Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.
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capitulo 4
...Marca del Alfa...
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La puerta de la biblioteca explotó hacia adentro.
Madera astillada, metal retorcido, y el olor a pino mojado inundando el lugar como una marea. No era la policía. La policía no olía a bosque en luna llena ni entraba rompiendo puertas como si fueran de papel.
Eran cinco. Hombres grandes, con chaquetas oscuras y ojos dorados que brillaban incluso bajo la luz fluorescente. Luna Plateada. El consejo de los viejos no había perdido tiempo.
“¡Retírense!”, gritó uno de ellos. Tenía la cara marcada por cicatrices viejas y la voz de alguien acostumbrado a que lo obedecieran sin preguntar. “¡Entreguen a la hembra de Ceniza y nadie saldrá herido!”
Elena se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero no se sentó. No iba a esconderse detrás del mostrador como si fuera una niña asustada.
“No voy a ir con ustedes”, dijo. Su voz salió firme. Más firme de lo que se sentía.
El hombre de las cicatrices sonrió. No era una sonrisa amable.
“Pequeña humana, no tienes opción. La ley antigua dice que la Luna de Ceniza pertenece a Luna Plateada. Es para proteger a ambas manadas”.
“Me importa una mierda tu ley antigua”, respondió Elena.
Kael se interpuso entre ella y los cinco lobos en un movimiento que fue más instinto que decisión. Su postura cambió. Hombros atrás, pecho fuera, dientes apenas visibles. Ya no era el hombre calmado de hace diez minutos. Era el Príncipe Alfa.
“No la tocan”, dijo. “No hoy. No nunca”.
Roran se movió al otro lado de Elena. No dijo nada. No hacía falta. Su presencia era una amenaza silenciosa que hacía que el aire pesara diez kilos más.
Los cinco lobos se miraron entre ellos. Sabían que dos contra cinco no eran buenas probabilidades. Pero tampoco parecían dispuestos a retroceder.
“Kael Vardren”, dijo el de las cicatrices. “Tu padre estaría decepcionado. Te pones del lado de Ceniza. Traicionas a tu manada por una hembra”.
“Mi padre se equivocó”, respondió Kael. “Y yo no voy a repetir su error”.
El de las cicatrices suspiró, como si lamentara tener que hacer lo que venía.
“Muy bien. Si no la entregan, nos la llevamos por la fuerza”.
Se movieron todos a la vez.
El caos estalló.
Kael se lanzó contra dos de ellos antes de que pudieran dar dos pasos. El impacto hizo temblar los estantes de libros. Roran no corrió. Caminó. Lento, deliberado, hacia el lobo que intentaba rodear a Elena por la derecha. Cuando el lobo se abalanzó, Roran lo esquivó con una gracia antinatural y le golpeó la garganta con el borde de la mano. El lobo cayó sin hacer ruido.
Elena no se quedó quieta. Agarró la primera cosa que encontró: un pisapeles de metal con forma de búho. No era mucho, pero era algo.
“¡Elena, atrás!”, gritó Kael.
“No”, respondió ella. “No me voy a esconder”.
Fue un error.
El quinto lobo, el que había quedado atrás, la vio distraída y se lanzó. Elena apenas tuvo tiempo de levantar el brazo. El lobo la agarró del antebrazo izquierdo y tiró.
Dolor. Fuego.
Elena gritó y trató de zafarse, pero el agarre era de hierro. El lobo la arrastró hacia él, olfateando su piel como un animal hambriento.
“Te tenemos, pequeña Luna”, susurró. “El consejo va a estar contento”.
Algo en Elena se rompió.
No fue miedo. Fue rabia.
Levantó el pisapeles y lo golpeó en la sien del lobo con todas sus fuerzas. El lobo soltó un gruñido de dolor y aflojó el agarre. Elena se zafó, retrocedió, y se tropezó con la pata de una mesa.
Cayó al suelo.
Y fue entonces cuando la vio.
Su muñeca izquierda. Donde el lobo la había agarrado, la piel ardía. Y bajo la piel, brillaba algo.
Tres lunas entrelazadas. Plateadas, brillando con luz propia bajo la piel, como si estuvieran tatuadas con luz de luna. La marca.
Elena se quedó sin aire.
“¿Qué… qué es esto?”
El lobo que la había agarrado se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como platos.
“La marca”, susurró. “Es real. Ceniza vive”.
Kael lo oyó. Roran lo oyó. Los cinco lobos lo oyeron.
Todo se detuvo.
Kael se deshizo de los dos lobos que tenía encima en tres movimientos rápidos y se arrodilló junto a Elena. No la tocó. No se atrevió.
“Déjame ver”, dijo. Su voz temblaba por primera vez.
Elena extendió el brazo temblorosa. La marca brillaba más fuerte ahora, pulsando al ritmo de su corazón.
Kael se inclinó, pero no tocó. Solo miró. Y cuando habló, su voz era un susurro reverente.
“Ceniza no mintió”.
Roran estaba a su lado en un segundo. Sus ojos plateados se clavaron en la marca. Su respiración se aceleró.
“Está despierta”, dijo. “El vínculo está activo”.
Los cinco lobos de Luna Plateada retrocedieron un paso. Miedo. Real, palpable.
“Imposible”, murmuró uno. “El consejo dijo que la línea de Ceniza estaba muerta”.
“Se equivocaron”, respondió Roran. Y por primera vez desde que Elena lo conocía, su voz no tenía frialdad. Tenía algo parecido a reverencia. Y hambre.
La marca en la muñeca de Elena ardía. No era dolor. Era calor. Como si algo debajo de su piel estuviera despertando después de 20 años de sueño. Y ese algo tiraba de ella. Hacia Kael. Hacia Roran.
Hacia los dos.
Elena se levantó con ayuda de Kael. Sus piernas apenas la sostenían.
“¿Qué significa esto?”, preguntó. “¿Por qué me duele? ¿Por qué me siento…?”
“No encuentres la palabra”, dijo Kael. “Déjalo pasar. Es el vínculo. Te está llamando a nosotros”.
Roran asintió.
“Y a nosotros a ti”.
Los cinco lobos intercambiaron miradas. El de las cicatrices tomó una decisión.
“Si no podemos llevárnosla viva, nos la llevamos muerta. El consejo no puede permitir que Ceniza se levante”.
Se abalanzaron de nuevo.
Esta vez Kael y Roran no esperaron.
Se movieron al unísono. No como dos enemigos. Como dos alfas que reconocían una amenaza mayor y la eliminaban juntos. Fue brutal, rápido, eficiente. En menos de veinte segundos, los cinco lobos estaban en el suelo. Inconscientes. No muertos. Pero fuera de combate.
Silencio.
Solo quedaban los tres. Y la marca en la muñeca de Elena, que no dejaba de brillar.
Elena se apoyó contra la mesa para no caer. El calor en su muñeca se estaba extendiendo. Subía por su brazo, por su hombro, hasta llegar al pecho. Y ahí, se dividía en dos. Una línea hacia Kael. Otra línea hacia Roran.
“Duele”, susurró.
Kael se acercó. Despacio. Como si temiera asustarla.
“Déjame ayudarte”, dijo.
“¿Cómo?”
“Déjame tocar la marca”.
Elena lo miró. Vio el miedo en sus ojos. Miedo a hacerle daño. Miedo a hacerle bien.
Asintió.
Kael extendió la mano. Sus dedos rozaron la piel sobre la marca.
Fue como tocar un cable de alta tensión.
Una descarga recorrió a los dos. Elena jadeó. Kael cerró los ojos.
Imágenes.
No recuerdos suyos. Recuerdos de ella. Elena riendo en la biblioteca. Elena llorando en el funeral de su madre. Elena sola en su departamento, hablando con la foto de su madre como si pudiera oírla.
Y detrás de todo, un olor. Pino. Hogar.
Kael abrió los ojos. Tenían lágrimas.
“Eres tú”, dijo. “Siempre fuiste tú”.
Roran no esperó.
Se acercó y puso su mano sobre la de Kael, sobre la marca de Elena.
La descarga fue el doble de fuerte.
Elena gritó. No de dolor. De algo más. Algo que no tenía nombre.
Y entonces lo vio.
Las tres mentes conectadas. Un triángulo de luz plateada en su cabeza. Kael a un lado. Roran al otro. Y ella en el centro.
No era posesión. Era equilibrio.
Kael era fuego. Roran era hielo. Y ella era el agua que los unía sin dejar que se destruyeran.
“Lo sientes”, dijo Roran. No era una pregunta.
“Sí”, respondió Elena. “Lo siento”.
La marca dejó de brillar. El calor se quedó, pero se volvió soportable. Cálido. Seguro.
Los tres se separaron, jadeando.
Elena miró su muñeca. La marca seguía ahí, pero ahora era tenue. Casi invisible. Como si se hubiera escondido hasta la próxima vez.
“¿Qué pasa ahora?”, preguntó.
Kael y Roran se miraron. Por primera vez, no había odio en esa mirada. Había entendimiento.
“Ahora”, dijo Roran, “vamos a casa”.
“No tengo casa con ustedes”, respondió Elena.
“Sí la tienes”, dijo Kael. “Solo no lo sabías”.
Elena se pasó una mano por el pelo. Estaba temblando. De adrenalina, de miedo, de algo más.
“No voy a decidir nada ahora”, dijo. “Necesito pensar”.
“Piensa”, dijo Roran. “Pero hazlo donde estés segura. El consejo no se va a rendir. Y la próxima vez no enviarán a cinco”.
Kael asintió.
“Ven con nosotros. Solo por esta noche. Mañana hablamos”.
Elena miró a uno. Miró al otro.
Y por primera vez desde anoche, no sintió miedo.
Sintió que pertenecía a algo.
“Está bien”, dijo. “Pero si intentan algo sin mi permiso, les rompo algo”.
Roran sonrió. De verdad esta vez.
“Trato hecho, Luna”.
Salieron de la biblioteca por la puerta trasera. Los tres juntos.
Y por primera vez, Elena no se sintió sola.