Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 020: Deseo por mi Hombre (+18)
ADVERTENCIA DE CONTENIDO +18
Este capítulo contiene escenas explícitas de alto contenido sexual, así como momentos de violencia y tensión intensa que pueden resultar sensibles para algunas lectoras. No es una lectura ligera. Aquí no hay filtros… solo emociones crudas, deseo sin control y decisiones que dejan marca.
Si decides continuar, lo haces bajo tu propia responsabilidad. Recomendado únicamente para mayores de 18 años. Lee con cautela… y prepárate, porque este capítulo no pide permiso.
Lilith Gray
El mundo a mi alrededor no era oscuridad, sino una bruma plateada y etérea que parecía no tener fin. No sentía el peso de mi cuerpo, ni el ardor de la herida en mi vientre, ni el rastro amargo del veneno en mis venas. Era un silencio absoluto, una paz que me invitaba a cerrar los ojos y fundirme con la nada.
—¿Lilith? —una voz profunda y vibrante resonó a mis espaldas.
Me giré y la vi. Artemis estaba allí, pero no como la loba de pelaje blanco que corría por el bosque, sino como una presencia majestuosa de ojos plateados que brillaban con una sabiduría ancestral. A su lado, dos figuras comenzaron a materializarse desde la niebla. El corazón que creía detenido en el mundo físico me dio un vuelco espiritual.
—¿Mamá? ¿Papá? —mi voz sonó como un susurro cristalino.
Eran ellos. Lucían tal como los recordaba en mis sueños más felices, antes de que la tragedia me arrebatara el derecho a ser una niña. Mi madre se acercó, su rostro era pura luz, y acarició mi mejilla con una calidez que no pertenecía a este plano.
—Mi pequeña valiente —dijo ella, y sentí que sus palabras sanaban grietas en mi alma que ni siquiera sabía que existían—. Has luchado tanto, Lilith. Has construido muros tan altos para que nadie vuelva a lastimarte, pero al hacerlo, te has quedado fuera del calor del sol.
—No quiero que me rompan otra vez —sollocé, sintiendo las lágrimas espirituales correr por mi rostro—. El amor es una debilidad, mamá. El vínculo es una cadena que te ata a una vida que no deseas.
Mi padre dio un paso al frente, con esa mirada firme pero llena de ternura que siempre lograba calmar mis tormentas.
—El vínculo no es una cadena, hija mía, es un ancla. No cierres tu corazón por miedo a la pérdida. La Diosa te ha entregado un compañero que movería las montañas por ti. ¿Has sentido su dolor? ¿Has visto cómo se desmorona mientras tú duermes?
Artemis se acercó, rozando su cabeza contra mi mano.
—Lilith, siento cómo sufre. Está roto, muy triste por nosotras. Su lobo está aullando en el vacío y él está perdiendo su propia humanidad porque cree que nos ha perdido. Debemos volver, ya han sido muchos días fuera. No dejes que la oscuridad se lo lleve por tu rechazo constante.
—Si la Diosa quiso eso para ti, debes tomarlo, mi amor —insistió mi madre, dándome un último beso en la frente—. Vuelve y vive. No solo sobrevivas, Lilith. Vive.
La bruma empezó a disolverse. El calor de mis padres se convirtió en un tirón violento que me arrastraba hacia abajo, hacia la pesadez de la carne y el dolor de los sentidos. Abrí los ojos con un jadeo, y lo primero que mis pupilas cansadas intentaron enfocar fue el techo blanco de la habitación. Pero entonces, lo vi a él.
Rowan estaba allí, pero no era el Rey imponente y soberbio que recordaba. Estaba destrozado. Su rostro, usualmente perfecto, estaba marcado por el cansancio; tenía ojeras profundas y su cabello cobrizo estaba desordenado, como si hubiera pasado noches enteras tirándose de él. Se veía más delgado, más vulnerable, alguien completamente diferente. Sus ojos azules, ahora inyectados en sangre, estaban fijos en mis manos.
—Ro... Rowan —murmuré, mi voz sonando como el crujido de hojas secas.
Él se quedó congelado. Por un segundo, pareció creer que era una alucinación de su tortura diaria. Pero cuando mis dedos rozaron los suyos, un sollozo ahogado escapó de su garganta.
—¡Lilith! Mi amor... has despertado —dijo, y su voz se quebró de una manera que me dolió más que cualquier herida física.
En ese instante, el vínculo, que antes yo sentía como una intrusión, estalló en mi pecho con una fuerza renovada. Artemis regresó a mi conciencia con un rugido de júbilo, restaurando mi fuerza vital. Sentí cómo la energía fluía por mis venas, expulsando los últimos restos de debilidad.
—Oh, Diosa... me siento bien —dije, sentándome en la cama con una agilidad que sorprendió incluso a Rowan.
Él se puso de pie rápidamente, con el instinto de mando tratando de reaccionar.
—Debo buscar a los médicos, debo avisarles que estás...
—Espera —lo detuve, aferrando su mano con una urgencia que no admitía réplicas—. Quédate conmigo. Solo quédate aquí.
Rowan se detuvo y, tras un momento de duda, se sentó de nuevo a mi lado. Me contó cuánto tiempo había pasado, el mes entero de agonía, el ataque de los vampiros y cómo él casi pierde la razón. Mientras lo escuchaba, la urgencia de Artemis se mezcló con la mía. Ya no quería muros. Ya no quería distancias.
Me impulsé hacia adelante y me acurruqué encima de él, sentándome en su regazo a pesar de los cables que todavía me rodeaban. Rowan se quedó rígido de la sorpresa, con las manos suspendidas en el aire, pero rápidamente entendió que mi cuerpo lo reclamaba. Me rodeó con sus brazos fuertes, envolviéndome en su calor, en ese aroma a sándalo y bosque que ahora era mi único hogar.
Sus emociones me inundaban a través del vínculo: era un amor tan puro, tan sincero y tan devastador que nublaba cualquier juicio previo. Me separé un poco para mirarlo a los ojos. Por primera vez, me permití admirar lo hermoso que es mi compañero. Su piel clara salpicada de pecas, su cabello de ese cobre divino que brillaba bajo la luz tenue, y esos ojos azules que ahora ardían con una mezcla de adoración y deseo.
—Te eché de menos —dije, y antes de que pudiera responder, uní mis labios a los suyos.
Fue un beso que llevaba guardado un mes de silencio y años de soledad. Había una urgencia salvaje por saborear a mi hombre. Por fin entendí que él era mío, que yo era suya. Él era mi recompensa después de tanto sufrimiento, y mi propia ignorancia lo había estado apartando. Rowan respondió con una ferocidad que me hizo vibrar. Fue una batalla de deseo sin fin; sus manos buscaron mi cintura, apretándome contra él como si temiera que me desvaneciera de nuevo.
Me colocó de nuevo sobre la cama y se subió encima de mí, con sus ojos azules tornándose de ese rojo intenso que delataba a su lobo reclamando el control. Comencé a desabrochar su camisa con dedos torpes y desesperados, queriendo sentir su piel contra la mía. Rowan intentó detenerme suavemente, preocupado por mi estado físico.
—Lilith, espera... acabas de despertar, tu cuerpo...
—No —lo interrumpí, mirándolo con toda la determinación de una Alfa—. Te quiero. Te quiero a ti, Rowan. Tú eres mío, y yo, Lilith Gray, te acepto como mi rey y mi único compañero. Ahora, por favor... hazme sentir bien.
Esa confesión fue el detonante final. Rowan emitió un gruñido profundo y comenzó a besar mi cuello con una pasión devoradora. Terminé de quitarle la camisa, dejando al descubierto ese cuerpo esculpido que tanto había intentado ignorar. Mis manos recorrieron sus hombros, sus músculos tensos, disfrutando de cada centímetro de su deliciosa anatomía.
Él bajó sus labios por mi piel, dejando marcas de fuego que hacían que Artemis aullara de placer. Sus manos subieron por debajo de mi camiseta, acariciando mis costados con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus besos. Me despojé de la prenda superior, dejando que el aire frío de la habitación rozara mi piel antes de ser reemplazado por el calor de su boca. Sus caricias en mis montes de nieve eran una delicia que me hacía arquear la espalda; comenzó a deleitarse con esos frutos gemelos, succionando y jugando con tal maestría que mi nombre no dejaba de escapar de mis labios en gemidos constantes.
Lentamente, me deshice de la tela molesta de mi short. Rowan bajó por mi cuerpo, depositando besos ardientes en mi abdomen, justo sobre la cicatriz que ahora era solo un recuerdo. Su mirada descendió con un hambre voraz hacia mi núcleo, ese santuario de mi feminidad que palpitaba reclamando su atención. Se deshizo de mi última barrera de seda y comenzó a trabajar allí, en mi valle de seda.
Era el paraíso. Sus labios y su lengua exploraban mi centro con una devoción casi religiosa. El mundo exterior dejó de existir; solo quedábamos nosotros, el sabor de nuestra entrega y el ritmo de nuestros corazones sincronizados. Rowan gemía entre mis muslos, alabando lo deliciosa que era, mientras yo perdía la noción del tiempo, sumergida en la caricia eléctrica que me brindaba su boca.
Pronto alcancé ese punto de no retorno. Comencé a ver estrellas, sintiendo cómo cada nervio de mi cuerpo estallaba en una cascada de sensaciones celestiales.
—¡Oh, Diosa! —grité, aferrándome a su cabello mientras mi esencia se derramaba ante su toque.
Él no se detuvo, saboreando cada gota de mi néctar con una pasión que me dejó exhausta y plena. Se incorporó después de un momento, con los labios brillantes y una sonrisa de triunfo que me hizo amarlo aún más.
—Eres muy rica, mi amor —susurró contra mi oído.
Yo quería más. Quería que nuestras almas se fundieran por completo, que me tomara allí mismo y borrara cualquier rastro de soledad. Pero Rowan, con una fuerza de voluntad que solo un verdadero Rey posee, me detuvo suavemente.
—No —dijo con voz ronca—. No voy a reclamar tu tesoro más preciado aquí, en una cama de hospital. Te mereces algo mucho mejor que esto. Tómalo como un pequeño obsequio de todo lo que te espera, mi reina.
Solté un pequeño chillido de frustración juguetona, pero acepté su decisión. Él me vistió con una ternura infinita, acomodando mi ropa y besando mis sienes mientras el mundo volvía a su lugar.
Poco después, la puerta se abrió de golpe. Los médicos entraron, seguidos por un Clark que parecía haber recuperado diez años de vida al verme sentada y radiante. Se quedaron estupefactos ante mi recuperación milagrosa.
—Es increíble —murmuró el médico jefe tras revisarme—. El veneno ha desaparecido por completo y sus niveles de energía están por encima de lo normal. Mañana mismo podrá volver a casa, mi reina.
Rowan me miró, y en su sonrisa encontré la paz que tanto había buscado. Por fin me sentía plena. El camino había sido doloroso y lleno de espinas, pero ahora, tomada de la mano de mi compañero, sabía que no había batalla que no pudiéramos ganar juntos. El destino ya no era una cadena; era el inicio de nuestra leyenda.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/