Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 4
Los minutos se convirtieron en horas estiradas por la angustia. En la mansión Claims, el tiempo parecía haberse congelado. Elena caminaba de un lado a otro de la sala de estar, con el teléfono móvil pegado a la oreja, escuchando por vigésima vez el tono de buzón de voz de Marcus.
Dante permanecía de pie junto al ventanal, con la mirada fija en el camino de entrada. Sus instintos de Alfa adolescente estaban en máxima alerta; sentía una vibración extraña en el pecho, una opresión que le dificultaba respirar. El sol del mediodía caía con fuerza sobre los coches de lujo estacionados afuera, pero dentro de la casa el ambiente era gélido.
—No contesta, Dante... Tu padre no me responde —dijo Elena, con la voz quebrada por un hilo de pánico. Sus manos temblaban mientras guardaba el teléfono en el bolsillo de su bata—. Arthur tampoco me toma las llamadas. Algo está muy mal.
—Tranquila, mamá. Papá es fuerte. Quizás están incomunicados en el sótano de desarrollo, ya sabes que ahí abajo no hay buena señal —intentó reconfortarla Dante, aunque sus propias palabras le sabían a mentira.
De pronto, un sonido sordo y distante hizo que los cristales del gran ventanal vibraran sutilmente. No fue un trueno. Fue una vibración subterránea, un eco pesado que viajó desde el centro de la ciudad hasta las colinas residenciales. Dante enderezó la espalda de golpe, con las orejas zumbando y el corazón desbocado. Su lobo interior rugió con fuerza, una advertencia de peligro absoluto que le erizó la piel.
Antes de que pudiera decirle algo a su madre, la pantalla de la televisión gigante de la sala, que permanecía encendida en un canal de noticias locales en silencio, cambió drásticamente. Un cintillo rojo parpadeante interrumpió la programación: *“ÚLTIMA HORA: Explosión masiva en la sede central de Claims & Smith Tech”*.
Elena ahogó un grito, llevándose las manos a la boca.
Las imágenes en vivo, transmitidas desde un helicóptero, mostraban una densa columna de humo negro elevándose desde el corazón financiero. El sótano y los primeros pisos del moderno edificio de cristales ahumados habían colapsado por completo. Las ambulancias y los coches de policía ya rodeaban la zona en medio del caos de la avenida.
—¡Marcus! —gritó Elena, perdiendo las fuerzas en las piernas y cayendo de rodillas sobre la alfombra de felpa.
—¡Mamá, quédate aquí! ¡Voy a pedirle al chófer que nos lleve! —exclamó Dante, el pánico apoderándose finalmente de sus quince años.
Corrió hacia la salida, pero antes de que pudiera tocar el picaporte de la imponente puerta principal, el sonido de varios neumáticos derrapando sobre la grava del jardín delantero lo detuvo en seco. Dos coches negros, con las ventanas completamente tintadas, se estacionaron bloqueando la salida. No eran los vehículos de seguridad de la familia.
De los coches descendieron cuatro hombres armados, vistiendo trajes oscuros y con los rostros impasibles. Dante dio tres pasos hacia atrás, bloqueando con su propio cuerpo el pasillo que conducía hacia donde estaba su madre. Sus ojos se dilataron y un gruñido involuntario comenzó a formarse en su garganta mientras sus colmillos de Alfa primerizo presionaban sus labios.
La puerta principal fue derribada de una patada, el estrépito del marco de madera rompiéndose resonó en toda la propiedad.
—¡Sáquenlos de aquí! ¡Que no quede ningún cabo suelto! —ordenó una voz ronca desde el exterior.
—¡Dante, huye! —el grito desgarrador de Elena fue lo último que el adolescente escuchó con claridad antes de que la sala se convirtiera en un campo de batalla.
Los hombres avanzaron con frialdad milimétrica. Elena intentó interponerse, pero fue apartada con violencia. Dante, ciego de ira y activando la fuerza bruta de su lobo, se abalanzó sobre el primer atacante, logrando desgarrar la manga de su traje con las uñas filosas que empezaban a brotar de sus dedos. Sin embargo, su cuerpo de quince años todavía no era rival para profesionales armados. Un golpe seco con la culata de un arma en la boca del estómago lo dejó sin aire, haciéndolo caer de rodillas sobre el mármol frío.
Con la vista nublada y el dolor perforándole el abdomen, Dante levantó la cabeza. Vio cómo arrastraban a su madre hacia la parte trasera de la casa en medio de sus gritos de auxilio. Trató de ponerse en pie, pero una bota pesada se plantó sobre su espalda, hundiéndolo contra el suelo.
Justo en ese instante, un teléfono móvil comenzó a sonar en el bolsillo del hombre que lo retenía. El sujeto contestó, poniendo el altavoz por un segundo mientras aseguraba el perímetro.
—*¿Está hecho?* —preguntó una voz al otro lado de la línea. Una voz perfectamente reconocible, pausada y libre de cualquier rastro de pánico. Era la voz de Arthur Smith.
—Estamos limpiando la propiedad ahora, señor Smith. El Alfa original ya fue eliminado en el sótano del edificio tal como lo ordenó. La patente es completamente suya. No quedará ningún Claims vivo para reclamarla.
—*Excelente. Asegúrense de que parezca un accidente por fuga de gas o un ataque de bandas rivales. Que las cenizas no dejen rastro* —sentenció Arthur antes de colgar.
Las cenizas. Su mundo entero se estaba reduciendo a eso.
Dante, con la mejilla pegada al mármol y las lágrimas de impotencia mezclándose con la sangre de su labio roto, grabó esa voz a fuego en su memoria. Cada sílaba, cada tono de esa fría traición se incrustó en su alma de Alfa. El socio de su padre, el hombre que la noche anterior sonreía y bendecía a sus hijos, los estaba cazando como animales solo por el control total de la empresa y el poder de la manada.
El olor a gasolina comenzó a inundar los pasillos de la mansión. Los hombres estaban rociando el lugar, listos para prenderle fuego a los recuerdos de su infancia. Dante, reuniendo la última pizca de fuerza mística de su linaje, logró morder el tobillo del hombre que lo pisaba, haciéndolo trastabillar. Aprovechando el segundo de confusión, se arrastró hacia la ventilación abierta del sótano, dejándose caer en la oscuridad justo cuando la primera llama estallaba en la planta principal, tiñendo su hogar de un rojo maldito.