Una oficinista es atropellada por un camión después de descubrir que su esposo le es infiel con su mejor amiga. Al despertar una vez más, se da cuenta de que renació en otro mundo.
Solo que en este mundo ya pasó la legendaria batalla contra el Rey Oscuro, ahora solo queda una supuesta paz de final feliz.
De la misma manera, su hermana menor, una idol que fue explotada por la industria del espectáculo, cae en cama por comer un pastel al cual es alérgica y renace en el mismo mundo, volviendo a ser otra vez la hermana menor.
Ahora las hermanas Harper, deberán sobrevivir en un mundo post-rey Oscuro, donde nuevas amenazas van a aparecer.
Como el príncipe Kir, un príncipe demonio que busca matarlas por cosas que hicieron en sus vidas pasadas.
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Capitulo #21: De duelo a castigados
Era una mañana normal, con un día soleado que nos golpeaba a todos en el rostro, el viento hacía moverse mi cabello corto con un tono épico. En mis manos tenía mi lanza de fuego morado, mientras que mi adversario que era una Mean Girl en actitud, sostenía una varita de madera.
—¡Rompele las piernas! ¡Lily! —grito Cassy desde las gradas, con la boca llena de pastel—.
—¡B-Buena suerte! ¡Her-Hermano! —ánimo Rashel a su hermano mayor desde las gradas y vestida porrista—.
—¿Huh? Pashel, ¿desde cuándo tienes ese traje de porrista?
—Ah… eh… des… desde la ceremonia de primer año —le respondió cubriendo su rostro con sus pompones azules—
—Que raro, ¿por qué te me haces tan familiar vestida así? —murmuró confundida—
—¡¡N-No lo sé!! —gritó con voz chillona mientras huía de mi hermana—
—Uhm, así que vas a enfrentarme con esa porquería que se rompió en batalla hace unos días
—¡Sí! ¡Al menos esto es mejor que una varita de chico mimado!
Antes de comenzar la legendaria batalla entre la protagonista y la típica Mean Girl, cruzamos miradas por unos segundos, que me recordó cuando discutí con mi mamá hace unos días porque sí yo peleó con…
—¡¡Carajo!! ¡¡No nos cuentes tu vida!! —me grito uno al oir mi perfecta narración—
—¡¡Déjense de idioteces!! ¡¡Ya matense!! ¡Qué deje los frijoles sin cuidar! —nos gritó una de las profesoras de la academia—.
De pronto el príncipe comenzó a atacarme con ráfagas de fuego azul capaces de destrozar casi todo a su paso. Esquivé sus llamas con giros, piruetas y con mi lanza que era capaz de retener sus llamas por algunos segundos.
—¡Ja! ¡¡¿Ahora qué?!! —se burló haciendo levitar a un montón de rocas que se despegaron del suelo—. ¡¡¿Quién es la Mean Girl ahora?!! Gorila
—Oh... Te lo voy a deletrear, hijo de puta
Ese idiota arrogante me lanzó cada una de esas rocas para intentar aplastarme, solo que ese cabrón, no se esperaba que cortará las piedras con mi lanza de fuego morado con tanta precisión que hizo una mueca de sorpresa.
—¡¡Esto no debería estar permitido!! ¡¡Pudiste matarme!!
—¡¿Y?! ¡¡Soy rico y bello!! Jaja ¡Las leyes de la academia no tienen lógica conmigo!
—¡No! ¡Lo que no tiene lógica es esta tonta escuela! ¡Parece escrita con las patas!
—¡Entonces…! Ven y derrotame… ¡Hoshi Bachy Harper!
—Ugh, que asco, parece un trabalenguas cuando lo dices así —me quejé esquivando y cortando las piedras que seguía lanzándome con la magia de su varita—.
Jadeando, con el sudor y sangre escurriendo por mis mejillas volteé a los alrededores planeando mentalmente un patrón o un hilo en sus ataques que me llevará hasta esa Mean Girl masculina. Henry al verme moverme por el pasto del campo con el ceño fruncido, soltó una pequeña risa cargada con confianza.
—¡Oye! ¡Mean Girl masculina! —le grité corriendo hacia él y con mi lanza rebotando un poco por el movimiento al correr—.
Ese cabrón confiado me lanzó ráfagas de fuego con formas de serpientes, águilas y fénix que gruñían, rugían, siseaban o lo que esos malditos seres hicieran para intimidar a su presa.
Con último suspiro clavé con todas mis fuerzas mi lanza en el suelo para después impulsarme con ella hasta ese idiota, no voy a mentir y recibí algunas ráfagas con forma de animal en el aire, fueron tan dolorosas que me salió un chorro de sangre de la boca.
Aún así no me detuve, y antes de que ese cabrón pudiera usar su varita una vez más, usé mis alas para impulsarme en el aire. Logrando así, llegar a ese infeliz y alcanzando a darle una fuerte patada en el rostro que lo lanzó al suelo con la nariz rota.
—Te lo dije… —jadeé agarrando su varita en el aire—. Te voy a patear el culo
—Mal… maldita… —gruñendo se puso de pie con la mano en la nariz—. ¡¡Maldita Perra!!
Con un grito cargado de impotencia, ese cabrón corrió hacia mí para dar comienzo a una pelea a puñetazo limpió. Ya no había magia, no había varitas, ni lanzas legendarias, solo tirones de cabello, puñetazos que nos causaban daño a nosotros mismos al impactar, y patadas que dolían. El barro manchó nuestra ropa, el olor a césped resonó en nuestras narices, el sabor metálico de la sangre envolvió nuestra boca y el sonido de golpes decoró toda la escena.
Era una escena similar a una típica pelea callejera entre dos idiotas de secundaria, solo que claro, entre dos adultos veinteañeros que eran demasiado inmaduros y ridículos.
Al final como cualquier pelea callejera de secundaria, digo, universitaria, porque sí, teníamos 24 años, aunque muchas veces pareciera que teníamos 14 años, ambos fuimos enviados con el director para recibir un regaño sobre nuestra inmadurez.
—¡¡Son adultos!! ¡Carajo! ¡¡Deben comportarse como tal!! —nos gritó el director golpeando el escritorio con su palma—. Ambos tienen 24 o 25, ya no son niños para pelear como completos idiotas —suspiró el director con la mano en la frente y con el cabello hecho un desastre por el estrés de soportar a sus alumnos—.
—Lo… lo siento —me disculpé apartando la mirada y agachando la cabeza para ocultar mi rostro lleno de moretones—.
—Lo siento, le prometo que no volverá a ocurrir —se disculpó el príncipe apartando la mirada y apretando sus puños que ahora estaban vendados—.
—Ugh, lo normal es que los suspenda… pero eso… —me volteó a ver a giro los ojos fastidiado—. Pero sería recompensar a la señorita Harper, por lo que ambos van a hacerme una tesis de más de quinientas páginas sobre los dragones para la siguiente semana —nos volteó a ver con una mueca de desagrado—. ¿Entendieron?
—Sí, lo entiendo —lo respondimos al mismo tiempo con el orgullo herido—
Salimos de la oficina del director con un silencio incómodo que era tan palpable como la mirada ridícula de Henry. Él me miraba con una expresión que en lugar de dar miedo, daba risa por lo ridícula que era. Sus ojos estaban tan abiertos como dos canicas, tenía la misma mueca que tenía el clásico emoji de carita enojada, no quería reírme en su cara, no por educación sino porque el director iba a matarme.
“No te rías, no te rías, no te rías…” pensé con la mano en la boca, tratando de no reírme de lo ridículo que había terminado el suelo y la situación
—Esto no quedará así, Harper —me dijo antes de irse por otro pasillo—.
—S-sí, lo entien… —le respondí a punto de reírme, solo que al final deteniéndome, al notar pequeñas lágrimas de frustración en sus ojos—. No lo entiendo —jadeé confundida, viéndolo irse encorvado—.