En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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Eres el Príncipe Heredero de la Casa Real de VALERION.
—Un águila dorada… —repitió ella, con los ojos brillantes—. Caelen, ese es el símbolo de Casa Real de VELARION, del reino antiguo y poderoso de AETHYR, una nación legendaria situada en el norte, más allá de las montañas de hielo, conocida como El Reino de la Luz Eterna. Es un linaje incluso más antiguo que el de Zoraya, con magia propia y símbolos únicos. Hace unos veinte años, desapareció de la noche a la mañana. Hubo una rebelión, dicen, o una traición. La familia real fue asesinada… salvo al heredero, un niño pequeño que nunca se encontró. Se lo llevaron para salvarlo, pero se perdió su rastro para siempre. Todo el mundo cree que murió. Pero tú… tú encajas con todo. La edad, la magia, las marcas, el collar de oro y piedra azul… ¡Eres tú! ¡Eres el Príncipe Heredero de la Casa Real de VALERION! ¡Eres realeza, Caelen! Más que realeza: eres de la sangre más pura y antigua que existe, igual o más que la mía.
Caelen se quedó inmóvil, pálido, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. La información caía sobre él como una tormenta, reordenando todo lo que creía saber de sí mismo. Él… un príncipe. Él… el heredero de un reino perdido. Él, que siempre había sido tratado como basura, como un don nadie. Pero al mismo tiempo, algo en su alma reconoció la verdad. Una sensación de pertenencia, de justicia, de propósito llenó su pecho, mezclada con miedo y confusión.
—¿Y si es verdad? —susurró él, con voz temblorosa—. ¿Qué significa eso? ¿Qué hago ahora? Si soy quien dices… entonces tengo enemigos poderosos. Gente que mató a mi familia para quitarles el trono. Gente que todavía puede estar buscándome para terminar el trabajo. Layla… estar conmigo no solo es "no adecuado" como dicen… es peligroso. Mortalmente peligroso.
Layla no dijo nada. Simplemente se lanzó sobre él, besándolo con pasión, con fuerza, con todo su amor, borrando su miedo, reafirmando su verdad. Sus manos recorrieron su cuerpo, abrazándolo con desesperación, sintiendo la necesidad de unirse a él de nuevo, de demostrarle que nada de eso importaba, salvo lo que sentían el uno por el otro.
—No me importa el peligro —le dijo ella entre besos, mientras sus manos comenzaban a recorrer caminos ardientes de nuevo, despertando el fuego que nunca se apagaba entre ellos—. No me importa quién eras o quién eres ahora. Te amo, Caelen. amo al hombre que me defendió en el mercado, al hombre que me enseñó el bosque, al hombre que me amó como nadie lo ha hecho. Y si eres un príncipe perdido… entonces mi destino es encontrarte, devolverte tu lugar y estar a tu lado para siempre.
La tensión, la emoción, la verdad descubierta y el miedo transformado en deseo hicieron que la pasión entre ellos estallara de nuevo, con más fuerza si cabe que la noche anterior. Ya no eran dos desconocidos. Eran dos almas que se reconocían, dos sangres reales que se mezclaban, dos destinos que se unían para cambiar la historia.
Caelen la recostó suavemente sobre la hierba fresca, cubriendo su cuerpo con el suyo, mirándola con una mezcla de adoración y asombro. Sus manos, grandes y expertas, recorrieron cada centímetro de su piel, memorizando cada forma, cada reacción, cada punto sensible que la hacía arquearse y gemir de placer. Le besó los labios, el cuello, bajó por su pecho, tomando en su boca los pechos firmes y redondos de ella, haciéndola estremecerse violentamente, arrancándole suspiros que se perdían en el aire libre.
—Eres mi reina, lo seas o no ante el mundo —murmuró él contra su piel, con voz ronca y cargada de deseo, mientras sus dedos se deslizaban entre sus piernas abiertas, buscando el centro de su placer, encontrándola húmeda, ardiente y dispuesta para él—. Eres lo único que me importa. Y si tengo que reclamar mi nombre, mi trono y mi poder… lo haré. Pero solo si tú estás conmigo. Solo si eres tú quien me guía.
—Siempre… —susurró ella, perdida en la sensación increíble que él le provocaba, sintiendo cómo la tocaba con una destreza divina, haciéndola volar, haciéndola suya una y otra vez—… soy tuya. Todo lo que soy, todo lo que tengo, es tuyo.
Cuando entró en ella, despacio, profundo, llenándola por completo, ambos lanzaron un gemido de satisfacción y plenitud. Se movieron con un ritmo frenético y a la vez lento y amoroso, uniendo sus cuerpos al mismo tiempo que unían sus vidas, sus secretos, sus verdades. La magia volvió a brotar, envolviéndolos en una luz dorada y azul brillante que nadie más podía ver, sellando su unión con un poder antiguo y eterno.
Caelen, el hombre sin pasado, el hombre que todos despreciaban, el príncipe perdido, amó a la princesa guerrera bajo la luz del sol naciente, con la fuerza de un rey y la ternura de un amante, demostrando que su sangre real no estaba solo en sus marcas o en sus recuerdos, sino en la forma en que la amaba, en cómo la respetaba y en cómo estaba dispuesto a cambiar todo su mundo por ella.
Cuando el placer los estalló de nuevo, perdiéndose juntos en el abismo del clímax, Caelen se quedó apoyado sobre sus brazos, mirando a Layla a los ojos, con una determinación nueva y brillante en su mirada.
—Está bien —dijo él, con voz firme y potente, la voz de un líder, de un rey—. Vamos a hacerlo. Vamos a ir a buscar mi verdad, mi historia, mi origen. Vamos a ir a a la casa real de VALERION, o a donde sea necesario. Y si tengo un nombre, un título, un poder… lo usaré. Lo usaré para ti, Layla. Para ti y para nosotros.
Layla le sonrió, esa sonrisa triunfal y llena de amor que iluminaba todo a su alrededor. Había encontrado lo que buscaba. Había encontrado a su igual, a su compañero, a un hombre que valía más que todos los príncipes del mundo juntos. Y ahora, la verdadera aventura comenzaba.
Se vistieron despacio, con una nueva complicidad, con una confianza absoluta. Ya no eran solo una princesa rebelde y un guía misterioso. Eran dos almas reales, unidas por el destino, listas para enfrentarse a cualquier peligro, a cualquier enemigo, para reclamar lo que era suyo.
Mientras montaban de nuevo, listos para continuar el viaje, Layla miró hacia el horizonte, sintiendo cómo el mundo se abría ante ellos. Sabía que el camino sería duro, que habría secretos oscuros, traiciones y batallas. Pero también sabía que, con Caelen a su lado, nada era imposible. Y, sobre todo, sabía que el hombre que todos creían que no era adecuado para ella… resultó ser el único digno de su amor, y el único capaz de estar a su altura y más allá.
—¿Estás listo, mi príncipe? —le preguntó ella con una sonrisa traviesa y llena de promesas.
Caelen sonrió, esa sonrisa que ahora tenía el brillo de la realeza y la fuerza de quien ha encontrado su camino, y espoleó su caballo al lado del suyo.
—Más que nunca, mi princesa —respondió él—. Vamos a escribir nuestra leyenda.