Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 9
...AITANA...
El auto del pretendiente de María era un Mercedes-Benz del año, con asientos de cuero que olían a importado y un sistema de sonido que hacía que la música se escuchara como si la orquesta estuviera tocando en vivo dentro de la cabina.
El tipo se llamaba Carlos, era un ingeniero de petróleos treintón, simpático y con la billetera lo suficientemente inflada como para cumplir los exigentes estándares de mi amiga.
María iba adelante, riéndose de cada uno de sus chistes y tocándole el brazo con picardía, mientras yo iba en el asiento de atrás, mirando mi reloj de reojo. Eran las diez y media de la noche. Cumpliría mi promesa: dos tandas de baile y a la medianoche a dormir.
Sin embargo, el panorama empezó a cambiar cuando dejamos atrás la zona de los bares populares del barrio y nos adentramos en el sector financiero más exclusivo de la ciudad.
Las calles agrietadas le dieron paso a avenidas perfectamente pavimentadas, rodeadas de rascacielos de cristal y hoteles boutique.
Carlos detuvo el auto frente a una fachada de mármol negro sin ningún tipo de letrero comercial. Solo había un enorme tapete rojo, dos cordones de terciopelo y cuatro guardias de seguridad de dos metros de altura que revisaban una lista en una tableta.
—¿Carlos, disculpa... no íbamos a una discoteca? —pregunté, inclinándome hacia adelante entre los dos asientos, frunciendo el ceño—. ¿Qué hacemos aquí? Esto no parece un lugar para bailar.
—Es un club privado, Aitana —respondió él con una sonrisa de suficiencia, pasándole las llaves al valet parking—. The Void. Solo entras con membresía o si eres invitado de honor. Mi jefe me dio unos pases para la zona VIP hoy. Relájate, adentro tienen de todo: DJ internacional, una pista excelente y los mejores tragos de la ciudad. Te va a encantar.
María se giró hacia mí, con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Aitana, por Dios! ¡Vamos! —me susurró emocionada—. Esto es el cielo de los solteros cotizados. Camina.
Me bajé del auto sintiéndome ridículamente fuera de lugar con mi vestido sencillo, aunque por suerte me había puesto unos tacones que estilizaban el conjunto. Pasamos el filtro de seguridad gracias a Carlos y el ascensor privado nos llevó directo al penthouse del edificio.
En cuanto las puertas se abrieron, la opulencia me dio un bofetón. Luces de neón azules y violetas, música electrónica de alta fidelidad flotando en el ambiente y salas lounge de terciopelo donde la crema y nata de la ciudad consumía botellas que costaban más que mi sueldo anterior.
Carlos nos guio hacia una de las zonas VIP más reservadas, una terraza con una vista impresionante de toda la ciudad iluminada.
—¡Muchachos! Qué bueno que llegaron —gritó Carlos, alzando la mano hacia un grupo de personas que ocupaba el mejor espacio de la terraza.
Seguí la mirada de Carlos y, de repente, sentí que el piso se abría bajo mis pies. El aire se me congeló en los pulmones. No podía ser verdad. El mundo no podía ser tan jodidamente pequeño.
Sentado en el centro del sofá principal, con la camisa blanca de sastre a medio desabrochar, un reloj de oro brillante en la muñeca y un vaso de whisky con una sola esfera de hielo en la mano, estaba él.
Henrry Montenegro.
Estaba rodeado de un par de modelos y dos hombres de negocios que reían ante algo que él acababa de decir. Se veía jodidamente guapo, relajado y con esa aura de rey intocable que tanto me fastidiaba.
Cuando Carlos se acercó a saludarlo con un saludo de manos familiar —resulta que el "jefe" de Carlos era socio del holding Montenegro—, Henrry giró la cabeza con pereza.
Su mirada barrió a Carlos, luego a María, y finalmente se clavó en mí.
Vi el milimétrico segundo en que sus ojos oscuros se abrieron con sorpresa, para luego transformarse en una expresión de absoluta incredulidad.
Henrry dejó su vaso de whisky sobre la mesa de centro con un golpe seco, se puso de pie despacio y cruzó los brazos, mirándome de arriba abajo.
Una sonrisa cínica, cargada de una malicia pura, se dibujó lentamente en sus labios.
Caminó hacia mí, acortando la distancia mientras Carlos y María se acomodaban en el sofá sin notar la tensión nuclear que acababa de desatarse.
—Vaya, vaya, Vega... —soltó Henrry, y su voz arrastrada y burlona compitió con la música del club. Se inclinó un poco hacia mí, lo suficiente para que pudiera oler su perfume costoso mezclado con el tabaco premium—. Pero qué grata sorpresa.
Apreté los puños, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que pude reunir, aunque por dentro quería que me tragara la tierra.
Henrry soltó una risa seca llena de ironía, y me miró con fijeza, arqueando una ceja con superioridad.
—¿Qué pasa, Vega? ¿Se te perdió la biblioteca? —me recriminó en un siseo bajo, con los ojos encendidos de burla—. ¿Supuestamente no eres la tutora responsable de Mía? La mujer intachable que casi me crucifica en el pasillo esta tarde por la moral y la seguridad de mi hermana... ¿Y ahora resulta que te la pasas de fiesta en clubes exclusivos un viernes por la noche?
Me crucé de brazos, dando un paso al frente para no dejarme intimidar por su altura ni por su maldito estatus.
El round de la noche acababa de empezar.
—No se me perdió nada, Montenegro —le respondí, dando un paso al frente, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Tengo vida privada, algo que claramente tú no entiendes porque la tuya le pertenece a las revistas de chismes. Además, mi labor terminó a las siete de la noche. Son las once de la noche de un viernes. Saca la cuenta, genio de las finanzas.
Henrry soltó una risa ronca, pero sus ojos oscuros no se desviaron de los míos. Dio un paso más, acortando la distancia de una forma tan abrupta que pude sentir el calor de su cuerpo. Era exasperantemente alto.
Su mirada bajó por mi cuello, recorriendo el vestido que, bajo las luces de neón violetas del club, se ceñía a mi cuerpo de una manera que me hizo sentir repentinamente expuesta.
—Te queda bien el vestido, Vega. Te saca de esa vibra de monja de escuela pública que traías esta tarde —siseó, con una mezcla de burla y una intensidad diferente, una que me aceleró el pulso de golpe—. Pero no me cambies el tema. Casi me das un ataque de moralidad en el pasillo, llorando por la seguridad de Mía, y resulta que tu concepto de "responsabilidad" incluye andar de cacería en el VIP de mi socio.
—¿De cacería? —La indignación me encendió la sangre. Le di un empujón firme en el pecho con la palma de mi mano para alejarlo—. No me hables como si me conocieras. Vine con mi amiga. Yo no ando buscando herederos tontos para que me paguen los tragos.
Henrry no se movió ni un milímetro con mi empujón; al contrario, atrapó mi muñeca en el aire antes de que pudiera bajar la mano. Su agarre fue firme, caliente, idéntico al de la tarde en el pasillo, pero esta vez la fricción de su piel contra la mía se sintió como una descarga de alto voltaje.
—Suéltame, Henrry —le advertí en voz baja, con el corazón latiéndome en la garganta.
—¿O si no qué? ¿Le vas a decir al viejo Augusto? —me desafió, con una sonrisa cínica que se desvaneció lentamente cuando sus ojos se fijaron en mis labios. El roce negativo de su arrogancia chocaba de frente con una tensión física innegable que ninguno de los dos podíamos disimular. Estábamos demasiado cerca, respirando el mismo aire cargado de alcohol—. Me tienes atado de manos con lo de Mía, Vega. Pero aquí afuera no eres su mentora. Aquí eres solo una mujer en mi club.
—Una mujer que te puede arruinar la reputación si abro la boca, Montenegro —le recordé, tratando de mantener la voz firme aunque el roce de sus dedos en mi muñeca me estuviera volviendo loca—. Suéltame.
Él sostuvo el agarre un segundo más, midiendo mis fuerzas, retándome con la mirada, hasta que finalmente me soltó despacio, deslizando sus dedos por mi piel en una caricia lenta.
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—¡Aitana! ¡Ven! toma algo de champaña! —gritó María desde el sofá, completamente ajena al incendio que estaba ocurriendo a dos metros de ella. Carlos asentía, sirviendo los vasos.
Henrry dio un paso atrás, recuperando su postura de playboy intocable, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y me dedicó una última mirada.
—Ve a tomarte tu champaña, Vega. Disfruta tu noche de cenicienta —murmuró.
Se dio la vuelta y regresó al sofá con sus amigos, dejándome parada en medio de la terraza con las piernas temblando, la muñeca ardiendo por su toque y una furia electrizante recorriéndome el cuerpo.
Regresé al sofá VIP con las pulsaciones al límite y me senté junto a María.
A los pocos minutos, una mujer despampanante, de esas que parecen sacadas de una pasarela de Milán, llegó a la mesa y se sentó directamente en las piernas de Henrry.
Él no tardó ni un segundo en seguirle el juego; la rodeó por la cintura, le susurró algo al oído que la hizo reír y comenzó a coquetearle descaradamente, lanzándome miradas de reojo por encima de su hombro para asegurarse de que lo estaba viendo.
Yo simplemente saqué mi teléfono. Ignoré el espectáculo por completo, clavando los ojos en la pantalla y deslizando el dedo sin mirar nada en realidad.
—¡Aitana, muévete, vamos a la pista! —María me tomó del brazo, sacándome de mi letargo y arrastrándome hacia la zona de baile, lejos de la densa atmósfera de la terraza.
En cuanto nos mezclamos con la multitud bajo las luces parpadeantes, María se giró hacia mí con una expresión llena de culpa.
—Aitana, de verdad, lo siento muchísimo —me dijo al oído, compitiendo con la música—. Te juro que yo no sabía que ese tipo fuera amigo de Carlos, ni mucho menos que estaría aquí esta noche. Si lo hubiera sabido...
—Mari, hey, mírame —la interrumpí, tomándola de los hombros y regalándole una sonrisa sincera—. No te preocupes por eso. De igual forma tú no tienes la culpa de nada. No adivinas el futuro.
Miré de reojo hacia la zona VIP y luego de vuelta a mi amiga. No quería arruinarle la noche con el pretendiente que tanto le gustaba.
—Si no te sientes cómoda, pedimos un taxi y nos vamos ya mismo, ¿sí? —me propuso María, dispuesta a dejarlo todo por mí.
—No, claro que no —le respondí de inmediato—No te vas a dañar la fiesta por mí, ni boba que fueras. No te preocupes, en serio. Simplemente no le prestaré atención a ese insoportable y ya está. Vinimos a bailar, ¿no? ¡Entonces bailemos!
María sonrió aliviada y nos dejamos llevar por el ritmo de la música, intentando ingnorar la presencia de henrry por el resto de la noche.
...…...
...HENRRY...
Me tomé el resto del whisky de un solo trago, despachando a la modelo que se había sentado en mis piernas con una excusa barata sobre negocios.
Ya me había aburrido del juego. Vi a Aitana moverse en la pista de baile con una soltura que me estaba volviendo loco, ignorándome con una facilidad que hería mi orgullo.
Cuando Carlos y María se alejaron un momento hacia la barra, Eduardo, uno de los inversionistas del fondo que compartía la mesa conmigo, se reincorporó en su asiento, soltando una risa cargada de desprecio.
—Carlos, por Dios, de verdad... ¿qué tienes en la cabeza? —soltó Eduardo, mirando hacia la pista con una mueca de asco—. ¿Ahora solo te juntas con indigentes o qué? ¿Por qué trajiste a esas dos tipas aquí? Claramente no pertenecen a este mundo. Mírales la ropa.
Me tensé en el sofá. Carlos había regresado a la mesa sin que nos diéramos cuenta. Escuchó perfectamente el comentario de Eduardo y se detuvo en seco.
Yo intervine, adoptando mi postura más cortante.
—Eduardo tiene razón en algo, Carlos —dije, apoyando los codos en las rodillas y mirando a mi socio con fijeza—. Sabes perfectamente que a estos lugares no puedes traer a cualquiera. Hay un filtro de seguridad y un estatus que mantener.
Carlos, lejos de intimidarse por Eduardo o por mi, dio un paso al frente. Guardó las manos en los bolsillos, respiró hondo y nos miró a ambos con una seriedad que nunca le había visto.
—Sé perfectamente a quién traje, Henrry —respondió Carlos, con la voz firme y decidida—. Sé que a estos lugares no se puede traer a cualquiera, pero no me importa lo que piensen. Estoy enamorado de María. Y de hecho, esta misma noche le voy a pedir que sea mi pareja oficialmente. Así que les exijo respeto para ella y para su amiga.
Eduardo se quedó mudo, dándose cuenta de que había metido la pata hasta el fondo con la futura mujer de su socio. Yo me recosté de nuevo en el sofá, asimilando las palabras de Carlos.
Así que la amiga de la mentora de mi hermana estaba a punto de entrar formalmente a nuestro círculo.
Miré de nuevo hacia la pista de baile, donde Aitana se reía ajena a la conversación. Las cosas se estaban complicando a una velocidad ridícula.