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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19: El incidente del fuego.

Me fui de allí caminando a paso rápido, con la cabeza muy alta y el orgullo hecho pedazos dentro del pecho. Había sido terrible, esa discusión. Había dicho cosas que no pensaba, solo por herirlo, solo por defender esa imagen de mí misma que a veces pesaba más que mil años de vida. Y lo peor de todo es que sabía que él tenía razón. Sabía que estaba jugando, sabía que estaba siendo vanidosa y ciega… pero me dolía que él me lo echara en cara. Me dolía que me dijera que me equivocaba, cuando yo estaba acostumbrada a que el mundo entero me dijera que siempre tenía razón.

Entré en el edificio principal del instituto, atravesé los pasillos llenos de gente, risas y ruido, pero para mí todo eso estaba lejano, como si estuviera bajo el agua. Solo sentía rabia. Una rabia ardiente, profunda y dolorosa, que me subía por la garganta y me quemaba por dentro. Rabia contra él, por ser tan terco, tan sabio y tan capaz de tocarme donde más me dolía. Rabia contra mí misma, por no saber callarme, por no saber decirle lo que realmente sentía, por ser tan… yo.

Cada paso que daba, esa energía que siempre corre por mis venas, esa magia antigua y poderosa que soy yo misma, empezaba a agitarse. Normalmente, la controlo con facilidad, la moldeo, la uso para adornar, para brillar, para hacer que todo sea perfecto. Pero ahora, estaba revuelta, inestable, enfadada igual que yo.

Llegué al vestíbulo grande, el espacio central con techos altos y grandes lámparas colgando, donde siempre hay mucha gente pasando de un lado a otro. Me paré en medio de la sala, cerré los ojos un segundo e intenté respirar, intentar calmarme, intentar empujar todo ese sentimiento hacia abajo, esconderlo como siempre hacía. Pero no pude.

La imagen de Alexandro con los ojos oscuros de furia y de dolor, diciéndome que yo solo recogía migajas, que yo era ciega… apareció en mi mente y explotó dentro de mí.

—¡¿Por qué no entiende?! —grité, aunque fue solo un susurro ahogado, porque por dentro estaba gritando a todo pulmón—. ¡Yo solo quiero que me mire a mí! ¡Que me elija a mí! ¡Que sepa que para mí él es lo único que importa!

Y entonces, pasó.

Primero fue el calor. Un calor repentino, intenso, que brotó de mi cuerpo hacia afuera como una ola. Las luces del techo, que eran de luz blanca y fría, empezaron a parpadear violentamente y a cambiar de color, pasando al amarillo, al naranja, al rojo intenso, como si fueran llamas de verdad.

La gente empezó a detenerse, a mirar hacia arriba, extrañada. —¿Qué pasa con las luces? —preguntó alguien. —¿Se ha estropeado la electricidad? —dijo otro.

Pero yo sabía lo que pasaba. Lo sentía en la piel. Mis manos empezaron a brillar, un resplandor dorado y rojizo que se escapaba entre mis dedos, que crecía, que pedía salir. El aire a mi alrededor se volvió pesado, cargado, olía a ozono y a quemado. De repente, las lámparas no solo cambiaban de color: empezaron a calentarse tanto que los cristales estallaron, y de los focos cayeron pequeños chorros de fuego real al suelo, que ardían con una intensidad que no era normal, que no se apagaba.

Las cortinas que cubrían las ventanas, a metros de distancia de mí, empezaron a ondularse como si hubiera una tormenta, y en un segundo, se encendieron. Una llama alta, viva y voraz subió por la tela, iluminando todo el vestíbulo con una luz aterradora y hermosa a la vez.

Yo no lo estaba haciendo a propósito. No era magia controlada, ni uno de mis trucos para llamar la atención o embellecer el lugar. Era yo. Era mi esencia, ese fuego antiguo que llevo dentro, que se había descontrolado porque yo misma estaba descontrolada. Era lo que Alexandro me había dicho: "eres fuego, y si no te controlas, lo quemas todo". Y ahora, lo estaba quemando todo.

—¡¡Fuego!! —gritó alguien. —¡Salgan de aquí! —gritó otro.

El pánico estalló. La gente empezó a correr de un lado a otro, empujándose, gritando, buscando las salidas. Los profesores llegaron corriendo, intentando organizar, intentar apagar las llamas con extintores, pero lo que salía de esos aparatos no hacía nada. El fuego que yo había creado no obedecía a reglas humanas. Ardía porque yo estaba ardiendo.

Yo me quedé parada en medio de todo eso, temblando, con las manos levantadas sin querer, con los ojos brillantes de luz y de lágrimas, viendo cómo todo a mi alrededor se llenaba de llamas, de humo y de caos. Quería pararlo. Lo juraba, quería pararlo. Pero estaba tan enfadada, tan dolida, tan llena de sentimientos que no sabía cómo nombrar… que mi poder solo reflejaba lo que había en mi corazón: destrucción.

—¡Váyanse! —gritó una voz fuerte y clara por encima de todo el ruido—. ¡Aléjense del centro! ¡Rápido!

Todos corrieron hacia las puertas, huyendo del fuego, huyendo del calor, huyendo de mí. Me miraban con miedo, con asombro, con terror. Y yo me sentí sola. Más sola que nunca. Sola en medio de las llamas que yo misma había creado, sola con mi poder, sola con mi orgullo estúpido.

Cerré los ojos, sintiendo cómo el calor me envolvía, cómo el aire se hacía difícil de respirar, cómo el suelo vibraba bajo mis pies por la energía que desbordaba. Lo he hecho de nuevo, pensé con desesperación. He destruido todo. He asustado a todos. Soy un monstruo, como deben pensar ahora.

Y entonces, entre el ruido de las llamas y el humo, sentí que alguien se acercaba.

Sentí una presencia que cortaba el fuego como un cuchillo, que abría paso entre el calor, que venía directo hacia mí, sin miedo, sin dudar. Abrí los ojos entre la neblina gris y naranja, y lo vi.

Alexandro.

Estaba ahí, parado a unos metros de mí, rodeado de fuego por todas partes, con la ropa un poco sucia, el pelo revuelto y la mirada fija en mí. No corría. No gritaba. No tenía miedo. Tenía esa calma absoluta, esa fuerza antigua que le pertenecía, esa conexión con la tierra y con la vida que él tenía. Y caminó hacia mí, paso a paso, atravesando las llamas que se apartaban a su paso como si lo reconocieran, como si supieran que él era el dueño de ese fuego tanto como yo.

—¡Aléjate! —le grité, con la voz rota, entre el llanto y la rabia—. ¡Vete, Alexandro! ¡No te acerques! ¡Te quemarás! ¡Todo lo que toco lo rompo o lo quemo! ¡Vete con los demás, corre!

Él no hizo caso. Siguió avanzando, hasta que estuvo justo delante de mí, en el centro mismo de la tormenta que yo había desatado. El fuego rugía a nuestro alrededor, subía alto por las paredes, iluminaba su cara con una luz dorada y feroz, pero a él no le tocaba. El fuego lo respetaba. O tal vez, era él quien lo contenía.

—No me voy —dijo él, con esa voz suya, profunda y segura, que siempre lograba llegar hasta mí, incluso en medio del caos—. Ya te lo dije hace mucho tiempo, ¿recuerdas? Yo soy el que cuida que este fuego no se apague… pero también soy el que evita que te queme a ti misma.

Levantó las manos, no para atacarme, no para defenderse, sino para acercarlas a las mías, que seguían brillando y echando llamas pequeñas por las yemas de los dedos. —Suéltalo, Mariam —me pidió en un susurro, tan suave que solo yo podía oírlo, aunque el fuego rugía—. Deja salir todo ese dolor, toda esa rabia, todo ese orgullo herido. Déjalo ir. Yo estoy aquí. No te voy a dejar sola. Nunca. Ni siquiera cuando tú misma te conviertes en un incendio.

—¡Te dije que te fueras! —grité de nuevo, y una llamarada más grande brotó de mí hacia arriba, tocando el techo—. ¡Discutimos! ¡Te dije cosas horribles! ¡Te dije que te fueras de mi lado! ¡¿Por qué sigues aquí?!

Alexandro sonrió, una sonrisa triste pero llena de ternura, y dio un paso más, acortando la distancia hasta que sus manos tocaron las mías.

En el instante en que su piel tocó la mía, ocurrió algo increíble. El calor no desapareció, pero cambió. Ya no era un fuego furioso, destructivo, descontrolado. Se volvió cálido, suave, contenido. Fue como si todo ese poder que yo había soltado, toda esa energía que yo no sabía dónde poner, encontrara por fin su recipiente, su compañero, su equilibrio.

—Porque tú me dijiste muchas cosas —respondió él, sosteniendo mis manos entre las suyas con fuerza y con suavidad a la vez, mirándome directamente a los ojos, a través de las lágrimas y la luz—. Me dijiste que me fuera. Me dijiste que no te importaba. Me dijiste que yo era un estorbo. Pero Mariam… tú nunca me has creído capaz de dejarte. Y yo nunca te he creído capaz de querer que me vaya.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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