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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 5

​La habitación en el ala norte de la mansión no se parecía en nada a las celdas de concreto del Cuartel General, y precisamente por eso resultaba infinitamente más perversa. Era un espacio amplio, inundado por la luz pálida de la mañana que se filtraba a través de unos ventanales de arco gótico. El suelo estaba cubierto por alfombras de lana tan densas que ahogaban el sonido de cualquier pisada, y en el centro reinaba una imponente cama con dosel de madera tallada y sábanas de seda color marfil. En una esquina, un tocador de caoba exhibía frascos de perfume de cristal tallado y cepillos con mangos de plata.

​Para cualquiera, aquello habría sido un santuario de absoluto lujo. Para Evelyn, era una burla adornada con oro.

​Se encontraba de pie en medio de la estancia, sintiéndose ridículamente fuera de lugar con su túnica de boticaria desgastada, que ahora lucía manchas de polvo, tiza y la sangre seca de su labio partido. El contraste de su miseria física con la opulencia del entorno le producía una opresión insoportable en el pecho. Las cadenas ya no estaban en sus muñecas, pero la ausencia de metal no la hacía sentirse libre. Al contrario, la falta de grilletes solo acentuaba la naturaleza invisible de su cautiverio.

​Evelyn frotó sus muñecas enrojecidas por la presión de las esposas del día anterior. Caminó con paso rápido hacia la pesada puerta de roble que daba al pasillo. Agarró el pomo de bronce labrado y tiró de él con desesperación. Nada. La cerradura emitió un chasquido sordo y seco, recordándole su realidad. Detrás de esa madera, sabía que dos guardias de la élite de William custodiaban su respiración.

​Se giró de inmediato hacia la única alternativa lógica: el gran ventanal.

​Cruzó la habitación a zancadas, sus botas sucias dejando marcas sutiles sobre la impecable alfombra clara. Forzó el pestillo de bronce de la ventana y empujó las hojas de vidrio hacia fuera. El aire fresco y gélido de Asque le golpeó el rostro de inmediato, aliviando por un segundo la claustrofobia que la asfixiaba. Se inclinó sobre el alféizar de piedra, buscando una repisa, una tubería de desagüe, cualquier relieve en la mampostería que pudiera servirle de apoyo para descender.

​La realidad la golpeó con la fuerza de una caída libre.

​La habitación estaba situada en el tercer piso de la estructura principal, construida sobre un acantilado de piedra que dominaba el río gris de Asque. Directamente abajo, no había un jardín ni un patio transitable, sino una caída vertical de más de veinte metros de roca afilada y pulida por el viento. El viento soplaba con una violencia que hacía jadear a cualquiera, y el sonido del agua golpeando las piedras allá abajo era un recordatorio constante de que un solo error significaría la muerte instantánea. No había árboles cerca, ni salientes, ni enredaderas. La fachada del ala norte era una pared de piedra lisa y hostil, diseñada con la paranoia de un arquitecto militar.

​Evelyn cerró los ojos, apartándose del borde mientras un mareo súbito la obligaba a aferrarse al marco de madera. Su respiración se volvió errática.

​—Una jaula de oro sigue siendo una jaula —susurró para sí misma, sintiendo que una lágrima de pura frustración amenazaba con deslizarse por su mejilla. Se la limpió con brusquedad con el dorso de la mano. No iba a llorar. No en la casa del hombre que había destruido su mundo.

​Cerró la ventana de golpe, bloqueando el viento y el sonido del abismo, y se forzó a calmar los latidos de su corazón.

​A mediodía, el sonido de la cerradura al abrirse interrumpió su silencio. Evelyn se tensó, adoptando de inmediato una postura defensiva en el centro de la habitación.

​No fue William quien entró, sino una joven sirvienta de mirada esquiva y uniforme impecable, que empujaba un carrito de servicio de plata de tres niveles. Sobre él, una vajilla de porcelana fina exhalaba un aroma que hizo que el estómago de Evelyn se contrajera dolorosamente. Había pan recién horneado, mantequilla fresca, un plato de estofado de carne tierna con verduras glaseadas y una taza de té humeante con rodajas de limón. Era comida de verdad, rica en nutrientes, el tipo de banquete que en los barrios bajos de Asque habría alimentado a una familia entera durante una semana.

​La sirvienta dejó el carrito junto a una pequeña mesa de té, evitó cuidadosamente mirar a Evelyn a los ojos y se dispuso a retirarse con una reverencia apresurada.

​—Espera —dijo Evelyn, su voz sonando áspera en el silencio de la estancia.

​La muchacha se detuvo, con los hombros encogidos por el miedo.

​—¿Te obliga a hacer esto? —preguntó Evelyn, suavizando el tono al ver el temor de la joven.

​—El... el Comandante ordenó que se le sirviera lo mejor, señorita —respondió la sirvienta con un hilo de voz, manteniendo la vista fija en el suelo—. Por favor, coma. Si el plato regresa intacto, los guardias de la cocina pagarán por ello.

​La chica no esperó respuesta. Salió de la habitación a toda prisa y la puerta volvió a cerrarse con el frío chasquido de la llave.

​Evelyn se quedó sola frente al festín. El aroma del pan caliente invadía el espacio, flotando como una tentación física que trataba de quebrar su resolución. Llevaba más de veinticuatro horas sin probar bocado, y su cuerpo resentía el desgaste físico de la pelea en la botica y la tensión del interrogatorio. Su mano avanzó casi de manera involuntaria hacia el pan, pero se detuvo a milímetros de la corteza dorada.

​Una imagen acudió a su mente con una nitidez dolorosa: el niño Leo, temblando de fiebre bajo una manta raída en el sótano, esperando que ella regresara con medicinas que apenas podía costear. Recordó las manos esqueléticas de la anciana Martha y los rostros pálidos de los huérfanos del sector sur que sobrevivían a base de caldo de raíces y agua sucia porque los impuestos militares de William confiscaban hasta el último grano de trigo de las granjas colindantes.

​La náusea moral sustituyó de inmediato al hambre física. El estómago se le cerró con un nudo de puro desprecio.

​—No —declaró con firmeza, retirando la mano como si el pan estuviera envenenado—. No seré su cómplice.

​Con un gesto cargado de una indignación silenciosa, Evelyn empujó el carrito de plata hacia el rincón más alejado de la habitación, colocándolo detrás del biombo del vestidor para no tener que oler ni ver la comida. Se sentó en una silla de respaldo recto cerca de la chimenea apagada, cruzó los brazos y fijó la vista en la puerta, preparándose para la inevitable confrontación. Sabía que William se enteraría. Un hombre que controlaba cada esquina de Asque no ignoraría lo que ocurría dentro de su propio hogar.

​Las horas pasaron con una lentitud exasperante. El sol comenzó a descender, tiñendo las paredes de la habitación de un tono anaranjado que recordaba al fuego. Evelyn permaneció inmóvil, ignorando los calambres de su estómago y la debilidad que empezaba a adormecerle las extremidades. Su mente fluctuaba entre la preocupación por Selina y el desconcierto que le producía la actitud de William. ¿Por qué tenerla en una habitación de lujo? ¿Qué pretendía lograr con esa tortura de terciopelo y seda?

​Finalmente, cuando las sombras ya se habían adueñado de las esquinas del cuarto, la cerradura volvió a girar. Esta vez, el peso de los pasos que entraron no dejaba lugar a dudas.

​William cruzó el umbral.

​Vestía su uniforme de diario, pero se había quitado la gorra militar, revelando su cabello oscuro ligeramente desordenado sobre la frente. Sus ojos azules recorrieron la habitación con rapidez, deteniéndose primero en la ventana cerrada, luego en Evelyn y, finalmente, en el biombo detrás del cual se ocultaba el carrito de comida.

​Caminó hacia el biombo, lo apartó con un solo movimiento de su mano y observó los platos intactos. El estofado ya se había enfriado, cubierto por una fina capa de grasa sólida, y el pan lucía rígido.

​William se giró hacia ella. Su rostro no mostraba la furia explosiva de un dictador desafiado, sino una fría y peligrosa decepción. Se acercó lentamente, deteniéndose a un par de metros de su silla.

​—Me informan que no has tocado el almuerzo. Tampoco el desayuno —dijo, su voz resonando con una modulación baja y pausada—. ¿Es que la comida de mi cocina no está a la altura de tu delicado paladar de boticaria?

​Evelyn levantó la barbilla, sosteniendo su mirada con una firmeza que desafiaba su debilidad física.

​—No comeré tu comida, William —respondió, usando su nombre como un escudo de igualdad—. No comeré mientras mi gente en el sector sur muera de hambre y enfermedad por culpa de los impuestos que usas para financiar tus banquetes y tus desfiles militares. Cada bocado de ese estofado sabe a la sangre de Asque.

​William soltó un suspiro corto, un sonido que denotaba una profunda fatiga. Se cruzó de brazos, observándola con una mezcla de frustración y esa extraña fascinación que no podía ocultar.

​—Eres una idealista tonta —dijo él, dando un paso más hacia ella, invadiendo de nuevo ese espacio que a ella tanto le costaba defender—. ¿Crees que tu huelga de hambre va a cambiar algo en esta ciudad? ¿Crees que si te dejas morir de inanición en esta habitación, los niños de los suburbios tendrán pan mañana? El mundo no funciona así, Evelyn. El poder se ejerce, no se discute. Si no comes, la única que perderá la vida eres tú. Y a Asque no le importará.

​—A mí sí me importa —replicó ella, poniéndose en pie con dificultad, sintiendo un leve mareo que la obligó a tensar las piernas para no tambalearse frente a él—. Es lo único que me queda aquí dentro: mi dignidad y mi derecho a decidir qué entra en mi cuerpo. Puedes encerrarme en esta jaula de oro, puedes vigilarme con tus soldados, pero no puedes obligarme a aceptar tu caridad de tirano. Preferiría morir antes que convertirme en tu mascota consentida mientras el resto de la ciudad se pudre bajo tu yugo.

​William la contempló en silencio. La luz del atardecer moribundo iluminaba sus rostros, revelando la palidez de ella y la dureza inquebrantable de él. Había una tensión casi física en el espacio que los separaba, un choque de voluntades donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder un solo centímetro de terreno.

​Por un instante, William pareció alargar la mano, como si quisiera comprobar la fragilidad de su cuerpo debilitado, pero se contuvo, cerrando los dedos en un puño que devolvió a su costado.

​—No vas a morir en mi casa, Evelyn —dijo él, con una determinación que heló la sangre de ella—. No te daré el lujo de convertirte en una mártir de tu propia terquedad. Comerás. Ya sea por tu propia mano... o por la mía.

​—Pruébame —desafió ella, con la última pizca de energía que le quedaba en los pulmones.

​William la miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos, buscando en sus ojos alguna grieta de duda. No encontró ninguna. La dulzura de Evelyn seguía allí, pero estaba templada por un acero que él mismo había ayudado a forjar sin saberlo. Con un giro brusco, el Comandante se dio la vuelta y abandonó la habitación, cerrando la puerta con una violencia que hizo vibrar los cristales del gran ventanal.

​Evelyn se dejó caer de nuevo en la silla, temblando de agotamiento pero con la certeza de haber ganado la primera batalla de una guerra que apenas comenzaba. La jaula de oro seguía cerrada, pero los cimientos del carcelero habían comenzado a temblar.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
👏👏👏👏💯
celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
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Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
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Celina Espinoza
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Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
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