Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
NovelToon tiene autorización de thailyng nazaret bernal rangel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
...SCARLETT:...
Sostuve su mirada de ojos verdes sin permitir que el pulso me traicionara, aunque por dentro sentía una mezcla explosiva de odio y una extraña euforia.
Rodrigo estaba tan cerca que podía ver el destello de irritación en sus pupilas, ese que tanto me gustaba provocar.
Su perfume, ese aroma tan varonil que gritaba poder, intentaba nublar mi juicio, pero yo estaba ahí por negocios... y por venganza.
— ¿Amable? — repitió él, con una nota de sarcasmo que me hizo querer borrarle la sonrisa de un bofetón —. Scarlett, entrar por la fuerza en mi oficina no es precisamente mi definición de amabilidad.
— Es una cuestión de perspectiva, Rodrigo — respondí, suavizando mi tono mientras daba un paso, rodeando su escritorio como si fuera la dueña del lugar —. Podría haber enviado a mi equipo, pero decidí venir yo misma. Considéralo un privilegio que tus empleados hayan tenido algo interesante que ver hoy.
Me detuve frente a su silla presidencial y pasé la mano por el respaldo de cuero, notando cómo su mandíbula se tensaba con cada uno de mis movimientos.
Él no soportaba que yo invadiera su espacio, y eso era exactamente lo que me daba la ventaja.
— Tu padre espera resultados, y el mío también — continué, clavando mis ojos marrones en los suyos —. Si me sacas de aquí con seguridad, mañana ambos recibirán una llamada detallando cómo el gran Rodrigo Robles Di Bianco perdió los estribos porque no pudo manejar una conversación con una mujer. ¿Realmente quieres que piensen que te quedaste pequeño ante mí?
Vi cómo el brillo de diversión en su rostro se transformaba en algo más oscuro, más denso.
El silencio en la oficina era absoluto, roto solo por el sonido de nuestras respiraciones.
Rodrigo era un hombre acostumbrado a tener el control de cada situación, pero yo acababa de introducir una variable que no podía programar: mi absoluta falta de miedo hacia él.
— Eres una manipuladora experta, Scarlett — dijo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo peligroso mientras se acercaba de nuevo —. Pero te olvidas de algo: en este edificio, las reglas las pongo yo. Y si quieres esa reunión, vas a tener que jugar bajo mis condiciones.
Solté una risa suave, cargada de una confianza que sabía que le irritaba.
— Oh, Rodrigo, no te equivoques. Yo no juego bajo tus condiciones — le dije, acercándome tanto que nuestras respiraciones se mezclaron —. Yo inventé el juego. Ahora, ¿me vas a ofrecer un trago o vas a seguir fingiendo que no te mueres de ganas de escuchar lo que tengo que decir?
Me alejé y me senté en su silla, cruzando mis piernas con elegancia y observándolo con una sonrisa de suficiencia.
Por dentro, mi corazón martilleaba contra mis costillas, recordándome que, aunque esto empezara como una partida de ajedrez, el tablero estaba empezando a quemarse.
Justo cuando Rodrigo abría la boca para soltar alguna de sus respuestas cargadas de veneno, el vibrar frenético de mi teléfono nos sobresaltó a ambos.
Miré la pantalla y un suspiro de resignación escapó de mis labios al leer el nombre: "Papá".
— No te atrevas a decir ni una palabra — le advertí a Rodrigo con el dedo índice alzado antes de aceptar la llamada.
— ¡Scarlett, hija! — la voz de mi padre retumbó por el altavoz con una alegría que contrastaba violentamente con el ambiente gélido de la oficina —. He hablado con mi buen amigo Alberto Robles Di Bianco. ¡Qué maravilla que ya estés en las oficinas de Rodrigo!
Abrí los ojos de par en par, tratando de disimular mi asombro ante Rodrigo.
— Papá, ¿cómo sabes que estoy aquí en su oficina? — pregunté, intentando sonar despreocupada.
Del otro lado de la línea, mi padre soltó una risa divertida, como si lo que había dicho fuera muy gracioso.
— Hija, soy tu padre, conozco tus maneras. No intentes desviar el tema — respondió con un tono lleno de entusiasmo. — Alberto me ha comentado que su hijo está encantado con la idea de nuestra colaboración.
Miré a Rodrigo de reojo.
Él me sostenía la mirada con una ceja alzada, claramente disfrutando de mi aprieto mientras se apoyaba contra el borde de su escritorio, cruzando los brazos con una suficiencia insoportable.
— Bueno, "encantado" es una palabra fuerte, papá... — empecé a decir, pero él me interrumpió con la velocidad de un huracán.
— Nada de eso. Alberto y yo hemos decidido que no hay mejor forma de sellar este inicio que con una cena esta noche en su residencia.
— ¿Una cena? — repetí incrédula —. Papá no creo que...
— Silencio — regañó mi padre —. Es una ocasión familiar, informal pero decisiva. Rodrigo ya debe estar al tanto, ¡estoy tan orgulloso de ti, mi niña! ¡Eres la mejor!
El "clic" de la llamada finalizada me dejó con el teléfono en la mano y una expresión que debió ser un poema.
Rodrigo soltó una carcajada suave, una de esas que te hacen querer lanzarle el bolso a la cabeza.
— Así que... ¿una cena familiar? — dijo, dando un paso hacia mí con esa sonrisa ladeada que tanto odiaba.
Intenté contenerme y no decir nada, simplemente decidí ignorarlo mientras guardaba el móvil con un movimiento brusco.
— Fue tu padre quien sugirió esto, así que no me eches la culpa a mí — comenté, encogiéndome de hombros, intentando mantener la calma.
Rodrigo apretó la mandíbula, y sin querer, seguí con la mirada el movimiento de su rostro, notando la tensión en su expresión.
Negué con la cabeza, tratando de disipar la incomodidad que flotaba entre nosotros.
— Parece que tu "astucia" nos ha metido en un lío mayor, Scarlett. Espero que tengas un vestido que combine con la derrota, porque esta noche vas a tener que fingir que no me detestas frente a nuestros padres.
Me puse en pie de un salto, recuperando mi compostura de acero.
— No te confundas, Rodrigo. La cena es solo una extensión del campo de batalla — le espeté con una sonrisa —. Y asegúrate de practicar tu mejor cara de "educado caballero", porque si arruinas esto frente a mi padre, yo misma me encargaré de que tu imperio tecnológico necesite un reinicio manual. Nos vemos.
Salí de su oficina con la cabeza en alto, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
La gata había logrado entrar al agujero del ratón, pero ahora ambos estábamos atrapados en la misma trampa.
Pues quien se ceee este 🤭