Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 5: El contraataque del azúcar glas
La victoria sobre el primo traidor de Ramiro había dejado a Penélope con una sensación de euforia flotando en las venas. Durante todo el día anterior, su sonrisa había sido tan brillante como el neón de su fachada. Ver al estirado panadero de enfrente persiguiendo a Charly con una baguette dura como si fuera un garrote medieval había sido el mejor espectáculo de la temporada. Sin embargo, la pastelera sabía que en la guerra comercial el estancamiento era sinónimo de muerte. Ramiro estaba herido en su orgullo patrio, lo que lo convertía en un animal acorralado y predeciblemente peligroso. Si quería asegurar el monopolio de los eventos del Ayuntamiento en el festival, necesitaba desmantelar la confianza de su rival desde los cimientos. Necesitaba un golpe maestro que no dejara rastro de purpurina, algo que destrozara la infalibilidad de sus preciadas veinticuatro capas de hojaldre.
Sentada en el taburete alto de su cocina, con una taza de té de hibisco entre las manos, Penélope repasó mentalmente la rutina del barrio. Sus ojos se fijaron en el calendario de entregas que colgaba de la nevera.
—A las tres de la mañana —murmuró, y una mueca de astucia le estiró las comisuras de los labios.
Cada martes, a las tres en punto, el camión de la distribuidora regional aparcaba en el callejón trasero que compartían ambos negocios. El repartidor, un hombre con prisa por terminar su ruta nocturna, dejaba los pesados sacos de cincuenta kilos de harina rústica de Ramiro apilados junto a la puerta metálica de "El Trigo de Oro", cubiertos por una lona impermeable antes de que el panadero se despertara a las cuatro.
El plan de Penélope era de una simplicidad quirúrgica. Había conducido hasta un almacén de suministros agrícolas en las afueras y había comprado diez sacos de sal marina fina de uso alimentario. El embalaje era idéntico al de la harina industrial de alta fuerza que usaba Ramiro: arpillera marrón, costura de hilo blanco trenzado en la solapa superior y un sello circular de tinta negra.
La idea de ver a Ramiro horneando un pan rústico que supiera a agua de mar concentrada, destruyendo la reputación de sus clientes matutinos en un solo desayuno, le provocó un escalofrío de anticipación casi infantil. Sentía que el control de la calle principal volvía a estar en sus manos. Iba a neutralizar la masa madre de su rival sin necesidad de encender un solo altavoz.
La noche se presentó cerrada, sin luna, envuelta en una llovizna fina y persistente que transformaba el asfalto del callejón trasero en un espejo oscuro. A las 2:45 a.m., Penélope salió por su puerta trasera. Vestía un chándal negro ajustado, zapatillas deportivas oscuras que no hacían ruido sobre el suelo mojado y unos guantes de látex negros para evitar dejar huellas dactilares. Una linterna frontal tapada con un celofán rojo para atenuar el haz de luz completaba su indumentaria de comando de repostería.
Con un esfuerzo que le hizo crujir los hombros, arrastró los diez sacos de sal desde su sótano hasta el muelle de carga compartido, colocándolos a la sombra de un contenedor de reciclaje.
A las tres en punto, los faros del camión de reparto iluminaron el callejón. Penélope se ocultó detrás de la estructura metálica del almacén, conteniendo la respiración, escuchando el sordo ronroneo del motor diésel y el quejido de los frenos hidráulicos. El repartidor bajó de la cabina, maldiciendo en voz baja por la lluvia mientras abría las compuertas traseras. Con la prisa de quien huye de la tormenta, el hombre descargó diez sacos de arpillera con movimientos mecánicos, apilándolos de cinco en cinco junto a la puerta de entrada, antes de firmar su propia hoja de ruta, subir al camión y desaparecer dejando un rastro de humo y charcos en movimiento.
Penélope esperó a que el eco del motor se disolviera por completo. Emergió de las sombras con el corazón latiéndole con fuerza en las costillas, una mezcla de adrenalina y nerviosismo que le aceleraba el pulso. Se acercó a la pila de sacos con su linterna roja. El embalaje era perfecto: arpillera marrón, hilo blanco. Con una agilidad nacida de las horas de gimnasio, comenzó el intercambio. Desplazó los diez sacos recién entregados hacia la oscuridad del contenedor y colocó sus diez sacos de sal en su lugar, cubriéndolos meticulosamente con la lona impermeable de Ramiro.
Lo que Penélope ignoraba, cegada por la prisa de su propia travesura, era el factor meteorológico. Debido a la tormenta en la carretera principal, el camión de la distribuidora de azúcar refinada de alta repostería —el pedido especial que ella misma había solicitado para el pastel de bodas más importante del mes— se había adelantado dos horas en su ruta, combinando la entrega con el mismo transportista. El repartidor, queriendo evitar dos paradas bajo la lluvia, había decidido descargar primero el azúcar glass ultra fina en el callejón de "LaGlase"… pero se había confundido de puerta debido a la oscuridad, dejando el azúcar en la entrada de la pastelería y el pedido de harina de Ramiro todavía dentro del camión para la siguiente manzana.
Penélope, con las manos sucias de arpillera y la respiración entrecortada por el esfuerzo físico, regresó a su local frotándose las manos con un gesto de triunfo absoluto. Acaba de cambiar diez sacos de sal marina por... diez sacos de azúcar glass que ella misma había encargado para la mañana siguiente. El sabotaje nocturno estaba sellado, pero el destino ya había encendido el horno de la ironía.
A las nueve de la mañana, la calle principal de Villa Delicia lucía una actividad frenética. No era un día cualquiera; era la celebración de la boda de la hija del concejal de urbanismo, un evento que servía de preámbulo político para el Festival del Pastel de Oro. La terraza de "LaGlase" estaba cerrada para el público general, ya que todo el interior del local estaba dedicado a los últimos retoques de la tarta nupcial de cinco pisos: una estructura monumental cubierta de crema de mantequilla, fondant blanco y encaje comestible.
Penélope, exhausta tras trabajar desde las cinco pero con los ojos brillando de orgullo, empujó el carrito de acero inoxidable hacia la furgoneta de reparto. El pastel lucía impecable, una obra de arte simétrica que desafiaba la gravedad.
Mientras tanto, en "El Trigo de Oro", Ramiro desayunaba junto a su ventana. Sostenía una taza de café solo en la mano derecha, disfrutando de la inusual tranquilidad de su tienda. Su hornada de pan del día había salido perfecta, esponjosa y con la corteza crujiente tradicional. Cuando abrió sus sacos esa mañana, no había notado nada extraño, ya que su distribuidor le había entregado la harina correcta en una segunda ruta a las cuatro de la mañana.
A las diez en punto, la furgoneta de Penélope regresó. La pastelera bajó del vehículo con un megáfono en la mano, lista para coordinar la descarga del pastel en el salón del Ayuntamiento, situado justo al final de la calle principal. Pero antes de que pudiera cruzar la calzada, las puertas del Ayuntamiento se abrieron de par en par con un estruendo violento.
El concejal de urbanismo, un hombre propenso a la hipertensión y con el traje de gala visiblemente arrugado, salió a la escalinata con el rostro teñido de un rojo violáceo. Detrás de él, la novia, con el velo descolocado y los ojos emborronados por el rímel, lloraba de forma desconsolada mientras sostenía un tenedor de plata en la mano derecha.
—¡Penélope! —rugió el concejal, su voz rompiéndose por la indignación, atrayendo la atención de todos los transeúntes de la manzana—. ¡Venga aquí de inmediato!
Penélope se quedó inmóvil junto a su furgoneta, parpadeando con sorpresa mientras bajaba el megáfono.
—¿Pasa algo con el diseño, concejal? —preguntó, intentando mantener la voz profesional pero sintiendo un súbito vacío en el estómago.
—¡¿El diseño?! —gritó el político, bajando las escaleras a zancadas seguidos por una decena de invitados vestidos de gala que gesticulaban enfurecidos—. ¡Los padrinos acaban de probar el primer piso del pastel! ¡Esa monstruosidad de cinco pisos no tiene azúcar! ¡Es puro sodio! ¡Es noventa por ciento sal marina concentrada! ¡Ha momificado las papilas gustativas de la madre del novio!
Un murmullo de horror recorrió la calle. Penélope sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Sus ojos se abrieron con un pánico absoluto mientras recordaba la arpillera marrón, el hilo blanco y el intercambio a oscuras en el callejón. En su mente, las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad devastadora: no había saboteado la harina de Ramiro; se había saboteado a sí misma, utilizando sus propios sacos de sal para confeccionar la crema de mantequilla del pastel más importante del año.
La novia, rota por la frustración del banquete arruinado, señaló a Penélope con el tenedor.
—¡Has destrozado mi boda, pastelera loca! —chilló la joven, comenzando a avanzar hacia ella.
Los invitados, contagiados por la histeria de la novia y el cabreo del concejal, avanzaron en bloque. Penélope, viendo que la masa de vestidos de seda y trajes de etiqueta se transformaba en una turba enfurecida dispuesta a lincharla con cubiertos de plata, no se lo pensó dos veces. Se pegó el megáfono a la boca con una mano temblorosa y comenzó a retroceder a toda prisa por la acera.
—¡Lo siento! ¡Fue un problema de la cadena de suministro nocturna! —gritó Penélope a través del megáfono, su voz distorsionada por el amplificador resonando con un eco cómico en toda la calle—. ¡Les juro que la receta original llevaba vainilla! ¡Puedo hornear unos dónuts de compensación en diez minutos!
—¡Queremos tu cabeza, no tus dónuts! —respondió un tío de la novia, levantando una cubitera de plata.
Penélope dio media vuelta y comenzó a correr a toda velocidad por la calzada principal, con el chándal de espía de la noche anterior sustituido por su delantal manchado, mientras una docena de invitados de boda con tacones altos y corbatas de seda la perseguían a zancadas dobles, lanzándole pétalos de rosa decorativos y gritos de indignación.
Al otro lado de la calle, detrás del cristal de "El Trigo de Oro", Ramiro presenciaba la escena con la taza de café a mitad de camino hacia la boca. Su cerebro tardó tres segundos en procesar el absurdo de la situación: su rival jurada corría por su vida en mitad del tráfico, pidiendo disculpas a través de un megáfono electrónico mientras era perseguida por una comitiva nupcial enfurecida por un exceso de sal.
El panadero comenzó a temblar. El café de la taza empezó a oscilar peligrosamente debido a los espasmos de risa contenida que le sacudían el pecho. Finalmente, no pudo más. Una carcajada estruendosa, limpia y liberadora escapó de su garganta, resonando en el obrador vacío. Rió con tanta intensidad que tuvo que apoyarse contra el mostrador para no caer al suelo, con los ojos llenos de lágrimas de pura diversión. Intentó dar un sorbo para calmarse, pero el aire se le cruzó en la laringe, provocándole un ataque de tos y risa simultáneo que lo dejó sin aliento, doblado por la mitad.
La primera batalla nocturna del espionaje se había cobrado su víctima, y el karma de la panadería había dictado sentencia. Ramiro sabía que la guerra no había terminado, pero ver el megáfono de Penélope tambalearse en el aire mientras esquivaba un zapato de tacón lanzado por la madrina fue el mejor ingrediente que jamás habría podido añadir a su café de la mañana. La calle principal volvía a ser suya, al menos hasta que el sol se ocultara de nuevo.