Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Palacio 1
Cuando llegaron al palacio, Alana se quedó completamente sorprendida.
Había visto mansiones enormes.
Había visitado propiedades de duques.
Había conocido casas nobles con jardines interminables, salones de baile y habitaciones suficientes como para perderse durante horas.
Pero aquello...
Aquello era otra cosa.
—Por todos los cielos...
Su padre, que acababa de bajar del carruaje, la miró divertido.
—¿Te gusta?
Alana levantó la cabeza lentamente.
—Esto es... enorme.
Y no estaba exagerando.
El palacio era, como mínimo, seis veces más grande que la mansión más grande que había visto hasta entonces.
Sus torres se elevaban sobre los jardines.
Las ventanas estaban enmarcadas en detalles dorados.
Enormes columnas negras sostenían la entrada principal.
Todo parecía haber sido diseñado con un propósito muy claro:
Recordarle a cualquiera que cruzara aquellas puertas que estaba entrando en la casa de la familia real.
Negro.
Dorado.
Negro y dorado por todas partes.
Incluso las flores seguían aquella combinación.
En los enormes jardines podían verse arreglos de flores amarillas y negras cuidadosamente distribuidos.
Había rosas.
Lirios.
Flores pequeñas que Alana no reconocía.
Y árboles cuidadosamente podados que parecían haber sido colocados allí después de medir hasta el último centímetro del jardín.
Alana abrió mucho los ojos.
—Es hermoso...
Después observó nuevamente el palacio.
—Aunque un poco intimidante.
Su padre sonrió.
—Eso es exactamente lo que quieren.
Alana giró la cabeza.
—¿Quién?
—El rey.
—¿Para intimidarnos?
—No exactamente.
El barón acomodó su chaqueta.
—Pero el palacio debe transmitir poder. Es la residencia de la familia real. Quieren que todos los que entren recuerden dónde están.
Alana volvió a mirar las enormes columnas.
[Definitivamente lo lograron.]
Luego miró hacia sus padres.
Y entonces notó algo.
Su padre estaba intentando mantener una expresión seria.
Su madre también.
Pero ambos miraban el palacio con los ojos ligeramente más abiertos de lo normal.
Alana entrecerró los ojos.
—Ustedes también están emocionados.
Su madre se sobresaltó.
—¿Nosotros?
—Sí.
—No.
—Mamá.
—Estoy completamente tranquila.
Alana señaló discretamente las manos de su madre.
—Estás apretando el abanico con tanta fuerza que pensé que ibas a romperlo.
La baronesa miró su mano.
Efectivamente, estaba sujetando el abanico con demasiada fuerza.
Lo soltó inmediatamente.
—Es... por el frío.
Alana miró el cielo.
—No hace frío.
—Un poco.
—Mamá.
—Está bien
admitió finalmente la baronesa
—Estoy emocionada.
El barón soltó una pequeña risa.
—Yo también.
Alana sonrió.
—Lo sabía.
Era extraño.
Había pensado que sus padres estarían preocupados por cometer algún error.
Pero no.
Estaban emocionados.
Para ellos, estar allí era un acontecimiento enorme.
Durante generaciones, los Norton habían sido una familia noble respetable, pero nunca habían estado realmente cerca del centro del poder del reino.
Y ahora estaban frente al palacio.
Invitados.
No como acompañantes de otra familia.
No como sirvientes.
No como personas que habían conseguido entrar gracias a un favor.
Habían sido invitados.
Y todo eso había ocurrido, en buena medida, porque Alana se había vuelto popular.
La joven sonrió.
[Entonces... realmente hice algo.]
Aquello la hizo sentirse extrañamente orgullosa.
No por su magia.
No por su belleza.
Sino porque su personalidad había conseguido abrir una puerta que su familia jamás había imaginado cruzar.
—Vamos. Quiero verlo todo.
Su padre soltó una carcajada.
—No podrás verlo todo esta noche.
—¿Por qué?
—Porque el palacio es enorme.
Alana miró nuevamente las torres.
—Entonces tendremos que aprovechar.
Su padre la miró.
—Por supuesto.
La baronesa se llevó una mano a la boca para esconder una sonrisa.
—Alana...
—¿Qué?
—Acabamos de llegar.
—Precisamente. Hay que planificar con anticipación.
El barón negó con la cabeza.
—Definitivamente has cambiado.
Alana sonrió.
—¿Para bien?
Sus padres se miraron.
—Para bien
Unos minutos después, atravesaron la entrada principal.
Y Alana volvió a quedarse quieta.
El interior era todavía más impresionante.
El enorme vestíbulo tenía un piso de mármol oscuro.
Las paredes estaban decoradas con enormes retratos de antiguos miembros de la familia real.
Había candelabros dorados.
Columnas negras.
Escaleras amplias que se dividían en dos direcciones.
Y una enorme lámpara de cristal colgando del techo.
Alana levantó la cabeza.
Su cuello comenzó a dolerle.
Pero no podía dejar de mirar.
[¿Cuánto costará limpiar todo esto?]
Era una pregunta completamente inútil.
Y, sin embargo, fue lo primero que pasó por su cabeza.
Después miró uno de los enormes retratos.
Un hombre vestido de negro y dorado la observaba desde el cuadro con una expresión extremadamente seria.
Alana lo estudió durante unos segundos.
[¿Todos los miembros de esta familia nacen sabiendo poner esa cara?]
Miró a su padre.
Su padre estaba haciendo una expresión respetuosa.
Miró a su madre.
Su madre también.
Alana intentó imitarla.
Enderezó la espalda.
Levantó ligeramente el mentón.
Frunció un poco el ceño.
Su madre la miró.
—Alana.
—¿Sí?
—No necesitas parecer enojada.
—Estoy intentando parecer noble.
Su padre soltó una carcajada.
—Solo sonríe.
Alana relajó el rostro.
—Ah.
Y volvió a sonreír como siempre.
Su madre negó con la cabeza, divertida.
—Definitivamente eres diferente.
Los sirvientes del palacio comenzaron a recibir a los invitados.
Había nobles por todas partes.
Familias de distintos rangos.
Duques.
Condes.
Vizcondes.
Barones.
Jóvenes caballeros.
Damas de sociedad.
Alana observó discretamente a su alrededor.
Había muchísimas personas.
Muchísimas.
Y eso la tranquilizó.
[Perfecto.]
Nadie iba a estar mirándola todo el tiempo.
Además, entre tanta gente, era imposible que alguien se fijara demasiado en una familia como los Norton.
Su madre parecía pensar lo mismo.
—No te preocupes demasiado. Hay demasiados invitados.
—Lo sé.
Alana sonrió.
—Eso me gusta.
—¿Por qué?
—Porque puedo observar.
Su madre la miró con curiosidad.
—¿Observar qué?
Alana respondió con absoluta naturalidad..
—Todo.
Y eso hizo.
Observó los vestidos.
Los peinados.
Las joyas.
Las decoraciones.
Los arreglos florales.
Los diferentes grupos de nobles.
Las expresiones de las personas.
Las conversaciones.
Incluso se fijó en cómo estaban distribuidos los guardias.
[Definitivamente no aprendí nada de esto en mi primera vida.]
De pronto, uno de los sirvientes anunció..
—Los invitados pueden pasar al salón principal.
Las conversaciones disminuyeron.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Alana tomó suavemente el brazo de su padre.
—Papá.
—¿Sí?
—Estoy un poquito nerviosa.
Él la miró sorprendido.
—¿Tú?
—Sí.
—No parece.
Alana sonrió.
—Estoy fingiendo.
El barón sonrió.
—Entonces lo estás haciendo muy bien.
Alana respiró profundamente.
Después levantó la cabeza.
El vestido rosado se movió suavemente.
Los largos guantes cubrían sus brazos.
Su cabello dorado brillaba bajo las luces del palacio.
Desde ahora debes de vijilarla más 😏🤣