Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 17
—¿Seguro que quieres que vaya contigo? —preguntó Annie, mirándose al espejo con un vestido sencillo que nunca usaba para nada especial—. No encajo en un sitio lleno de gente importante. Yo no sé hablar de negocios ni de fortunas.
Omar se acercó por detrás, apoyando las manos en sus hombros y mirándola a través del reflejo, con una admiración que se le escapaba de los ojos.
—Tú eres la persona más importante que conozco. Y no voy a ir solo. Quiero que vayas tú. Quiero que todos vean a la mujer que me ha cambiado la vida. ¿Me acompañas?
Ella suspiró, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con la emoción.
—Está bien. Iré contigo. Pero te advierto: si me aburro, me vuelvo a casa y te dejo solo con todos esos trajes caros.
Él soltó una risa suave, besando su sien.
—Lo que tú digas, maniática. Gracias.
Al llegar al salón de baile, Annie se quedó deslumbrada por la grandeza del lugar: lámparas de cristal, mesas llenas de lujos, gente vestida como en un cuento de hadas. Pero lo que la dejó sin aliento fue ver cómo todos se giraban hacia ellos al entrar, cómo muchos se acercaban a saludar a Omar con gran respeto, llamándolo "señor Moretti", "heredero", "el hombre más influyente del sector".
Omar no se separó de ella ni un instante. La tomó de la mano, la presentó a todos como su pareja, la miró como si en medio de tanta gente solo existiera ella. Cuando un conocido se acercó y le preguntó en voz baja si era una amiga de paso, Omar respondió con voz clara y firme:
—No es una amiga. Es la mujer que amo. Y nada de lo que hago tiene sentido si ella no está a mi lado.
Annie sintió que el corazón se le salía del pecho. Nunca nadie la había puesto así por delante de todo, ni siquiera de su propio orgullo. Más tarde, cuando se quedaron solos un momento en una terraza apartada, ella lo miró con los ojos brillantes.
—¿De verdad me dijiste eso? Delante de todos esos importantes…
—¿Te sorprende? —preguntó él, acercándose hasta quedar muy cerca—. Hoy he visto cómo te quedabas callada cuando hablaban de cifras, y aun así te quedabas a mi lado. He visto cómo me apretabas la mano cuando yo me ponía nervioso. Y he entendido algo que debí saber hace mucho: no me importa todo esto —señaló el salón lleno de lujos—. No me importa el dinero, ni los negocios, ni el apellido. Solo me importas tú. Eres lo único real que tengo.
—Y yo pensaba que yo era la que tenía que estar a tu altura —confesó ella bajito—. Pero hoy me he dado cuenta de que tú eres el que tiene que estar a la mía. Porque yo te quiero por lo que eres por dentro, no por todo lo que tienes por fuera.
Omar tomó su rostro entre sus manos, mirándola con toda la verdad que llevaba guardada.
—Entonces ya sabes la mitad de la verdad. Soy Omar Moretti. Tengo una fortuna que ni yo mismo he contado, una empresa gigante y un apellido que abre todas las puertas. Pero te lo juro: nada de eso valía nada hasta que llegaste tú.
Annie lo miró, sin asombro, sin juicio, solo con una sonrisa dulce.
—Yo ya lo sabía. No me importa quién eras antes. Me importa quién eres ahora: el idiota que desordena mi cocina y me defiende delante de todo el mundo.
Él soltó una risa emocionada, abrazándola con fuerza.
—Y tú eres la mujer más valiente que existe. La que me enseñó que el amor no se compra ni se vende. Gracias por estar aquí. Conmigo.
Annie acarició suavemente su mano, entrelazando sus dedos con los de él, y lo miró a los ojos con una calma que lo dejó sin aliento.
—¿Sabes qué es lo más bonito de todo esto? —le dijo bajito—. Que no te elegí por ser Omar Moretti, el heredero ni el millonario. Te elegí porque eras el hombre que llegaron a mi puerta perdido, desesperado, y que terminó robándose mi corazón gritando y riéndose conmigo. Ese es el hombre que amo. El resto… es solo un apellido.
Omar sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, aliviado de por fin haber soltado el peso que llevaba en el pecho.
—Tenía tanto miedo de que cambiaras. De que me vieras como a todos los demás. De que te alejaras pensando que solo soy un hombre rico que se aburrió.
—Nunca pensaría eso —lo interrumpió ella con firmeza—. He visto tu lado más tierno, tu miedo, tu valentía defendiéndome, tus manos temblando cuando lloraste en mis brazos. Conozco tu verdad mucho antes de conocer tu fortuna. Y esa es la que me importa.
Omar la atrajo hacia sí y la besó despacio, bajo la luz de las estrellas que iluminaban la terraza, olvidando por un instante que había cientos de personas esperando dentro. Cuando se separaron, acarició su mejilla con infinita ternura.
—Ahora me toca escuchar tu verdad —le dijo él suavemente—. Sé que también tienes la tuya. Y quiero saberla toda. No hay nada que pueda hacerme irme.
Annie suspiró profundamente, sintiendo que también su carga se aligeraba.
—Mis padres son los Williams. La familia que posee una de las mayores cadenas de hoteles y bienes raíces del país. Tengo todo lo que se pueda desear si vuelvo con ellos. Pero no quiero volver. No quiero ser la hija perfecta que ellos quieren. Quiero ser yo. La que trabaja, la que se equivoca, la que ama al hombre que encontró por casualidad.
Omar soltó una risa suave, llena de asombro y ternura.
—¿Así que somos dos millonarios que fingían ser pobres para ver si el amor era verdad? Qué par de tontos estamos hechos.
—Unos tontos muy enamorados —corrigió ella con una sonrisa brillante—. ¿Me quieres igual sabiendo que también soy una "niña rica" que huyó de su fortuna?
—Te quiero mucho más —respondió él sellando sus labios con un nuevo beso—. Porque ahora sé que ninguno de los dos buscaba en el otro lo que ya tenía. Buscábamos algo mucho más valioso: un corazón sincero. Y lo encontramos.