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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

No nací para casarme

El viernes en la noche, el teléfono de Camila vibró con una foto.

Max, en su casa, después de entrenar, la playera al hombro, el pelo húmedo, mirando a la cámara con una calma que no tenía nada de inocente. Debajo, dos palabras: "¿Ocupada?".

Camila cerró la foto de golpe, como si quemara. La volvió a abrir. La cerró. Se dijo que no iba a contestar. Estaba escribiéndole "estoy ocupada" cuando tocaron a la puerta, y al abrir se lo encontró de carne y hueso, apoyado en el marco, todavía con el pelo mojado, oliendo a jabón y a problema.

—Dijiste que estabas ocupada —dijo Max, y entró sin que ella lo invitara, obligándola a retroceder—. Vine a ver de qué.

—No te dije que vinieras.

—No me dijiste que no. —La fue arrinconando contra la pared del cuartito, sin tocarla todavía, dejándola sentir el calor del cuerpo antes que las manos—. Dime que no te gusto y me voy. Ahorita. Dilo.

—No me… —empezó Camila, y la voz le salió sin convicción ninguna, y él lo oyó, porque él lo oía todo.

—Mentirosa —murmuró Max, muy cerca de su boca—. Se te acelera aquí. —Le puso dos dedos en el cuello, sobre el pulso, que la delataba a golpes—. No sabes mentir con el cuerpo, conejita.

Lo que siguió duró un fin de semana entero.

Fue distinto a las dos veces de antes. No había alcohol, no había veneno, no había emergencia. Solo ellos dos, con toda la luz de la mañana entrándose por la única ventana, y por primera vez Camila eligió cada cosa con la cabeza clara, sin fiebre que la disculpara después. Max llevaba lo suyo —lo sacó del bolsillo sin aspavientos, práctico— y cuando ella arqueó una ceja, medio avergonzada, medio sorprendida, él se lo dijo simple, mirándola a los ojos:

—Mientras no estés casada conmigo, no te expongo a nada. No quiero riesgos que tú no hayas decidido. —Le apartó un mechón—. Cuando tú quieras lo demás, me avisas.

La seriedad de la respuesta la desarmó antes que sus manos. Camila lo besó primero y lo empujó hacia la cama. Max la dejó avanzar hasta que las rodillas de ella tocaron el colchón; entonces le rodeó la cintura y cambió el ritmo. Le recorrió el cuello con la boca, despacio, sintiendo cómo la respiración de Camila se quebraba contra su oído.

—¿Así? —preguntó.

—Más cerca.

Él obedeció. La ropa fue desapareciendo sin prisa, abandonada sobre una silla, en la alfombra, al pie de la cama. Max se detenía cada vez que el cuerpo de Camila se tensaba y continuaba cada vez que ella volvía a buscarlo. Cada roce le decía lo que él no terminaba de expresar con palabras: que la cuidaba, que la miraba, que para él no era una noche ni un capricho. Ella, que llevaba la vida entera cargando sola, se permitió aferrarse a sus hombros, pronunciar su nombre sin vergüenza y dejar que alguien cargara con ella un rato.

La luz de la mañana los encontró todavía juntos, enredados entre sábanas revueltas. Camila lo despertó con un beso que empezó juguetón y terminó dejándolos otra vez sin aliento. Max sonrió contra su boca.

—¿Eso significa que el fin de semana continúa?

—Significa que todavía no te he perdonado ocho días de ausencia.

No salieron del departamento hasta el domingo por la noche.

El sábado a mediodía, Camila salió del baño y se encontró a Maximiliano Alcázar —heredero, témpano, dueño de medio Santa Fe— parado frente a su estufita de dos hornillas, con su mandil rosa de flores amarrado a la cintura, volteando algo en el sartén.

Se quedó en la puerta, incrédula, tapándose la boca para no reírse.

—Ni una palabra —dijo Max sin voltear.

—No dije nada. —Camila se sentó a la mesa, mordiéndose los labios—. Nomás… nunca pensé ver eso.

Le hizo tres platillos con lo poco que había en la alacena, y le salieron bien, para su fastidio, porque a él todo le salía bien. La sentó, y cuando ella agarró el tenedor, se lo quitó de la mano.

—Yo.

—Puedo sola.

—Ya sé que puedes sola. —La miró, y algo se le ablandó en la cara—. Déjame a mí un rato.

Y le dio de comer en la boca, bocado a bocado, robándole un beso entre uno y otro, con una ternura tan impropia de él, tan torpe de puro nueva, que a Camila se le hizo un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la comida. Se dejó cuidar. Y al mismo tiempo, en un rincón de la cabeza, una voz vieja y asustada le advertía que esto —justo esto, lo bueno— era lo que más caro se pagaba después.

Esa noche, cuando el cuerpo le pasó la factura del fin de semana y se quejó de una molestia, Max no la dejó levantarse.

—Quédate. —La acostó, sacó de una bolsa un tubo de pomada que había traído previsor, y él mismo se la puso, con un cuidado paciente que no le pegaba al tamaño de sus manos—. Aquí. ¿Te duele?

—Un poco.

—Ya. —Le bajó la playera, la tapó, la acomodó contra su pecho y le habló al pelo—. Camila.

—¿Mm?

—Sé mi novia.

Ella se quedó muy quieta.

—No es un juego —siguió él, en la oscuridad—. Estoy… —buscó la palabra, y la que encontró le costó—. Estoy metido hasta el fondo. No se me quita. Pienso en ti todo el día. Mi madre me trae con relojes y con doctoras y yo lo único que quiero es esto. Contigo. Todos los días. Sé mi novia. Formal. De verdad.

El silencio se estiró tanto que Max se enderezó a mirarla. Camila tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, y algo se le había cerrado en la cara, una compuerta vieja que él no había visto bajar antes.

—No puedo —dijo, en voz muy baja.

—¿Por qué?

—Porque no sé hacer esto. —Se le quebró un poco—. Porque no creo en esto. Mis papás se casaron enamorados, o eso dicen, y mi mamá se fue igual. —Tragó saliva. Las palabras le salían con dificultad, cada una arrancada de un lugar que llevaba años cerrado—. Yo tenía cinco años. Ella conoció a otro, uno con dinero, y se casó con él. Y yo estorbaba en esa vida nueva. Así que un día me dejó en la calle, afuera de la casa de mi abuela, con una maleta chiquita, y me dijo que ahorita volvía. —Se rió sin ganas, una risa horrible—. No volvió. Me crió mi abuela. La abuela Remedios. Ella es lo único que tuve. Lo único que tengo.

Max no dijo nada. Le tomó la mano y se la apretó, y esperó.

—Así que ya ves —continuó Camila, y ahora sí las lágrimas le corrían sin que ella hiciera nada por pararlas—. No es que no me gustes. Me gustas. Me gustas tanto que me asusta. Pero yo no… yo no soy de tu mundo, Max. Tú eres de familia buena, con mamá que te sienta a cenar con doctoras. Y yo soy la niña que su propia madre dejó en la banqueta porque no valía la pena cargar con ella. La gente como yo no se queda. No merece que se queden con ella. Y no me voy a casar para acabar dejando a alguien en una banqueta, o para que me dejen a mí otra vez. No nací para eso.

Se limpió la cara con la sábana, y cuando volvió a hablar, lo hizo con una calma peor que el llanto.

—Vamos a dejarlo aquí. Que este fin de semana sea la última vez que nos pasamos de la raya. Fue bonito. De verdad. Pero yo no me merezco esto, y no me atrevo. No puedo ser tu novia, Max. No puedo casarme. No puedo.

Y en la penumbra del cuartito de Iztapalapa, con el conejo de peluche olvidado a los pies de la cama y la mano de él todavía cerrada sobre la suya, la mujer que había ganado un contrato con su inglés y había roto un cenicero para defenderse, se hizo un ovillo y le dio la espalda al único hombre que le había ofrecido quedarse, convencida hasta los huesos de que no tenía derecho a creerle.

1
Mile
Tan lindo Max 🥰🥰🥰🥰
Mile
Tía desgraciada 🤬🤬🤬🤬
Mile
Se juntó el hambre con las ganas de comer 😩😩😩 otra víbora venenosa 🤬🤬🤬
Mile
🤬🤬🤬🤬🤬🤬 Bruja migajera 🤬🤬🤬
Mile
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣 sin miedo al éxito 😜😜😜😜🥰🥰🥰
Mile
Detalles 🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰🥰
Mile
Me cae bien la comadre 😜😜😜
Mile
🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Mile
Chanfle 😳! Después dicen que las mujeres son las chismosas 🤣🤣🤣 Andrés hasta dedujo que Max es un peligro 🤣🤣🤣
Mile
Max así no 😩😩😩 la vas a espantar 😩😩😩
Mile
Otra loca migajera y venenosa 😩😩😩😩
Mile
🤣🤣🤣🤣🤣🤣 celoso nos salió el mijo 🤣🤣🤣🤣
Mile
Aish! Que desgracia esa Brenda 🤬🤬🤬 envidiosa, venenosa 🤬🤬🤬
Mile
Aish 🤬🤬🤬🤬 desgraciada, asqueroso, basura 🤬🤬🤬🤬🤬
Mile
Ok! Lo imaginaba 😋😋😋 Le salió competencia a Max 😜😜
Mile
Siento que Doña Leticia va a ser una piedra en el zapato en esa relación 😩😩😩
Mile
Super atrapada con la historia 🥰🥰🥰🥰
Mile
Brenda desgraciada 🤬🤬🤬🤬🤬 Max al rescate 🥰🥰🥰
Mile
Que situación más horrible 😩😩😩 Camila tu puedes 💪
Mile
Asqueroso 🤢🤢🤢🤢
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