Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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21.
ELENA DUARTE
Han pasado quince días. Dos semanas de insomnio, de mirar las paredes y de sentir que el aire de mi propia casa me pesaba como si fuera plomo. Sin embargo, esta mañana, por primera vez, el peso en mi pecho se sintió apenas un poco más ligero. Necesitaba salir. El hambre, que había olvidado por completo, me obligó a salir del trance; mi alacena estaba vacía y mi espíritu, aunque roto, pedía un poco de normalidad.
Me puse lo primero que encontré, recogí mi cabello con desgano y salí a la calle. El sol de mediodía me deslumbró, recordándome cuánto tiempo había estado sumida en la penumbra. Me dirigí al supermercado más cercano, tratando de pasar inadvertida entre la gente, como si el mundo aún no supiera que mi vida se había desmoronado.
Estaba en el pasillo de productos de limpieza, concentrada en elegir cualquier cosa que me obligara a poner la mente en otra parte, cuando una voz, aguda y cargada de una familiaridad venenosa, me detuvo en seco.
—Qué sorpresa encontrarte aquí, Elena. No sabía que habías vuelto a la vida civil.
Me giré lentamente. Era ella, Lucía. Vestía impecable, con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos y que yo recordaba vagamente de mis días en la mansión. Sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado del supermercado.
—Hola, Lucía —respondí, tratando de mantener mi voz neutral. Intenté seguir mi camino, pero ella dio un paso lateral, bloqueándome el paso.
—Te ves fatal, ¿lo sabes? —continuó, recorriéndome con la mirada, un escaneo cargado de desdén—. Supongo que el mundo real es más difícil de lo que pensabas. O quizá es que la vida sin lujos de mansión es demasiado pesada para alguien como tú.
—No tengo tiempo para esto. Con permiso.
—¿Acaso tienes prisa por ver al "inválido"? —preguntó, soltando una risita cínica que me hizo hervir la sangre—. Cuéntame, ¿todavía sigues siendo su moza? Porque, seamos honestas, todas sabíamos que el puesto de enfermera solo era un disfraz para algo mucho más… desesperado.
Las palabras golpearon como bofetadas. Sentí que el rostro me ardía, una mezcla de humillación y rabia.
—No soy nada de eso —dije, sintiendo que mis manos se cerraban con fuerza sobre el carrito—. Y lo que Dante y yo teníamos no es algo que alguien tan vacía como tú pueda entender.
Lucía soltó una carcajada estridente, atrayendo las miradas de algunos clientes cercanos.
—¿Teníamos? Vaya, así que ya te despidieron. Pobrecita. Te advierto una cosa, Elena: Dante siempre vuelve a sus patrones. Él es un hombre roto, y los hombres rotos necesitan a alguien que les recuerde lo miserables que son, no a alguien que juegue a ser la salvadora. ¿Cuánto tiempo creíste que podrías engañarlo? ¿Un mes? ¿Dos?
—No lo engañé —dije, sintiendo que mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de una impotencia que se transformaba en defensa propia—. Fui la única persona en años que lo vio como un hombre y no como una carga.
Ella se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal. Su perfume, empalagoso y caro, me revolvió el estómago.
—Su dinero es lo único que mantiene a ese pobre hombre a flote —susurró con malicia—. Y te aseguro que, en cuanto se canse de tu drama, se dará cuenta de que no eras más que otra empleada buscando una salida fácil. Disfruta tu libertad, Elena. Porque, al final, gente como tú siempre termina donde empezó. En la nada.
Me quedé helada. Sus palabras eran un eco doloroso de las dudas que yo misma me había planteado en estos quince días de encierro. Lucía me regaló una última mirada cargada de superioridad y se alejó con paso firme, dejando que el sonido de sus tacones resonara sobre el piso de baldosas como una sentencia.
Me quedé allí, inmóvil en medio del pasillo, con la respiración entrecortada. El supermercado, con su música ambiental y sus pasillos llenos de productos, me parecía un lugar ajeno. Me sentía pequeña, vulnerable, como si ella hubiera logrado, con unas pocas frases, destrozar los pocos cimientos que había intentado reconstruir. Salí de la tienda sin haber comprado nada, con la frente en alto a pesar de que por dentro sentía que me quebraba de nuevo. Lucía no solo me había insultado; me había recordado que, fuera de la mansión, yo no era nadie. Y lo peor de todo: me había hecho cuestionar si, a los ojos de Dante, todo lo que ella decía era la realidad.
¿Era yo solo una moza para él? ¿Era todo lo que construimos simplemente una ilusión que el tiempo se encargaría de borrar? Caminé hacia casa bajo el sol inclemente, con el alma más fría que nunca, entendiendo que, aunque estuviera lejos de Gerald y de Dante, sus sombras me perseguirían allá donde fuera.