un romance entre un mafioso y un femboy
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SIN SOMBRAS
Los días siguientes fueron tranquilos. De una forma que ninguno de los dos se atrevía a mencionar en voz alta, pero que ambos sentían en cada respiración. Por primera vez en mucho tiempo, el teléfono de Dante no vibró con mensajes anónimos a medianoche. No aparecían automóviles oscuros estacionados a la vuelta de la esquina. Nadie cruzaba la calle detrás de ellos con pasos demasiado lentos para ser casuales. La Rosa Negra había desaparecido, como si la oscuridad misma hubiera decidido retirarse y dejarlos en paz.
Adrián comenzó a recuperar su rutina, poco a poco. Volvió a levantarse temprano, a preparar café con la luz del sol entrando por la cocina, a caminar sin mirar constantemente por encima del hombro. Incluso volvió a la cafetería un par de veces, solo para saludar, y se sorprendió al darse cuenta de que ya no sentía que alguien lo estuviera observando desde cada rincón. Dante también recuperó algo parecido a una rutina. Ya no pasaba las noches en vela revisando documentos o limpiando armas que esperaba no tener que usar jamás. Ahora se sentaba junto a la ventana, y simplemente… miraba.
Pero ambos sabían que, aunque el mundo exterior se hubiera calmado, algo dentro de ellos había cambiado para siempre. Ya no eran las mismas personas que se habían cruzado por casualidad frente a una máquina de café. Habían visto demasiado, habían temido demasiado, y se habían aferrado el uno al otro con una intensidad que los había transformado.
Una tarde de sol suave, Adrián salió al jardín y encontró a Dante de rodillas junto al pequeño rincón más alejado, cuidando con paciencia unas rosas de pétalos profundos, casi de un color morado oscuro que parecía negro bajo cierta luz. Se veía diferente así: sin traje, sin reloj costoso, con las mangas arremangadas y tierra en las yemas de los dedos. Adrián se detuvo un momento a observarlo, sin hacer ruido, sintiendo una calma que todavía le parecía un milagro.
—¿Sigues cultivándolas? —preguntó finalmente, acercándose despacio.
Dante levantó la vista y sus ojos se iluminaron de una forma que solo Adrián lograba.
—Siempre. No he dejado de hacerlo desde que era joven.
—¿Por qué negras? —insistió Adrián, sentándose en el borde de la pequeña maceta, mirando la flor con curiosidad.
Dante acarició suavemente un pétalo, con el mismo cuidado con el que solía tomarle la mano a él.
—Porque pensé que eran hermosas incluso cuando parecían oscuras. Que no necesitaban ser brillantes para ser valiosas. Durante mucho tiempo creí que la oscuridad era mi único lugar, y verlas florecer… me hacía sentir que yo también podía crecer ahí.
Adrián inclinó la cabeza.
—Eso suena un poco triste.
—Quizá lo era, entonces —reconoció Dante en voz baja—. Pero hoy ya no lo es.
Se quedó en silencio un instante, ordenando sus pensamientos como si estuviera a punto de decir algo importante que llevaba mucho tiempo ensayando en su cabeza.
—Antes pensaba que todo tenía que pertenecerme para poder conservarlo. Que si lo sujetaba con suficiente fuerza, nada se rompería, nadie se iría. Creía que el amor era poseer, que cuidar era vigilar, y que mantener a alguien a salvo significaba encerrarlo donde nadie pudiera tocarlo.
Adrián lo miró a los ojos.
—¿Y ahora?
Dante suspiró, y esa exhalación pareció llevarse consigo años de peso sobre sus hombros.
—Ahora sé que algunas cosas son hermosas precisamente porque puedes dejarlas libres. Que si alguien se queda porque quiere, no porque lo obligas, entonces no hay miedo. Que el verdadero cuidado no es poner cadenas, sino dar alas y confiar en que siempre volverán a tu lado.
—Has cambiado mucho, Dante —dijo Adrián con una sonrisa tierna—. Ya no eres el hombre que conocí en aquella cafetería.
—Tú me cambiaste —respondió él con sinceridad absoluta.
Adrián negó suavemente con la cabeza.
—No, yo solo te mostré que podías elegir otra vida. Tú decidiste cambiar. Tú decidiste soltar el control. Tú decidiste confiar. Eso es algo que solo tú podías hacer.
Dante asintió, y por primera vez en mucho tiempo, lo hizo sin dudas, sin reservas, sin miedo a ser vulnerable. Extendió la mano y tomó la de Adrián, entrelazando sus dedos con firmeza y ternura al mismo tiempo.
Aquella noche prepararon la cena juntos, como hacían cada vez con más frecuencia. Dante picaba las verduras con cuidado, y Adrián removía la olla mientras le contaba anécdotas divertidas de la cafetería. Hubo risas que llenaron cada rincón de la casa, bromas sobre cómo Dante todavía quemaba el pan de vez en cuando, y miradas que se cruzaban sin necesidad de decir una sola palabra. No hubo amenazas llamando a la puerta. No hubo secretos guardados en silencio. No hubo miedo de que mañana fuera a llegar algo oscuro para separarlos. Solo el sonido de la lluvia suave contra las ventanas, el olor a comida casera, y dos personas que finalmente habían encontrado su lugar en el mundo.
Y para ellos, esa noche sencilla, ordinaria y tranquila, era algo extraordinario.