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La Chica Que Compró Al Príncipe Esclavo

La Chica Que Compró Al Príncipe Esclavo

Status: En proceso
Genre:Batalla por el trono / Venganza / Romance / Aventura
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Jan Vilar

La Chica que Compró al Príncipe Esclavo

Elena Valmont solo quería entregar un paquete, cobrar unas monedas y volver a casa.

Pero una noche terminó en una subasta clandestina… y compró a un esclavo condenado a morir al amanecer.

Lo que no sabía era que aquel hombre herido, silencioso y cubierto de cadenas no era un esclavo cualquiera, sino Adrien Asteria, el heredero perdido del imperio más poderoso del continente.

Desde ese momento, Elena queda atrapada en una guerra por el trono, perseguida por asesinos, nobles traidores y secretos enterrados durante años.

Salvarlo fue un acto de compasión.

Amarlo podría costarle la vida.

NovelToon tiene autorización de Jan Vilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1-La subasta clandestina

La lluvia había comenzado antes del anochecer.

No era una tormenta feroz, sino una llovizna fina, persistente, de esas que se cuelan por el cuello de la ropa y dejan el aire con olor a piedra mojada, barro y humo de chimenea. Las calles de Elaris brillaban bajo la luz temblorosa de los faroles, y los adoquines resbalaban bajo las botas de los transeúntes apresurados.

Elena Valmont se ajustó la capucha del abrigo y apretó con más fuerza la caja de madera que llevaba entre los brazos.

No era grande ni pesada, pero sí lo bastante importante como para que el comerciante que la había contratado le repitiera tres veces que debía entregarla personalmente y sin hacer preguntas. A Elena no le gustaban los encargos misteriosos, pero tampoco estaba en posición de rechazarlos.

Necesitaba el dinero.

Lo necesitaba con una desesperación que no se decía en voz alta, pero que le apretaba el pecho cada mañana al despertar.

Las medicinas de su madre se habían terminado hacía dos días. El caldo de verduras que había preparado esa mañana era demasiado aguado incluso para fingir que alimentaba. Y su hermano Tom, aunque intentaba no demostrarlo, llevaba semanas mirando el pan como si calculara cuánto tardaría en acabarse.

Así que no, Elena no podía darse el lujo de ser orgullosa.

Si un comerciante gordo y sudoroso quería pagarle tres monedas de plata por entregar una caja al otro lado de la ciudad, Elena aceptaba y caminaba bajo la lluvia si era necesario.

Y esa noche era necesario.

—Solo entregas el paquete y vuelves a casa —se dijo en voz baja, casi como una orden—. Nada más.

Pero el destino, como siempre, no le pidió permiso.

La dirección escrita en el papel la condujo lejos de las calles más transitadas, hasta una zona antigua de la ciudad donde las casas eran más estrechas, las paredes estaban manchadas por la humedad y los faroles parecían alumbrar menos. Era uno de esos barrios donde los negocios legales cerraban temprano y los ilegales apenas comenzaban.

Elena se detuvo al final de un callejón.

Frente a ella se alzaba un edificio de piedra oscura con ventanas altas y estrechas, casi sin luz en el exterior y con una sola puerta reforzada por hierro. No había ningún cartel, ningún símbolo comercial, nada que indicara qué clase de lugar era.

Solo dos hombres armados bajo el alero, protegiéndose de la lluvia.

Elena frunció el ceño.

No le gustó.

No le gustó el edificio, ni la forma en que uno de los hombres la observó de pies a cabeza, ni el silencio extraño que flotaba en el callejón. Parecía el tipo de lugar del que una persona prudente debía alejarse.

Pero una persona prudente no tenía una madre enferma, una despensa vacía y tres monedas de plata esperándola al otro lado de aquella puerta.

Respiró hondo y se acercó.

Uno de los guardias dio un paso al frente.

—¿Qué buscas?

Elena levantó un poco la caja.

—Traigo una entrega. Me enviaron desde el mercado del este.

El hombre la miró sin simpatía.

—¿Nombre del remitente?

—Garen Holt.

El guardia intercambió una mirada con su compañero. Luego abrió la puerta apenas lo suficiente para dejarla pasar.

—Entra. Y no toques nada.

No toques nada.

Elena cruzó el umbral sin responder.

El interior estaba oscuro y olía a vino, sudor y cera derretida. Esperaba encontrar un almacén o una sala de reuniones clandestina, pero lo primero que escuchó fue un grito.

Luego otro.

Y después una ola de aplausos.

Se detuvo en seco.

El sonido provenía de un pasillo iluminado por antorchas. Era un corredor largo, de piedra, con varias puertas cerradas a los lados y un suelo cubierto por una alfombra roja gastada. Elena avanzó despacio, apretando la caja contra el pecho.

A cada paso, el ruido aumentaba.

Voces elevadas.

Risas.

Gritos de aprobación.

El golpeteo de una vara contra madera.

Cuando llegó al final del corredor, el hombre que la había dejado entrar señaló una pequeña mesa a un lado.

—Déjalo ahí. Ya te pagarán.

Elena dejó la caja, pero no se movió.

Desde donde estaba podía ver parte de una sala enorme, circular, iluminada por lámparas de aceite y candelabros. Había filas de asientos elevados, una plataforma de madera en el centro y una multitud vestida con capas, sombreros elegantes y joyas demasiado caras para gente decente.

La curiosidad le ganó por un segundo.

Se inclinó un poco.

Y lo que vio hizo que se le revolviera el estómago.

Sobre la plataforma había una mujer encadenada de las muñecas.

Tendría unos treinta años, el vestido roto, la mirada perdida y la cara empapada en lágrimas. Un hombre de voz exageradamente alegre la sujetaba del brazo mientras anunciaba algo a los presentes.

—¡Veinticinco monedas de plata por una costurera con experiencia! ¡Sabe leer, bordar y obedecer! ¿Quién da más?

Las risas estallaron en las gradas.

Alguien levantó la mano.

Otro ofreció una cifra más alta.

Elena tardó unos segundos en entender lo que estaba viendo, aunque en el fondo ya lo sabía.

Una subasta.

No de animales.

No de mercancía.

De personas.

Sintió un sabor amargo en la boca.

Había oído rumores. Todo el mundo había oído rumores. Hombres desaparecidos en los caminos. Niñas vendidas en ciudades lejanas. Deudas que se pagaban con vidas. Pero una cosa era escuchar historias y otra muy distinta mirar a una mujer ser ofrecida como si fuera una silla vieja.

—No mires tanto si no vas a comprar —dijo una voz a su lado.

Elena se volvió sobresaltada.

Un anciano de barba recortada y traje caro la observaba con expresión aburrida, como si la escena al otro lado de la sala fuera lo más normal del mundo.

—¿Esto… esto es legal? —preguntó Elena, incapaz de ocultar el asco.

El hombre soltó una risa nasal.

—En esta ciudad, niña, lo legal depende de cuánto oro tengas en el bolsillo.

Elena apretó la mandíbula.

Quiso irse. De verdad quiso darse la vuelta, marcharse y olvidar lo que había visto. El pago ya estaba hecho. Podía tomar sus monedas y volver a casa.

Eso era lo inteligente.

Pero sus pies no se movieron.

En la plataforma, la mujer fue vendida. Después subieron a un hombre mayor, con la espalda encorvada y una herida en la frente. Luego a un adolescente tan delgado que parecía no haber comido en días.

Las ofertas iban y venían con una facilidad repugnante.

Cuarenta monedas.

Sesenta.

Setenta.

Algunas personas compraban con entusiasmo. Otras con indiferencia. Una mujer con collar de perlas incluso se quejó de que “los esclavos de este mes se veían demasiado maltratados”.

Elena sintió ganas de vomitar.

No podía entender cómo nadie en aquella sala parecía avergonzarse.

¿Cómo podían beber, reír y apostar mientras un muchacho temblaba de frío encadenado a una tarima?

¿Cómo podían mirar a otros seres humanos y ver solo precio?

Elena bajó la vista, obligándose a respirar despacio.

No era asunto suyo.

No podía arreglar aquello.

No podía salvar a todos.

Ni siquiera podía salvar a su propia familia de la pobreza.

Pensó en su madre, en la tos seca que la dejaba sin aliento al amanecer. Pensó en Tom intentando parecer valiente mientras remendaba su camisa por tercera vez. Pensó en las monedas que le esperaba el guardia, suficientes para comida, leña y tal vez una pequeña dosis de medicina.

Debía irse.

Dio un paso hacia atrás.

Entonces el subastador alzó la voz.

—¡Y ahora… traigan al último!

Hubo un cambio extraño en el ambiente.

Las conversaciones se apagaron.

Los presentes se acomodaron en sus asientos.

Incluso el anciano a su lado enderezó la espalda con visible interés.

Elena, sin saber por qué, volvió a mirar.

Dos hombres arrastraron a un joven encadenado desde una puerta lateral.

No caminaba; apenas mantenía el equilibrio.

Tenía las muñecas sujetas por gruesos grilletes de hierro y una cadena más pesada rodeándole la cintura. Su camisa estaba hecha jirones y dejaba al descubierto parte del torso, cubierto de cortes, hematomas y cicatrices viejas. El cabello oscuro, demasiado largo, le caía sobre la frente en mechones húmedos, y uno de sus pómulos estaba hinchado por un golpe reciente.

Parecía agotado.

Destrozado.

Casi muerto.

Y, sin embargo, no había derrota en él.

Eso fue lo primero que Elena notó.

No la sangre.

No las cadenas.

No las heridas.

Sino la forma en que levantó la cabeza.

La forma en que miró la sala.

Con desprecio.

Con una calma peligrosa.

Con esa clase de silencio que no nace de la sumisión, sino de la rabia contenida.

El murmullo creció entre el público.

—Es él.

—¿Ese es el problemático?

—Dicen que mató a tres hombres.

—No, fueron cinco.

—Escapó dos veces.

—Lo encontraron en la frontera norte.

—Escuché que vale una fortuna.

Elena no apartó los ojos.

El joven fue obligado a arrodillarse en el centro de la plataforma, pero ni siquiera así inclinó la cabeza. Un guardia lo golpeó en la nuca para forzarlo a bajar la vista. Él apenas reaccionó. Solo apretó la mandíbula.

El subastador sonreía como un buitre satisfecho.

—Damas y caballeros —anunció con entusiasmo teatral—, les presento la pieza más conflictiva de esta temporada.

Las risas se esparcieron.

—No sabemos con certeza de dónde viene —continuó el hombre—, pero sí sabemos dos cosas: es fuerte… y es muy, muy caro de mantener con vida.

Más risas.

Elena sintió que se le erizaba la piel.

No sabía por qué aquel hombre le causaba tanta impresión. Era un desconocido. Podía ser un criminal. Un asesino. Un desertor. Un monstruo. Pero había algo en él que no encajaba con la imagen de un esclavo vencido.

No parecía pertenecer a aquel lugar.

No parecía pertenecer a las cadenas.

El subastador le sujetó el rostro con una mano, obligándolo a mirar al público.

—Nuestro invitado especial ha matado guardias, ha roto esposas, ha provocado disturbios y ha intentado escapar más veces de las que estoy dispuesto a contar. Así que, para no hacerles perder el tiempo…

Se inclinó con una sonrisa cruel.

—Si nadie lo compra esta noche, será ejecutado al amanecer.

El silencio cayó de golpe.

Un silencio distinto al de antes.

No de compasión.

De interés.

Como si la posibilidad de ver morir a alguien añadiera emoción al espectáculo.

Elena tragó saliva.

Miró al muchacho.

Esperaba ver miedo. O al menos una chispa de desesperación.

No vio nada de eso.

Los ojos del joven se alzaron con lentitud.

Azules.

No del azul claro del cielo de verano, sino del azul profundo del hielo antes de romperse. Eran ojos fríos, despiertos, demasiado inteligentes. Ojos que no suplicaban. Ojos que parecían estar contando enemigos.

Elena sintió un extraño estremecimiento.

El subastador comenzó a caminar a su alrededor.

—Abrimos la puja en cien monedas de plata.

Un hombre del fondo levantó la mano.

—Cien.

—¡Ciento veinte! —gritó otro.

—Ciento cincuenta.

—Doscientas.

La cifra subió con rapidez.

Elena apenas escuchaba.

Seguía mirando al esclavo.

Había sangre seca en su cuello. Un corte reciente en la clavícula. Marcas de cuerda en las muñecas. Y, aun así, mantenía la espalda recta con una terquedad que resultaba absurda.

Como si se negara a dejar que lo vieran roto.

Como si, incluso encadenado y a un paso de la muerte, se aferrara a algo que no estaba dispuesto a perder.

Orgullo, pensó Elena.

No.

No era solo orgullo.

Era otra cosa.

Era la clase de dignidad que nadie podía fingir.

Una dignidad peligrosa.

A su lado, el anciano del traje elegante sonrió.

—Pagaría el doble solo por verlo pelear.

Elena lo miró con una mezcla de horror y rabia.

—Está herido.

—Y aun así vale cada moneda —respondió él—. Mira sus hombros. Sus manos. Su postura. Ese no es un campesino. Es un arma.

Elena apartó la vista, incómoda.

Un arma.

Quizá eso era para todos ellos.

Un cuerpo fuerte para comprar, vender o utilizar.

Pero mientras el precio seguía subiendo, Elena no podía dejar de pensar en otra cosa:

si aquel hombre era tan peligroso como decían… ¿por qué no estaba rogando por su vida?

La respuesta llegó unos segundos después.

Porque no esperaba que nadie lo salvara.

La idea la golpeó con una fuerza absurda.

Aquel desconocido ya se había resignado a morir.

No con cobardía.

No con paz.

Sino con la certeza helada de que nadie en el mundo movería un dedo por él.

Y por primera vez en toda la noche, Elena sintió algo peor que rabia.

Sintió pena.

No la pena suave y distante que uno siente por los desconocidos. Sino una punzada viva, incómoda, casi personal. Como si de pronto la sala entera se hubiera reducido a aquel hombre arrodillado en medio de las antorchas, rodeado de gente rica que discutía su precio mientras decidía si valía la pena dejarlo vivir unas horas más.

Las ofertas siguieron.

Doscientas treinta.

Doscientas cincuenta.

Doscientas setenta.

Una cifra imposible para Elena.

Ella llevaba escondidas en el forro interior de su falda apenas unas cuantas monedas de plata. Ahorros reunidos durante años. Dinero para la medicina de su madre, para pagar una deuda atrasada, para sobrevivir un poco más.

Dinero que no alcanzaba ni para respirar en aquella sala.

Así que se obligó a recordar quién era.

No una heroína.

No una noble.

No una salvadora.

Solo Elena Valmont, hija de un comerciante muerto, costurera ocasional, mensajera por necesidad y hermana mayor de un niño que aún creía que ella podía arreglarlo todo.

No podía arreglar aquello.

No debía intentarlo.

Tenía que irse.

De verdad tenía que irse.

Apretó el puño.

Retrocedió un paso.

Entonces ocurrió.

El esclavo levantó la vista.

No fue un movimiento brusco. Ni teatral. Ni suplicante.

Solo alzó la cabeza con lentitud, como si el peso de las cadenas no significara nada.

Y la miró.

A ella.

Entre decenas de rostros, entre capas finas, perfumes caros y risas crueles… la miró directamente a ella.

Elena dejó de respirar.

No sabía cómo explicarlo. No era una mirada de auxilio. No le pedía compasión. No pedía nada.

Pero había algo en esos ojos.

Algo feroz.

Algo roto.

Algo peligrosamente humano.

Durante un segundo, la sala desapareció.

No hubo gritos ni ofertas ni cadenas ni lluvia golpeando los ventanales.

Solo aquella mirada.

Y una pregunta absurda, insoportable, empezó a abrirse paso dentro de Elena.

¿Y si no era un criminal?

El pensamiento la sobresaltó.

No sabía nada de él.

Podía haber matado a alguien. Podía ser exactamente todo lo que decían. Podía ser peor.

Pero también podía ser otra cosa.

Podía ser una víctima.

Podía ser un hombre al que habían arrancado de su vida y arrojado a una tarima para venderlo como carne.

Podía ser alguien que no merecía morir al amanecer.

—¡Doscientas noventa monedas! —gritó un hombre.

—¡Trescientas! —respondió otro.

Elena sintió un latido sordo en la garganta.

Trescientas monedas.

Era una locura.

Ni reuniendo todo lo que tenía, todo lo que había guardado en años, alcanzaría una cifra así.

Y sin embargo no podía apartar la vista.

El subastador sonrió, encantado.

—¿Nadie da más? ¿Nadie quiere llevarse a esta bestia antes de que la ejecutemos?

La palabra bestia le revolvió el estómago.

El joven no se movió.

No dijo una sola palabra.

Solo seguía mirándola.

Como si, por una razón que Elena no comprendía, hubiera decidido fijarse precisamente en ella.

Elena sintió calor en el rostro a pesar del frío.

Bajó la mirada, incómoda consigo misma.

No seas estúpida.

No puedes hacer nada.

No lo conoces.

No sabes qué hizo.

No sabes quién es.

Pero la imagen de la tarima se le clavó en el pecho.

Y entonces, sin saber todavía que esa noche partiría su vida en dos, Elena comprendió algo aterrador:

si se marchaba ahora, no podría olvidarlo.

Podría volver a casa.

Podría comprar medicina.

Podría sentarse junto a su madre, servirle sopa y fingir que todo seguía igual.

Pero cuando amaneciera, sabría que en algún rincón de la ciudad aquel hombre habría muerto encadenado mientras ella se alejaba con las manos limpias y el corazón podrido de culpa.

La idea la dejó inmóvil.

Arriba, el subastador levantó el brazo para cerrar la puja.

—¡Trescientas monedas por primera vez…!

La voz resonó en toda la sala.

Elena sintió un escalofrío.

—¡Trescientas monedas por segunda vez…!

Su pulso se aceleró.

El muchacho seguía mirándola.

No con esperanza.

No con ruego.

Solo con esa intensidad insoportable que parecía preguntarle quién era en realidad.

Y Elena, por primera vez en mucho tiempo, no supo la respuesta.

Porque la chica responsable, la hija obediente, la hermana prudente, la mujer que contaba cada moneda antes de gastarla… esa chica ya debería haber salido corriendo.

Y sin embargo seguía allí.

—¡Trescientas monedas por tercera…!

Elena dio un paso al frente sin darse cuenta.

El anciano a su lado arqueó una ceja.

La sala entera se convirtió en un murmullo lejano.

Su corazón golpeaba tan fuerte que apenas escuchó su propia respiración.

No.

No iba a hacerlo.

No podía.

Era imposible.

Era una locura.

Era el peor error de su vida.

Pero mientras el martillo del subastador comenzaba a caer, Elena supo que ya era demasiado tarde para fingir indiferencia.

Porque esa noche no había entrado en aquella sala solo para entregar un paquete.

Había entrado para encontrar su ruina.

Y aún no lo sabía.

Continuará…

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Lusi 💕
😭noooooooooo me dejaste a medias cuando realmente empezaba lo bueno 😭🤭
Jan Vilar: mañana habrá más capítulos /Determined//Determined/
total 1 replies
Lusi 💕
Dios es sencillamente fascinante , 🥰🥰🥰 me como los capítulos en menos de 10 minutos....
Lusi 💕
No, no ,no ,no ,no ,no necesito actualización 😕😞 Dios mío me comí los capítulos en 3 minutos nooooooo
Lusi 💕
Interesante
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