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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

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Capítulo 6: El salvavidas inoportuno.

El silencio que siguió a la intervención de Alexandro fue extraño, como cuando despiertas de un sueño muy intenso y tardas unos segundos en entender dónde estás. Las luces del gimnasio ya no parpadeaban con colores cegadores, el aire ya no vibraba con esa electricidad que hacía doler los dientes y, lo más importante, la gente había dejado de gritar mi nombre como si yo fuera una diosa antigua bajada del cielo. Ahora aplaudían, sí, aplaudían mucho y con entusiasmo, pero era un aplauso normal, de concurso escolar, no de secta religiosa.

Me quedé parada en el centro del escenario, con la sonrisa perfecta pintada en los labios, el pecho subiendo y bajando con calma fingida, mientras por dentro mi corazón seguía latiendo a mil por hora y sentía restos de energía mágica cosquilleando en las puntas de mis dedos. Había estado a punto de hacerlo, de llevar mi brillo demasiado lejos y terminar explicándole a todo el mundo por qué mi vestido brillaba como una estrella y por qué todos querían arrodillarse ante mí. Y otra vez, él había aparecido.

Miré de reojo hacia la primera fila. Alexandro estaba sentado de nuevo, con la postura relajada, las manos cruzadas detrás de la cabeza y esa cara de "yo no he sido, yo no vi nada" que le salía tan bien. Pero cuando nuestros ojos se cruzaron, él arqueó una ceja y me dedicó una sonrisita pequeña, llena de burla y suficiencia, que me dieron ganas de lanzarle un hechizo de pegamento en la silla.

Se cree mucho, ¿verdad?, pensé, enderezándome más aún mientras caminaba hacia mi lugar entre las demás participantes. Vale, sí, me ayudó. Sí, arregló el desastre. Pero eso es solo porque soy tan maravillosa que hasta mis errores son grandiosos y necesitan a alguien a su altura para solucionarlos. No es que él sea mejor, es que yo soy demasiado intensa para este mundo.

Me senté con elegancia, crucé las piernas y miré al frente como si nada hubiera pasado, como si convertir el gimnasio en un espectáculo de luces y emociones fuera lo más normal del mundo y parte de mi plan original. Las chicas que estaban a mi lado me miraban con admiración, aunque ya no con esa devoción extrema de antes. —¡Cantaste increíble! —me dijo una de ellas, acercándose—. De verdad, sentí que se me ponía la piel de gallina. Y ¿viste lo de las luces? Dijeron que fue un fallo técnico, pero parecía coreografiado, como si lo hubieras planeado.

Sonreí con dulzura, esa sonrisa que usaba para encantar a los simples mortales. —Oh, muchas gracias, querida —respondí con tono suave—. Ya sabes, cuando una es talentosa, hasta la tecnología se pone de su parte. Supongo que las luces no pudieron resistirse a brillar cuando yo estaba en el escenario. Es un efecto secundario de mi grandeza, nada importante.

La chica abrió los ojos impresionados y asintió convencida, mientras yo me daba la vuelta para mirar al frente, muy satisfecha con mi propia explicación. ¿Ves?, me dije a mí misma, todo sigue bajo control. Yo sigo siendo la mejor, y lo de hace un momento fue solo… un toque extra de espectacularidad.

El concurso continuó. Las demás chicas hicieron sus pruebas, cantaron, bailaron o recitaron poemas, y aunque lo hicieron bien, claro, eran como velas intentando competir con el sol. Yo estaba muy por encima de todas, tanto en puntuación como en presencia. Los jueces hablaban entre ellos, anotaban cosas y me miraban de vez en cuando con esa mezcla de admiración y fascinación que ya era mi marca personal.

Llegó la prueba final: la elegancia y la oratoria. Tenía que caminar por la pasarela y responder una pregunta al azar frente a todos. Me levanté, acomodé mi vestido —que ya volvía a ser de tela normal, aunque seguía siendo precioso— y caminé hacia el frente con esa gracia milenaria que había perfeccionado en palacios y templos. No usé magia esta vez. Bueno, casi nada. Solo lo justo y necesario para que mi cabello cayera perfecto, para que mi piel se viera radiante y para que mi voz sonara clara y melodiosa. Había aprendido la lección: menos, es más, aunque en mi caso, menos seguía siendo muchísimo.

Me hicieron una pregunta sobre el futuro, sobre qué quería aportar al mundo. Y yo, con toda la seguridad del universo, hablé con inteligencia, con elocuencia, con esa sabiduría que solo se tiene cuando se ha vivido más de mil años. Les dije que el futuro era para quienes se atrevían a brillar, para quienes sabían su valor y para quienes estaban destinados a dejar huella. —Yo no quiero solo estar en el futuro —dije, mirando fijamente a los jueces y luego al público, donde los ojos de Alexandro no se apartaban de mí ni un segundo—, yo quiero ser el futuro. Y créanme, cuando alguien nace para ser grande, no hay nada ni nadie que pueda detenerlo.

El aplauso fue atronador, largo y sincero. Y esta vez, las luces se mantuvieron estables, el aire se mantuvo fresco y nadie intentó arrodillarse. Todo estaba perfecto, bajo control y absolutamente maravilloso.

Cuando anunciaron los resultados, ni siquiera me sorprendí. Era obvio. —La ganadora del concurso "Estrella del Futuro", con la puntuación más alta que se ha registrado en la historia de este instituto… ¡es Mariam De la Vega!

Sonreí, una sonrisa amplia, radiante y triunfal, mientras subían a darme el trofeo, la beca y la banda que decía "La Mejor". Todos me felicitaban, me abrazaban, me decían que era increíble, y yo recibía cada halago con la gracia de una reina que sabe que se lo merece todo.

Pero en cuanto terminó el acto, en cuanto la gente empezó a salir y los profesores a recoger las cosas, yo agarré mi trofeo con fuerza y me dirigí directa hacia donde estaba él. Sabía que me estaría esperando. Y efectivamente, allí estaba, apoyado en una columna cerca de la salida, con las manos en los bolsillos, esperándome, con esa sonrisa de medio lado que me ponía de los nervios y me gustaba demasiado.

Me paré frente a él, levanté la barbilla y le mostré el trofeo como si fuera la prueba definitiva de mi victoria. —¿Lo ves? —le dije, con voz segura y altiva—. Gané. Como te dije que pasaría. Fue fácil, divertido y absolutamente magnífico. ¿Te quedaste con la boca abierta? ¿Por fin admites que soy la criatura más perfecta que existe sobre la faz de la tierra?

Alexandro soltó una risa baja, se separó de la columna y dio un paso hacia mí, mirándome de arriba abajo con esa mirada que parecía ver hasta mis pensamientos. —¿Que eres perfecta? —repitió él, con tono burlón—. Mariam, querida, si hubieras sido un poquito más perfecta, ahora mismo estaríamos en problemas con la policía, los bomberos y probablemente con científicos que querrían estudiarte en un laboratorio. ¿Te acuerdas de hace una hora? ¿De cuándo tu poder creció tanto que casi conviertes este gimnasio en un templo de adoración y fundes todo el sistema eléctrico?

Me puse roja de la indignación, bajé el trofeo un poco y le señalé con el dedo acusador. —¡Eso fue… fue un efecto artístico! ¡Fue parte de la actuación! —mentí descaradamente, aunque sabía que él sabía la verdad—. Quería que la emoción fuera intensa, quería dejar huella. Y además… ¡se arregló solo! De repente todo volvió a la normalidad. Fue suerte, simplemente. Una coincidencia afortunada.

—¿Suerte? —Alexandro se echó a reír, se acercó más y bajó la voz para que solo yo lo oyera, con esa calma exasperante suya—. ¿Llamas suerte al hecho de que yo me haya pasado los últimos veinte minutos drenando tu energía sobrante, estabilizando el campo magnético que creaste alrededor de todo el edificio y borrando los recuerdos más extraños de las personas que estaban más cerca de ti? Porque si eso es suerte, entonces tienes mucha suerte de tenerme a mí cerca, Mariam.

Me quedé con la boca entreabierta, mirándolo fijamente. ¿Había hecho todo eso? ¿Había manipulado recuerdos? ¿Había controlado mi energía desde lejos mientras yo seguía en el escenario? De repente, la imagen de él caminando tranquilo hacia el centro cuando las luces fallaron tuvo mucho más sentido. No solo había dicho unas palabras técnicas, había hecho magia, mucha magia, y nadie se había dado cuenta. Solo yo.

—Tú… —empecé a decir, sin saber si enfadarme o impresionarme—. Tú te crees muy listo, ¿verdad? Arreglas mis cosas y luego te paseas como si fueras mi salvador personal. Déjame decirte algo, Alexandro Ferrer: yo no necesito que me salven. Soy una hechicera milenaria, puedo controlar mis poderes perfectamente… bueno, a veces se me van un poquito, ¡pero es porque son demasiado grandes para un espacio tan pequeño! Y si arreglaste algo, fue solo porque hasta mis errores son tan importantes que requieren de alguien con tus… humildes habilidades para gestionarlos. No te lo tomes como un gran logro, es solo tu deber estando a mi lado.

Él se inclinó hacia mí, muy cerca, tanto que sentí su aliento cálido en mi mejilla, y me quitó el trofeo de las manos con mucha calma para mirarlo. —Como digas, mi reina —susurró, devolviéndomelo lentamente y mirándome a los ojos con esa mezcla de cariño y diversión que ya me era tan familiar—. Pero no olvides que, si no hubiera estado aquí, hoy habrías ganado el concurso, sí, pero también habrías sido el tema principal de las noticias de todo el país: "Una chica brillante y misteriosa hipnotiza a todo un instituto y hace bailar las luces". Y créeme, aunque te encanta ser el centro de atención, eso hubiera sido demasiada atención incluso para ti.

Le arranqué el trofeo de las manos con fuerza, me di la vuelta y empecé a caminar hacia la salida, con la cabeza muy alta, aunque por dentro sabía que tenía toda la razón. —¡Exagerado! ¡Todo te lo tomas a la tremenda! —le grité sin mirar atrás, aunque sabía que él me seguía—. Yo habría podido arreglarlo sola, solo que… me habría tomado un poco más de tiempo. Y, además, ¿qué importa? ¡Gané! ¡Tengo el trofeo, tengo el título y todo el mundo sigue pensando que soy maravillosa! Así que, en resumen: yo gané, tú ayudaste un poquito, y al final, todo sigue girando a mi alrededor. Como debe ser.

Alexandro caminó a mi lado, metió las manos en los bolsillos y negó con la cabeza, sonriendo. —Eres imposible, Mariam. Eres un desastre con patas, peligrosa, egocéntrica… e increíblemente brillante.

Lo miré de reojo, le saqué la lengua con una sonrisa traviesa y me ajusté la banda de ganadora con orgullo. —Y tú eres mi salvavidas inoportuno, mi inspector personal y… bueno, supongo que eres el único que me entiende. Aunque te cueste admitirlo, te divierte estar aquí limpiando mis desastres.

—Me divierte verte brillar —admitió él, bajando un poco la voz, con tono más suave—. Aunque a veces brilles demasiado y casi nos quemes a todos.

Suspiré con dramatismo, levanté el trofeo al cielo como si fuera una copa de vino y caminé hacia la puerta de salida, donde mis padres me esperaban con los brazos abiertos y las cámaras de fotos listas. —Bueno, querido, acostúmbrate —le dije con dulzura mortal—. Porque esto es solo el principio. Voy a brillar mucho, mucho más en esta vida, y tú vas a tener que estar ahí para verlo, para admirarlo y sí, de vez en cuando, para arreglar lo que sea necesario. Porque recuerda: soy la hechicera que reencarnó en el futuro, y tú… bueno, tú eres afortunado de estar en mi órbita.

Él se quedó parado en la puerta, apoyado en el marco, viendo cómo mis padres me llenaban de besos y flores, viendo cómo yo me convertía en el centro de todo de nuevo, y se quedó mirándome con esa expresión que ya empezaba a conocer bien: esa mezcla de orgullo, diversión y algo más profundo, algo que empezaba a crecer entre nosotros más rápido que mi propia magia.

—Sí —murmuró para sí mismo, mientras yo le lanzaba un beso desde el coche con una sonrisa triunfal—. Soy muy afortunado. Y tú, Mariam… tú eres puro fuego. Y yo ya me quemé desde el primer día.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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