Estrella Cloe Pattison Evans siempre supo que era diferente. Mitad humana y mitad demonio, vive ocultando una oscuridad que apenas puede controlar mientras Gabriel, un ángel y amigo de su padre, intenta protegerla del peligro que la rodea. Pero todo cambia cuando conoce a Adrik, un misterioso vampiro ligado al enemigo de su familia.
Su presencia despierta poderes inestables, secretos ocultos y una conexión imposible de ignorar. Mientras fuerzas peligrosas comienzan a buscarla, Estrella descubrirá que su destino podría cambiar el equilibrio entre la luz y la oscuridad.
Ahora deberá decidir si luchar contra lo que es… o aceptar el poder que corre por su sangre.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
No esperé a que terminara la clase.
En cuanto sonó el timbre, salí.
Necesitaba aire.
Espacio.
Distancia.
Pero sobre todo…
necesitaba alejarme de él.
Caminé por el pasillo sin mirar a nadie.
Sin detenerme.
Sin pensar demasiado.
Pero era inútil.
La sensación no se iba.
No estaba en el salón.
No estaba en la puerta.
Pero seguía ahí.
Como si ya no necesitara estar cerca para alcanzarme.
Me detuve de golpe cerca de los casilleros.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
—No es real… —murmuré.
Mentira.
Sabía perfectamente que sí lo era.
Cerré los ojos un segundo.
Intentando recuperar el control.
Intentando calmar lo que seguía moviéndose dentro de mí.
Pero entonces—
—Huyes demasiado rápido.
Abrí los ojos de golpe.
Ahí estaba.
A unos pasos de mí.
Apoyado contra los casilleros.
Como si hubiera estado esperándome.
Como si supiera exactamente a dónde iba a ir.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Qué quieres? —pregunté, más firme de lo que me sentía.
Él no respondió de inmediato.
Solo me observó.
Esa misma mirada.
Directa.
Profunda.
Demasiado consciente.
—Eso ya lo sabes —dijo al fin.
Sentí un escalofrío recorrerme.
—No —respondí—. No sé nada de ti.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Ese es el problema —murmuró.
El aire entre nosotros volvió a tensarse.
Y esta vez…
no había nadie que interrumpiera.
El pasillo seguía lleno.
Risas. Voces. Puertas de casilleros cerrándose.
Gente pasando a mi lado como si nada.
Pero para mí… todo se había apagado.
Solo lo escuchaba a él.
Solo lo veía a él.
Y lo peor…
era que no quería apartar la mirada.
—No deberías estar aquí —dije, intentando mantener la voz firme.
Él ladeó la cabeza ligeramente.
Como si esa respuesta le resultara… interesante.
—¿Aquí? —repitió con calma—. ¿O cerca de ti?
Mi respiración se trabó un segundo.
—Ambas —respondí.
Él soltó una leve risa.
Baja.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para que algo dentro de mí reaccionara.
Mi energía volvió a moverse.
Más inquieta.
Más viva.
—Te alteras muy fácil —murmuró, observándome con más atención—. No es bueno… con lo que llevas dentro.
Sentí el golpe directo.
—No sabes nada —respondí rápido.
Pero incluso para mí… sonó débil.
Porque él sí sabía.
Y los dos lo sabíamos.
Se separó del casillero.
Un paso.
Nada más.
Pero fue suficiente.
El aire entre nosotros cambió.
Sentí calor subir por mi pecho.
Una presión extraña.
Como si algo dentro de mí quisiera acercarse… en lugar de huir.
Y eso me asustó más que él.
—Deja de hacer eso —dije, retrocediendo apenas.
—¿Qué cosa? —preguntó.
—Mirarme así.
Sus ojos se suavizaron apenas.
Pero no en ternura.
En… análisis.
—No te estoy mirando “así” —respondió—. Te estoy viendo.
Silencio.
Esa frase…
pesó más de lo que debería.
Porque no sonaba superficial.
No sonaba casual.
Sonaba real.
—Y lo que veo… —continuó, bajando un poco la voz— es más peligroso de lo que crees.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces aléjate —dije.
Él dio otro paso.
—No.
Esa sola palabra…
fue suficiente para tensarlo todo.
Un casillero se cerró con fuerza cerca.
Alguien pasó entre nosotros.
El mundo intentaba seguir normal.
Pero ya no lo era.
Porque él estaba demasiado cerca ahora.
Y yo…
ya no estaba segura de querer que se alejara.
El espacio entre nosotros ya no existía.
No realmente.
Podía sentirlo.
No solo verlo.
Su presencia… era como una presión constante sobre mi piel, sobre mi pecho, sobre mi mente.
Y eso no debería pasar.
—Te dije que te alejaras —repetí, pero esta vez mi voz no fue firme.
Fue más baja.
Más… inestable.
Él lo notó.
Claro que lo notó.
—Y yo te dije que no —respondió sin cambiar el tono.
Dio otro paso.
Demasiado cerca.
Mi espalda chocó ligeramente contra los casilleros.
No me había dado cuenta de que había retrocedido tanto.
Mi respiración se volvió irregular.
Más rápida.
Más superficial.
—No deberías reaccionar así —murmuró, observándome con atención—. Eso solo confirma lo que pensé.
—¿Qué cosa? —pregunté, sin poder sostener del todo la mirada.
Se inclinó apenas hacia mí.
No lo suficiente para tocarme.
Pero sí lo suficiente para invadir todo mi espacio.
—Que no tienes idea de lo que eres.
El golpe fue inmediato.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No físico.
Algo más profundo.
—Cállate —dije, apretando los puños.
Mi energía reaccionó de inmediato.
Más fuerte que antes.
Un pulso oscuro recorrió mi cuerpo.
El aire a nuestro alrededor vibró.
Alguien más cerca se detuvo.
—¿Sintieron eso? —susurró.
Pero él…
no se movió.
Al contrario.
Parecía más atento.
Más… interesado.
—Ahí está —murmuró, casi para sí mismo.
Mis ojos se abrieron más.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, esta vez sin poder ocultar la emoción.
No era solo enojo.
No era solo miedo.
Era confusión.
Era frustración.
Y algo más que no quería nombrar.
Él me miró directo a los ojos.
Sin desviar.
Sin suavizar.
—Respuestas —dijo.
Hizo una pausa.
—Y tú las tienes.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
—Estás equivocado.
Pero mi voz ya no sonaba segura.
Él lo sabía.
Se acercó un poco más.
Solo un poco.
—No —murmuró—. Tú lo estás.
El aire se tensó de golpe.
Y por un segundo…
sentí que algo iba a pasar.
Algo que no iba a poder detener.
El aire entre nosotros se volvió insoportable.
Denso.
Cargado.
Como si en cualquier segundo fuera a romperse… y nada pudiera detenerlo.
Mi corazón latía con fuerza.
Demasiada.
Y ya no sabía si era miedo.
O algo peor.
—Aléjate… —susurré otra vez, pero esta vez no sonó como una orden.
Sonó como una súplica.
Él no retrocedió.
Al contrario.
Se inclinó apenas más.
Lo suficiente para que su voz no fuera para nadie más.
Solo para mí.
—Si supieras lo que realmente eres… —murmuró— no me estarías pidiendo eso.
Sentí un golpe en el pecho.
Como si esas palabras hubieran activado algo dentro de mí.
—No sabes nada —respondí, pero mi voz ya no tenía fuerza.
Mentira.
Lo peor era que una parte de mí…
quería que siguiera hablando.
Mi energía se agitó con más violencia.
Ya no era un pulso.
Era una presión constante.
Un empuje desde dentro.
El aire a nuestro alrededor vibró.
Más fuerte.
Un casillero se cerró de golpe.
Alguien soltó un quejido.
—¿Qué está pasando…?
Pero yo no podía apartarme.
Porque él seguía ahí.
Tan cerca que casi podía sentir su respiración.
—Estás perdiendo el control —dijo, sin apartar los ojos de mí.
Y tenía razón.
Eso fue lo que más me hizo reaccionar.
—¡Basta! —exclamé, sin medir la fuerza.
Una onda de energía salió de mí.
Rápida.
Oscura.
Los casilleros vibraron.
Algunos se abrieron.
Un par de estudiantes retrocedieron.
Silencio.
Pesado.
Inmediato.
Mi respiración se volvió irregular.
Mis manos temblaban.
No debía haber hecho eso.
No ahí.
No frente a todos.
Pero cuando levanté la mirada…
él seguía ahí.
Sin miedo.
Sin sorpresa.
Solo… observándome.
Como si acabara de confirmar algo que ya sabía.
—Interesante… —murmuró.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eres más peligrosa de lo que imaginaba.
Esas palabras…
no sonaron como advertencia.
Sonaron como certeza.
Y entonces—
—¡Estrella!
La voz de un maestro rompió el momento.
Fuerte.
Autoritaria.
El ruido volvió.
Las voces.
El movimiento.
El caos.
Parpadeé.
Desorientada.
Cuando volví a mirar al frente…
él ya no estaba.
Otra vez.
Pero esta vez fue distinto.
Porque ahora no se había ido sin dejar nada.
Se había llevado algo.
Mi calma.
El silencio no duró.
Nunca lo hace.
—¿Qué fue eso?
—¿Viste los casilleros?
—¿Estrella, estás bien?
Las voces empezaron a amontonarse a mi alrededor.
Demasiadas.
Muy cerca.
Retrocedí un paso.
Luego otro.
No quería que me tocaran.
No quería que se acercaran.
Porque aún podía sentirlo.
No a él.
Sino lo que había dejado en mí.
—¡Todos a sus salones! —ordenó el maestro, intentando recuperar el control.
Algunas miradas se quedaron en mí.
Curiosas.
Asustadas.
Eso era lo peor.
Ya no era invisible.
Bajé la mirada.
Apreté los puños.
—Yo… —intenté hablar— fue un… golpe… de aire…
Nadie me creyó.
Ni siquiera yo.
Me giré sin esperar respuesta y caminé.
Rápido.
Necesitaba salir de ahí.
Sentía la energía aún vibrando bajo mi piel.
Inquieta.
Inestable.
Como si en cualquier momento fuera a salirse otra vez.
Doblé el pasillo.
Luego otro.
Y cuando por fin estuve sola…
me detuve.
Apoyé una mano contra la pared.
Respiré hondo.
Una vez.
Dos.
Pero no funcionó.
Porque entonces lo sentí.
Gabriel.
No suave.
No distante.
Fuerte.
Directo.
Como un golpe en la mente.
“¿Qué hiciste?”
Cerré los ojos.
—No fue mi culpa… —susurré.
Silencio.
Y luego—
“No puedes perder el control ahí.”
Abrí los ojos de golpe.
—Lo sé.
Pero ya era tarde.
Porque algo había cambiado.
No solo en mí.
Sino afuera.
Levanté la mirada lentamente.
Y en el reflejo de una ventana cercana…
lo vi.
A lo lejos.
Observándome otra vez.
Inmóvil.
Seguro.
Como si nada de lo que había pasado lo hubiera afectado.
Como si…
hubiera esperado exactamente ese resultado.
Mi respiración se detuvo.
Y entonces lo entendí.
Esto no iba a detenerse.
Iba a empeorar.