Hace veinte años, ella le salvó la vida. Hoy, él por fin la encontró... pero ella no recuerda quién es. Mientras el pasado vuelve para destruirlos, Adrián deberá luchar contra quienes hicieron todo para separarlos. Porque esta vez, pase lo que pase... no piensa perderla otra vez.
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Capítulo 5: Los recuerdos que duelen
—¿Esos ojos...?
Emma respiraba con dificultad.
No podía apartar la mirada de Adrián.
Las imágenes aparecían y desaparecían en su mente como destellos.
Un galpón.
La lluvia.
Un niño de cabello oscuro.
Y aquellos mismos ojos grises llenos de miedo.
Adrián sintió que el tiempo se detenía.
Durante veinte años había esperado escuchar esas palabras.
Se arrodilló frente a ella.
—Emma... mírame.
Ella levantó lentamente la vista.
—¿Quién sos?
La pregunta atravesó el corazón de Adrián.
Quería responderle.
Quería contarle todo.
Pero si la obligaba a recordar demasiado rápido, podía hacerle más daño.
—Soy Adrián.
Solo Adrián.
Emma cerró los ojos.
—No... eso no es todo.
Yo... yo siento que te conozco.
¿Por qué?
Antes de que él pudiera responder, Viktor entró apresuradamente en la oficina.
—Señor...
Se detuvo al ver a Emma llorando.
—¿Interrumpo?
Adrián se puso de pie.
—¿Qué pasó?
Viktor le entregó una tablet.
—Nuestros hombres revisaron las cámaras de seguridad de la avenida.
Encontramos algo.
Adrián observó la pantalla.
Las imágenes mostraban el momento en que el automóvil negro comenzó a seguir a Emma.
Pero había otro vehículo, estacionado varios metros antes.
Un sedán gris.
Su conductor llevaba observándola desde hacía casi una hora.
—Acercá la imagen.
Viktor amplió el rostro del hombre.
Adrián frunció el ceño.
No lo conocía.
Pero el sujeto sí parecía conocer muy bien a Emma.
En varias imágenes se lo veía tomando fotografías de ella.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sabemos.
Pero no trabajaba con los hombres que los atacaron.
Adrián apretó la mandíbula.
Eso significaba una sola cosa.
Había más de un grupo siguiendo a Emma.
Mientras tanto...
Damián caminaba de un lado a otro dentro de su oficina.
No respondía llamadas.
No aceptaba visitas.
Solo esperaba un informe.
Finalmente, uno de sus hombres entró.
—Señor...
—Habla.
—Emma está con Volkov.
Damián cerró los ojos unos segundos.
—¿Ella está bien?
—Sí.
No resultó herida.
El hombre dudó antes de continuar.
—Pero...
—¿Qué?
—Parece que comenzó a recordar.
Damián golpeó el escritorio con tanta fuerza que una copa cayó al suelo y se hizo añicos.
—¡No!
Respiró profundamente intentando recuperar la calma.
—No puede recordar todavía.
Todavía no.
El anciano apareció desde la puerta.
—Te advertí que esto ocurriría.
Damián bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Entonces ya sabés lo que hay que hacer.
—¿Habla del Protocolo Alfa?
El anciano asintió lentamente.
—Es momento de ponerlo en marcha.
En la oficina de Adrián...
Emma ya estaba más tranquila.
Sostenía una taza de té caliente entre las manos.
Miraba por la ventana las luces de la ciudad.
—Siempre tuve esos sueños.
Adrián la observó en silencio.
—¿Qué sueños?
—Un galpón.
La lluvia.
Un niño llorando.
Nunca podía verle la cara.
Hasta hoy.
Él sintió un nudo en la garganta.
—¿Y ahora pudiste verla?
Emma giró hacia él.
—Sí.
Eras vos.
El silencio llenó la habitación.
Adrián respiró hondo.
—Emma...
Hace veinte años...
Vos me salvaste la vida.
Ella dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Qué...?
—Yo tenía diez años.
Estaba secuestrado.
Vos encontraste la forma de liberarme.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas.
—No...
Eso no puede ser cierto.
Mis padres...
Ellos nunca...
Adrián caminó hasta la pequeña caja de madera que guardaba bajo llave.
La abrió con cuidado.
Sacó la estrella de metal.
Luego tomó una vieja pulsera de hilo azul.
—¿Recordás esto?
Emma observó la pulsera.
Su respiración volvió a acelerarse.
Sin darse cuenta, levantó su mano derecha y acarició la tela azul.
Un nuevo recuerdo apareció.
Una niña haciendo un nudo con mucho esfuerzo.
—Así no te vas a olvidar de mí...
Emma llevó ambas manos a su boca.
—Yo...
Yo hice esa pulsera...
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Todo su cuerpo temblaba.
Adrián quiso acercarse, pero se detuvo.
No quería presionarla.
Ella levantó lentamente la vista.
—¿Qué pasó después?
Adrián bajó la cabeza.
—Nunca lo supe.
Cuando escapé... te dejé atrás.
Te busqué durante veinte años.
Pero desapareciste.
Emma sintió un dolor profundo en el pecho.
No era tristeza.
Era culpa.
Como si una parte de su corazón hubiera esperado ese encuentro durante toda la vida.
Sin pensar, dio un paso hacia Adrián.
Él hizo lo mismo.
Quedaron frente a frente.
Apenas unos centímetros los separaban.
—Perdón...
Susurró ella.
—¿Por qué me pedís perdón?
—Porque... siento que te hice esperar demasiado.
Adrián sonrió por primera vez en muchos años.
—Lo importante es que te encontré.
En ese mismo instante...
El teléfono de Viktor comenzó a sonar.
Contestó de inmediato.
Su expresión cambió por completo.
—¿Están seguros?
Escuchó unos segundos más.
—Entendido.
Cortó la llamada.
Miró a Adrián.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—Fuimos a la casa de los padres de Emma.
La casa estaba vacía.
Adrián sintió un mal presentimiento.
—¿Vacía?
—Sí.
Los vecinos dicen que se fueron hace apenas una hora.
Sin despedirse de nadie.
Y dejaron esto sobre la mesa del comedor.
Viktor mostró una fotografía enviada por uno de sus hombres.
Era un sobre blanco.
Con una sola frase escrita a mano.
"Si Emma descubre quién es realmente... todos morirán."
Emma sintió que las piernas le fallaban.
Aquella amenaza no estaba dirigida solo a ella.
Alguien acababa de declarar la guerra.
Y el pasado, que había permanecido enterrado durante veinte años...
Por fin había despertado.
Continuará...