James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 21. LA CUENTA ATRAS
Tres semanas habían pasado desde aquel primer beso en el porche de la villa. Veintiún días en los que el ático frío de Madrid y las cláusulas del contrato se habían disuelto por completo en las aguas del mar Egeo. James y Estela ya no dormían en habitaciones separadas; él la acunaba cada noche entre sus brazos, hablándole en susurros a la inmensa barriga donde la pequeña princesa y sus dos hermanos mellizos crecían a pasos agigantados. James la amaba con una devoción que asustaba a su antiguo yo de playboy, y Estela se entregaba a ese sentimiento con la pureza de quien ama por primera vez en la vida.
Sin embargo, el cuerpo humano tiene sus propios límites, y un embarazo de trillizos en el octavo mes es una bomba de relojería biológica.
Era una tarde calurosa de finales de verano. James había convencido a Estela para dar un paseo muy corto por la arena de la playa privada de la villa, intentando aliviar la hinchazón de sus tobillos. Ella caminaba despacio, apoyándose en el brazo fuerte de James, vistiendo un camisón playero que apenas lograba cubrir la espectacular curva de su vientre.
De repente, Estela se detuvo en seco. Su rostro se transformó en una máscara de sorpresa y dolor, y se llevó ambas manos a la parte baja del abdomen.
—James… —alcanzó a decir con un hilo de voz, apretándole el brazo con una fuerza descomunal.
Un segundo después, un sonido líquido rompió la calma del romper de las olas. El vestido blanco de Estela se empapó de golpe y un charco de agua clara tiñó la arena a sus pies. Había roto aguas.
—Tranquila, mi amor, tranquila. Respira —dijo James, sintiendo que el corazón le daba un vuelco salvaje en el pecho, pero obligándose a mantener la mente fría de un CEO acostumbrado a las crisis—. Estoy aquí contigo. Vamos hacia la casa.
Antes de que pudieran dar un solo paso, una oleada de dolor recorrió el cuerpo de Estela. Los músculos de su vientre se tensaron tanto que se endurecieron como el mármol. Soltó un grito ahogado, doblándose por la mitad. La primera contracción real de parto la golpeó con una intensidad brutal, obligándola a clavar las uñas en los hombros de James.
James no lo pensó dos veces. Olvidándose de cualquier precaución física, la tomó en brazos con cuidado, levantándola de la arena. El peso de Estela con los trillizos era enorme, pero la adrenalina y el miedo a que sus hijos nacieran en mitad de la playa le dieron una fuerza sobrehumana. Caminó a paso rápido colina arriba hacia la villa, mientras Estela jadeaba contra su cuello, intentando controlar el dolor con las técnicas de respiración que el doctor Martínez le había enseñado en Madrid.
Al llegar al porche de la casa, el chófer privado ya estaba con el Mercedes negro encendido y las puertas abiertas. James acomodó a Estela en el asiento trasero, colocándole unos cojines en la espalda, y se sentó a su lado sin soltarle la mano ni un solo segundo.
—¡Al hospital de Atenas, ya! —le ordenó James al conductor en un inglés tajante—. Avisa al doctor Karalis por el camino. Dile que Estela ha roto aguas y que las contracciones están llegando cada cuatro minutos.
El coche arrancó a toda velocidad, serpenteando por las carreteras costeras que conducían a la capital griega. El trayecto de treinta minutos se convirtió en una eternidad de tensión dramática. Cada pocos minutos, el cuerpo de Estela se sacudía por una nueva contracción. Se le saltaban las lágrimas de dolor, apretando la mano de James con tanta intensidad que le cortaba la circulación de los dedos.
—Duele mucho, James… no puedo más —sollozó Estela, con la frente empapada en sudor, muerta de miedo por su falta de experiencia y la magnitud de parir a tres bebés de golpe a sus veinte años.
James se inclinó hacia ella, besándole las sienes húmedas y acariciándole el rostro con infinita ternura.
—Sí puedes, mi vida. Eres la mujer más fuerte que conozco. Has sacado adelante a tu familia tú sola, te has enfrentado a tu tío y estás trayendo al mundo a nuestros tres milagros. Yo estoy aquí contigo, Estela. No te voy a soltar. Mírame a los ojos, concéntrate en mí.
Estela abrió sus ojos marrones, clavándolos en la mirada clara y decidida de James. El pánico comenzó a remitir sutilmente al encontrar ese faro de seguridad en mitad de la tormenta.
Cuando el Mercedes se detuvo derrapando frente a las puertas de urgencias de la clínica privada de Atenas, el doctor Karalis ya los esperaba en la entrada flanqueado por un equipo de cuatro enfermeras y una camilla de quirófano. Un embarazo de trillizos en el octavo mes casi siempre requería una cesárea de urgencia para garantizar la seguridad de los bebés y de la madre.
—¡Rápido, pasadla a la camilla! —coordinó el doctor Karalis en español, mientras las enfermeras levantaban con cuidado a Estela—. Señorita Gómez, mantenga la calma. Ya está a salvo. El quirófano está listo.
James caminaba al lado de la camilla a toda prisa por los pasillos blancos del hospital, sujetando la mano de Estela hasta llegar a las puertas de doble hoja de la zona quirúrgica. Una de las enfermeras le puso una mano en el pecho a James, deteniéndolo.
—Señor Fernández, debe quedarse aquí fuera mientras la preparamos para la anestesia epidural. En unos minutos podrá entrar a acompañarla —le indicó en inglés.
Las puertas se cerraron, separándolos por primera vez en semanas. James se quedó solo en mitad del pasillo estéril, mirando sus manos manchadas de arena y del agua de la placenta. Se apoyó contra la pared, dejándose deslizar hasta el suelo mientras se cubría el rostro con las manos. Volvía a estar en un hospital, pero ya no era el playboy asustado por el cáncer; ahora era un hombre enamorado que rezaba con el alma entera por la vida de la mujer que amaba y de los tres hijos que estaban a punto de cambiar su existencia para siempre. La cuenta atrás legal en Grecia había terminado: el momento de la verdad había llegado.