacia la veterinaria donde solo me queda medio día más de trabajo. Al llegar, la dueña ya ha abierto. Empiezo con mi labor.
Las horas pasan rápido. Mis audífonos reproducen canciones que calzan con el momento. Suena “Make It Right” de algún artista. Y me doy cuenta de algo: la semana se fue como un pestañeo. Recuerdo que apenas ayer era lunes, luego martes, y de pronto ya es sábado.
Los días vuelan como nubes en el cielo.
La vida sigue su curso.
Pero mi vida, mi futuro, sigue estancado en esta ciudad.
En este presente que todos los días es la misma rutina.
Trabajar seis días. Descansar un domingo.
A veces acompaño a mi hermano a la tienda.
A veces me quedo en mi habitación leyendo.
O simplemente miro el cielo por horas, buscando que algo cambie.
Tal vez espero demasiado.
Tal vez el cambio tengo que hacerlo yo.
Salir a buscar mi futuro es lo que me falta hacer.
Mi madre dice que todo a su tiempo. Pero los meses pasan volando.
El año casi termina y yo aún no encuentro qué hacer. Y eso desespera, frustra, enoja.
Ojalá tuviera algo en la cabeza. Al menos un pensamiento.
Un indicio de lo que haré con mi vida.
Mi mente vaga por todos lados buscando respuestas que sé que no existen. Aun así intento creer que las tengo.
Entonces la música cambia. Entra “I’ll Be There” y me saca de golpe de mi momento opresivo. Olvido todas las preocupaciones.
Me sumerjo en la canción.
Disfruto ese instante de paz y alegría que me ofrece.
Dejo los problemas para otro momento y me convenzo a mí misma de que todo estará bien.
Aunque hay una pregunta que me ronda desde hace tiempo:
¿Dos años serán suficientes para vivir mi vida al máximo?
No hay respuesta. Porque no lo sé.
Al mediodía, después de ordenar la recepción para el lunes, recojo mis cosas y me despido.
Este día no fue muy productivo, que digamos. Las cosas siguen viéndose igual. El cielo se nubla ante una posible lluvia. El viento frío sacude las ramas secas de los árboles.
Mientras me dirijo a casa, me desvío del camino. Me encamino hacia el bosque que rodea la ciudad.
Tardo poco en llegar a esa zona que se ha vuelto de un verde oscuro por el frío del invierno. Busco un buen lugar para observar la ciudad desde arriba.
Suelto un suspiro largo.
De cansancio y de alivio al mismo tiempo.
Estar lejos de la presión, respirar aire frío y limpio, es como una curita para mi mente estancada. Mis ojos vagan por toda la ciudad. Desde aquí se ve pequeña.
El viento sopla fuerte y me despeina.
Las ramas crujen al agitarse.
Parece que pronto se desatará una tormenta.
Y entonces mis oídos captan algo. Un sonido. Movimiento entre los árboles del fondo. Pasos acercándose a donde estoy.
Lo único lógico que pensé fue: “Enemigos”.
Dejo la mochila bajo el árbol donde estaba sentada. Me esfuerzo por trepar a una rama más alta para tener mejor vista a la redonda.
Los pasos llegan al lugar. Se detienen frente a mi mochila.
¿Un chico?
Cuando está a punto de tomarla, mi voz lo interrumpe.
—Yo que tú no haría algo así.
Su cuerpo tiembla. Sin levantar la vista, sale corriendo. En la huida deja caer sus lentes.
—Oye, ¿a dónde vas?
Mi cuerpo se eleva en el aire. Mientras el chico busca desesperado sus lentes entre las hojas, yo aparezco frente a él.
—Y-yo… m-mis…
Sus manos palpan entre las hojas secas. Al parecer de verdad no puede ver.
Es el mismo chico del día anterior. Solo que esta vez trae ropa diferente. Y el rostro hecho un tomate rojo.
—No deberías espiar a la gente —le informo mientras le levanto la barbilla para colocarle los anteojos—. No es algo bueno.
Sus ojos parpadean al acostumbrarse al aumento. Me mira unos segundos. Luego baja la cabeza rápido, justo cuando suelto su barbilla.
—¿No piensas responder? ¿O estás pensando en cómo salir huyendo otra vez? —Doy algunos pasos a su alrededor, buscando algún indicio de que no sea un problema.
—Yo…—titubea. Parece nervioso. Con torpeza se pone de pie y me da la espalda.
—Habla —me cruzo de brazos—. No tengo todo el tiempo para esperarte.
Él baja la cabeza, avergonzado por haber sido atrapado.
Los segundos pasan. No hay respuesta. Apenas respira.
Me doy la vuelta. Recojo mi mochila del suelo. Camino de regreso al sendero que baja a la ciudad. Él se queda ahí, sin moverse.
Ha sido un encuentro raro. Aquel chico me estaba espiando y ni siquiera dijo por qué.
Ni un “hola”. Solo puedo asegurar que las personas son extrañas. Demasiado.
Aun así no me parece un peligro. Solo un humano común.
Olvido el asunto y regreso a casa. Paso el resto del día ayudando a mi madre o escuchando música.
Pero la pregunta de hace rato sigue ahí, flotando.
¿Dos años serán suficientes para ser feliz?