INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 4: Fisuras en la Armadura
El murmullo de las risas de las niñas pequeñas y el golpe sutil de sus zapatillas contra el suelo de madera llenaron el salón de ballet durante las siguientes dos horas. Juliana se entregó por completo a la clase, corrigiendo posturas, marcando el compás con las manos y forzando a su cuerpo a seguir una rutina perfecta. Era su mecanismo de defensa favorito: cuando su mundo interno se volvía un caos, el orden de la danza la salvaba.
Sin embargo, cada vez que pasaba frente al gran espejo del salón, no podía evitar mirar el reflejo de la entrada. Andrés se había quedado un rato hablando con Emmeline en la recepción antes de marcharse a sus propios compromisos, pero su presencia seguía flotando en el aire como una neblina densa. La quemadura de sus dedos en su mentón todavía se sentía tibia, real, desafiante.
Al mediodía, las alumnas se retiraron y el silencio regresó a la academia. Juliana se sentó en la pequeña oficina del fondo, dispuesta a revisar las facturas de mantenimiento, pero los números se borraban ante sus ojos.
La puerta de la oficina se abrió suavemente. Emmeline entró cargando dos ensaladas y un par de botellas de agua. Cerró la puerta con el pie y dejó el almuerzo sobre el escritorio de cristal.
—Sé que me vas a dar tu mirada de directora estricta, Juli, pero tienes que comer —dijo Emme, sentándose en la silla de invitados con absoluta confianza—. Además, tu mejor amiga y cuñada implícita necesita saber si vas a sobrevivir al día de hoy.
Juliana soltó un suspiro, dejando caer la pluma sobre el escritorio. Se reclinó en la silla y se frotó las sienes.
—Emmeline, tu hermano me va a volver loca —confesó, abandonando por fin la postura rígida—. No puedo con la seguridad que tiene. Entró aquí como si fuera el dueño del lugar, me dice las cosas que me dice... y lo peor es que tiene razón. No he dejado de pensar en el sábado.
Emmeline soltó una pequeña risa mientras abría su contenedor de comida. Su mirada se volvió más suave, más madura, reflejando el cariño genuino que sentía por ambas partes.
—Juli, Andrés no está jugando. Pasó por un infierno con lo de Juliette, y tú lo sabes mejor que nadie. El luto y la responsabilidad de criar a Andreis Julián lo cambiaron por completo. Ya no es el chico impulsivo que tomaba decisiones sin pensar. Es un hombre de treinta años que sabe exactamente lo que quiere. Y lo que quiere es la familia que ustedes dos ya forman, pero bajo el mismo techo.
—Pero las casas separadas nos protegen, Emme —insistió Juliana, cruzándose de brazos, como si intentara defender físicamente su postura—. Cuando regresé al país con mis padres, Julia y Joaquín, rota y con Athenea en brazos, me prometí que construiría un entorno donde nada pudiera salir mal. Mis papás me dieron la base, y este sistema de dividir los días con Andrés ha mantenido la paz. Si nos juntamos y las sombras del pasado regresan... ¿qué pasa con los niños?
Emmeline dejó el tenedor y miró a Juliana fijamente a los ojos, con esa honestidad descarnada que solo la mejor amiga de toda la vida podía permitirse.
—Lo que pasa es que tienes pánico de ser feliz, Juli. Usas a mis padres, Julia y Joaquín, y a los niños como una excusa, pero la realidad es que tienes miedo de soltar el control. Las casas separadas no los están protegiendo del dolor; los están protegiendo de vivir de verdad. Athenea adora a su papá, Andreis te ve como su figura materna, y mi hermano se muere por darte el lugar que te pertenece. La inercia ya los está arrastrando, amiga. Puedes romperte los dedos intentando frenar el tren, o puedes subirte a él.
Las palabras de Emmeline calaron hondo en el pecho de Juliana, abriendo una fisura irreversible en su armadura de hielo. Se quedó en silencio, mirando el agua de la botella, sabiendo que ya no tenía argumentos válidos para seguir huyendo.
La tarde transcurrió entre llamadas y gestiones administrativas. A las cinco de la tarde, el teléfono de Juliana vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de texto de Andrés:
"Paso por Athenea a la academia en quince minutos para llevarla a su clase de pintura, como acordamos. ¿Quieres que te traiga un café?"
Juliana miró la pantalla. Su corazón dio un vuelco que ya no intentó reprimir. Tecleó rápidamente con los dedos ligeramente temblorosos:
"No hace falta el café, gracias. Aquí te esperamos."
Exactamente catorce minutos después, el sonido del motor del auto de Andrés se escuchó afuera. Juliana salió al pasillo principal justo cuando Athenea salía del baño, ya con su mochila de dibujos al hombro. La niña, al ver entrar a su papá por la puerta de cristal, corrió hacia él con los brazos abiertos.
—¡Papá! —exclamó la pequeña de nueve años, colgándose de su cuello.
Andrés la recibió en el aire, levantándola con esa fuerza protectora que lo caracterizaba, llenándola de besos en la mejilla.
—Hola, mi princesa. ¿Lista para pintar el mundo hoy? —preguntó él con su voz grave, acomodándole el cabello.
—¡Sí! Hoy nos toca usar acuarelas —respondió Athenea con entusiasmo, bajándose de un salto.
Andrés enderezó la postura y su mirada oscura se topó de inmediato con la de Juliana, que observaba la escena a unos pasos de distancia. El ambiente en la recepción cambió al instante; la tensión madura y contenida del lunes por la mañana regresó con la fuerza de un imán. Andrés vestía una chaqueta de cuero oscuro que lo hacía ver imponente, y la fijeza de sus ojos le recordó a Juliana que la conversación del salón de baile seguía abierta.
—Hola, Juli —dijo él, con un tono suave que solo usaba con ella.
—Hola, Andrés —respondió ella, intentando mantener la voz neutral en presencia de la niña—. Su cuaderno de bocetos está en la mochila. No te olvides de revisar que no deje los pinceles en el taller.
—Descuida, lo tengo todo controlado —respondió Andrés, dando un paso hacia ella de manera casi inconsciente.
Se detuvo a una distancia respetable, pero sus ojos recorrieron el rostro de Juliana, notando que ya no había la misma rigidez defensiva de la mañana. Había algo diferente en su mirada, una sutil rendición que a Andrés no se le pasó por alto. Una chispa de determinación brilló en los ojos del Fontane.
—Nos vemos más tarde para dejarla en tu casa, ¿de acuerdo? —añadió él, bajando la voz un octavo, haciendo que la palabra "casa" sonara como una promesa futura.
—De acuerdo —susurró Juliana, sosteniéndole la mirada sin apartar los ojos por primera vez en días.
Andrés sonrió de lado, esa sonrisa madura y cómplice que le aceleraba el pulso, tomó la mano de Athenea y caminó hacia la salida. Juliana se quedó de pie en la recepción, mirando a través del cristal cómo su hija subía al auto y cómo Andrés, antes de entrar al asiento del conductor, se giraba para lanzarle una última mirada en la distancia.
La puerta se cerró y el auto avanzó, pero Juliana ya no sintió el alivio de la distancia. Sintió, con una certeza absoluta, que las paredes de sus casas separadas estaban a punto de derrumbarse por completo ante la fuerza inevitable de la inercia.