En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 005
—Tienes mucho tiempo libre —mencioné.
No me disgustaba la cantidad de tiempo que el jerbo dedicaba a enseñarme una que otra lección, pero sabía que no lo hacía por puro gusto; en sus horas libres solía salir a divertirse y regresar tras un buen rato. Yo no era alguien con quien compartir un momento de ocio. Si el jerbo estaba aquí conmigo, era porque no tenía a ningún otro amigo. Lo cual me extrañaba, ya que los herbívoros de este salón solían ser muy sociables entre sí. La anomalía era esa: el jerbo decidía perder el tiempo conmigo en lugar de seguir al grupo de herbívoros que salían como un rebaño a almorzar.
En realidad, no esperaba ninguna explicación de su parte. Solo lo dije porque me molestaba su expresión ansiosa; era como si yo tuviera la obligación de intervenir en sus asuntos.
Él desvió la mirada. Ni siquiera era capaz de sostenerme la vista y se quedaba allí, retorciéndose las manos y presionando el lápiz con tanta fuerza que parecía a punto de romperlo.
—Yo... es decir, la persona que me gusta ya tiene pareja —confesó al fin.
Parpadeé lentamente. ¿Qué tan buena tenía que ser esa persona para causar semejante estrago? El impacto debía ser devastador como para ocasionar un cambio tan drástico en su comportamiento. La última vez que yo tuve una discrepancia en mi conducta se debió al hambre extremo, nada más.
—No quiero verle la cara porque no me hace feliz que tenga novia. Se dará cuenta de que lo estoy evitando, pero no puedo soportar verlo sonreír de esa manera.
Desde mi asiento, vi cómo su pequeña cara era cubierta por unas manos todavía más diminutas. Su piel clara se tiñó de rojo, supongo que por la vergüenza o algo parecido.
—Qué mal —murmuré con total apatía, sin comprender por qué demonios estaba oyendo aquello.
De su bolsillo sacó una cajita y la dejó sobre el pupitre, dedicándole una mirada llena de ojos decepcionados.
—Planeaba invitarlo por su cumpleaños y darle un obsequio, pero no creo que pueda hacerlo. Los amigos de su salón organizarán una fiesta, pero no quiero ir...
Viendo su falta de disposición, abrí la cajita. En el interior descansaba un brazalete de cuerina con detalles metálicos, grabado de forma meticulosa. No soy alguien aficionado a los accesorios ni a nada semejante, pero me gustó lo rústico del regalo.
—¿Me lo quedo? —le propuse—. Después de lo que has dicho, lo mejor es que te apartes. A nadie le gustan los estorbos.
Quizás mis palabras fueron demasiado directas para él, pues comenzó a llorar a mares, hipando y limpiándose las lágrimas. Luego de un buen rato, respiró profundo y, con una resolución renovada, asintió con la cabeza.
—Tienes razón. El único que sale herido con este amor unilateral soy yo —Se me acercó un poco—. ¿Vienes conmigo al cine? Ya tengo los tickets, pero no quiero ir solo... ¡Yo cubro todos los gastos!
Un simple empujón habría bastado para demostrar mi negativa ante su oferta, pero no lo hice. Aprovecharía al jerbo como una especie de guía turístico; lo más lejos que había salido en esta ciudad era hasta la escuela. Además, tenía antojo de carne fresca, así que haría que me llevara a una carnicería.
—Claro.
—¡De acuerdo! —Buscó de inmediato su celular—. Dame tu número y te escribiré los detalles.
Enarqué una ceja. ¿Un celular? Solo poseía uno muy viejo en casa, donde recibía únicamente las llamadas de mi hermano.
—No tengo uno.
—¿Eh?
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Llegado el fin de semana, seguí las instrucciones del jerbo. Se supone que todo el mundo se viste bien para salir, pero yo no tengo ningún gusto por la ropa, así que usé lo que ya tenía: pantalones grises y un suéter negro. Metí el dinero en un bolso junto a varias bolsas térmicas.
Salí de la casa y llegué al punto de encuentro, un parque cercano a la zona escolar. Me senté en una banca y contemplé mi muñeca, que ahora portaba el brazalete. Era algo nuevo para mí. Al principio creí que sería estúpido usarlo, pero, increíblemente, me parecía que lucía bien; tal vez con mi propio dinero comenzara a comprar cosas como esa.
Por el rabillo del ojo, vi llegar al jerbo.
—¡Hola! ¿Esperaste mucho? —Miró su celular—. La función empezará dentro de una hora, vamos.
El cine era tal como lo imaginaba, o al menos el vestíbulo. Veía las cabezas de todos moverse muy por debajo de mi nariz; de verdad que la estatura promedio de este lugar era minúscula. Contemplé los pósters de las películas en cartelera. Uno en particular llamó mi atención: un diseño que imitaba de forma vergonzosa el color de la sangre. ¿La gente pagaba para ver ese tipo de cosas?
—¿Te llama la atención? Veremos justo esa —me dijo el jerbo, apareciendo con un combo de comida en las manos.
No me adelanté a sacar conclusiones y aguardé en silencio hasta que la cinta comenzó a rodar en la oscuridad de la sala.
Una vez allí, quedé atrapado. No sabía cómo debía ser una película real, pero esta tomaba referencias de asesinatos para hacer pomposa y exagerada la muerte de cada personaje. No pude evitar analizar aquellas muertes escandalosas que, con total seguridad, serían imposibles en la vida real; al menos yo no recordaba que un puñal en el pecho hiciera brotar un chorro de sangre a tanta presión.
Luego estaba el asesino, que a mi parecer carecía por completo de cautela. Sus cálculos de salto eran errados, su fuerza era mediocre e incluso su mala planificación permitió que se le escaparan dos personajes. Por la reacción del público a nuestro alrededor, nadie juzgaba la cinta con mi mismo criterio; parecía que ninguno de los presentes había sido un cazador real en su vida. Aquí, todos se ponían automáticamente en los zapatos de la presa.
El acto culminó y me dejó una persistente sensación de insatisfacción. Al salir de la sala, el jerbo dejó fluir su opinión sin frenos.
—Los efectos especiales son un poco exagerados, ¿pero no crees que lo compensó la historia y la banda sonora? Quería verla porque el director se inspiró en un thriller de los ochenta que es uno de mis favoritos.
Presté especial atención al jerbo. Era irónico: un roedor asustadizo al que le gustaba consumir sangre falsa y gritos calculados en una pantalla. Me encogí de hombros. Dudaba que reaccionara con la misma templanza ante una muerte real, pero suponía que era aceptable que soportara una actuación.
—¿Qué te pareció a ti? —me miró fijamente.
—La sangre pudo ser menos espesa y el asesino más astuto —comenté—. Traeme cuando salga otra similar.
Como si mis palabras le hubieran dado luz verde a una avenida embotellada, el jerbo se puso a hablar por los codos. Nos sentamos en una tienda del centro comercial para continuar la conversación.
—Por cierto, ¿no vas a pedir nada? ¿Recuerdas que dije que yo pagaría? —preguntó, dándole una cucharada a un helado repleto de frutos secos.
—Tengo una dieta estricta —me limité a responder—. Acompáñame a una carnicería en cuanto termines; esa será la comida que pagues por mí.
—Lo olvidé por un segundo... Eres un carnívoro —Su forma de hablar abandonó por fin los titubeos—. Eres alguien tranquilo, Sobek. Por eso nadie en el salón se siente a la defensiva contigo.
Me encogí de hombros. No tenía por qué entrar en disputas con personas mansas; mientras ellos no vinieran a desafiar mi territorio, yo no iría a irritarlos.
—Si tú lo dices.
Cuando se limpió las manos, nos pusimos en marcha para comprar mi comida.