"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 5: "Nombres y otras trampas"
—Hay que pensar en nombres —dijo Ana dos semanas después.
Estábamos en su cocina, ella preparando un té de jengibre que olía a medicina china y yo mirando el móvil como si me pagaran por no levantar la cabeza. Llevábamos todo el mes de embarazo yendo a citas, pintando paredes, discutiendo sobre colores, y yo empezaba a sentirme como un actor que ha ensayado tanto su papel que ya no recuerda si le gusta o solo lo hace por inercia.
—¿Ya? —pregunté, sin levantar la vista.
—Ya. Son tres meses. Empieza a notarse.
Se levantó la camiseta y señaló su vientre. No había una barriga propiamente dicha, solo una ligera curva, un abultamiento apenas perceptible. Pero estaba ahí. Y yo, que no sabía cómo reaccionar a los cambios físicos de los demás, me quedé mirando como quien mira un cuadro abstracto.
—¿Se nota? —preguntó.
—Un poco.
—Dos kilos y medio. —Sonrió—. La mitad es culpa tuya.
—La otra mitad es del bebé.
—Y del té de jengibre.
Se bajó la camiseta y se sentó frente a mí. Su cara tenía un brillo que no le había visto antes. No era felicidad exactamente, pero se le parecía. Era una mezcla de cansancio y expectativa, como quien espera un tren que sabe que va a llegar pero no sabe a qué hora.
—Nombres —repitió, como si la palabra fuera un mantra—. ¿Se te ocurre alguno?
—No.
—¿Ninguno?
—Ana, no he pensado en nombres. He pensado en cómo sobrevivir a los próximos meses. En cómo no perder mi trabajo. En cómo no volverme loco. Nombres no.
Ana puso los ojos en blanco. Era un gesto tan familiar que casi me hizo sonreír.
—Vale. Te voy a dar opciones. —Sacó su móvil y empezó a leer de una lista que había preparado. —Para niña: Luna, Sofía, Valeria, Martina, Clara, Isabel, Alma...
—Alma es el nombre de una canción de los años 80.
—¿Y qué?
—Que suena a vieja.
—¿Y Luna?
—Luna es un satélite.
—¿Y Sofía?
—Demasiado común.
—¿Y Valeria?
—Nombre de telenovela.
—¿Y Martina?
—Martina es mi dentista. Y me llevo mal con ella.
Ana dejó el móvil sobre la mesa y me miró con una mezcla de exasperación y diversión.
—¿A ti te gusta algún nombre, o solo te dedicas a destruir los míos?
—Los tuyos son buenos. Pero no me encajan.
—¿Y qué nombres te encajan?
No supe qué responder. Porque no había pensado en nombres. Había pensado en las cosas prácticas: la habitación, los pañales, la guardería. Los nombres eran un lujo que no me podía permitir. Los nombres eran poesía, y yo no era poeta.
—¿Y para niño? —pregunté para cambiar de tema.
Ana volvió a la lista: —Mateo, Lucas, Daniel, Pablo...
—Pablo es mi mejor amigo. Sería raro.
—Entonces no Pablo. ¿Mateo?
—Suena a apóstol.
—¿Lucas?
—Suena a amigo de apóstol.
—¿Daniel?
—Demasiado formal. Parece que estuviera en una reunión de accionistas.
Ana suspiró y apoyó la cabeza sobre la mesa.
—Eres imposible —murmuró.
—Lo sé.
—Pero tienes que elegir. No podemos llamarlo "bebé" para siempre.
—¿Y por qué no? En muchos países lo hacen. "Bebé" es un nombre válido.
—Pablo, no vamos a llamar a nuestro hijo "Bebé".
—¿Nuestro? —La palabra salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
Ana levantó la cabeza y me miró fijamente. Sus ojos, que segundos antes estaban llenos de exasperación, ahora tenían algo más profundo. Algo que no supe nombrar.
—Sí, nuestro —dijo con suavidad—. Puede que no lo planeáramos, puede que no estés adaptado, puede que todo esto sea un caos, pero es nuestro. ¿O no?
El silencio se hizo pesado. Yo quería decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se atascaron en mi garganta. Porque tenía razón. Era nuestro. Aunque yo no me sintiera suyo. Aunque todo me pareciera un sueño del que iba a despertar en cualquier momento.
—No sé —dije al final—. A veces siento que esto le pasa a otro. Que yo solo estoy de paso.
—¿De paso?
—Sí. Como si en cualquier momento todo esto se acabara y yo volviera a mi vida. A mi departamento. A mi coche. A mis listas.
Ana se levantó y dio la vuelta a la mesa. Se sentó a mi lado, tan cerca que podía oler su perfume —ese que usaba desde que la conocí, el mismo que ahora se mezclaba con el olor a jengibre y a embarazo— y puso su mano sobre la mía.
—No es de paso, Pablo. Esto es real. Y tú estás aquí. Discutiendo nombres. Pintando habitaciones. Yendo a ecografías. Eso no lo hace alguien que está de paso.
—Eso lo hace alguien que no sabe decir que no.
Ana se rió. Pero era una risa triste, como si hubiera entendido algo que yo no quería entender.
—Puede que tengas razón. Pero da igual. Estás aquí. Y mientras estés aquí, vamos a elegir un nombre.
Pasamos la hora siguiente repasando listas. Ana decía nombres y yo los rechazaba uno por uno. "Demasiado largo", "demasiado corto", "demasiado moderno", "demasiado antiguo", "suena a político", "suena a actor porno", "suena a marca de yogur". Ana se reía, se frustraba, se reía de nuevo.
Al final, cuando ya estábamos agotados y la lista de nombres se había reducido a cenizas, Ana dijo:
—¿Y si no elegimos ninguno?
—¿Cómo?
—Que esperemos a verlo. A veces los bebés parecen tener su propio nombre. Mi hermana no decidió el de mi sobrina hasta que nació. La miró y dijo "es Clara". Y lo era.
—¿Y si nace y no parece nada?
—Entonces lo llamamos "Bebé" y lo cambiamos cuando tenga dos años.
Reí. Era una risa rara, la primera que me salía sin esfuerzo en semanas.
—De acuerdo —dije—. Esperamos.
Ana sonrió y apoyó su cabeza en mi hombro. Era un gesto íntimo, de esos que habíamos compartido durante nuestra relación pero que habíamos perdido después de la separación. Me sentí incómodo. Pero también, en algún lugar extraño de mi pecho, me sentí en paz.
—Sabes —dijo ella, en voz baja—, no me importa si no sabemos el nombre. Ni el color de la habitación. Ni cómo cambiar un pañal. Me importa que estés aquí, discutiendo sinrazones.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es bueno. —Levantó la cabeza y me miró—. Es muy bueno.
Salí de su apartamento con el eco de esa conversación en la cabeza. Nombres. Listas. Discusiones. Todo parecía absurdo y esencial al mismo tiempo. Como elegir un nombre para alguien que aún no conoces, pero que ya sabe latir.
En el coche, antes de arrancar, abrí el bloc de notas y escribí:
"No sé si será niño o niña. No sé cómo se llamará. No sé si seré un buen padre. Pero hoy he discutido nombres con ella. Y no ha sido horrible."
Luego debajo:
"Quizás adaptarse no es saber las respuestas. Es aprender a hacer las preguntas juntos."
Guardé el bloc y arranqué el coche. Las calles de la ciudad estaban iluminadas por las farolas, y yo, que normalmente veía solo tráfico y semáforos, aquella noche vi algo más. Vi a una mujer embarazada paseando a su perro. Vi a un padre cargando a su hija en brazos. Vi a un niño aprendiendo a montar en bicicleta. Y por primera vez, no sentí miedo. Sentí curiosidad.
No estaba adaptado a ser padre. Pero quizás, solo quizás, estaba empezando a adaptarme a la idea de intentarlo.
Esa noche, en mi departamento, soñé con un bebé sin nombre que me llamaba desde una habitación beige. Y en el sueño, yo no corría. Me quedaba.