**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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capitulo 8
—Ven, vamos a tomar un baño —dijo Adrián.
Lo miré.
Parpadeé.
Volví a mirarlo, esperando que en algún momento se echara a reír y admitiera que aquello era una broma.
No sucedió.
—Por supuesto que no.
Adrián arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repetí, llevándome una mano al pecho—. ¿De verdad acabas de preguntarme por qué?
—Sí.
—¡Porque no pienso meterme en una bañera contigo, pedazo de demente!
Él soltó una pequeña risa.
Yo lo señalé con el dedo, indignada.
—¡Tú! ¡Tú estás esperando que me dé el síndrome de Estocolmo!
Adrián se quedó mirándome.
Después sonrió.
—Así es.
El silencio cayó entre nosotros.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Y encima lo admites?
—¿Preferirías que te mintiera?
—¡PREFERIRÍA QUE ME DEVOLVIERAS MI LIBERTAD!
—Eso no va a suceder hoy.
Sentí unas ganas terribles de lanzarle algo a la cabeza.
Una silla.
Un jarrón.
Mi propia dignidad, si conseguía encontrarla entre los restos de mi paciencia.
Pero Adrián se acercó antes de que pudiera decidir cuál de aquellas opciones resultaba más satisfactoria.
Retrocedí.
Él avanzó.
Retrocedí otra vez.
Y entonces me tomó de la cintura.
Me quedé rígida.
Su rostro estaba demasiado cerca del mío y, para mi desgracia, aquel hombre seguía teniendo una apariencia insultantemente atractiva.
¡¿Por qué?!
¿Quién había permitido que un criminal tuviera semejante mandíbula?
—Mi amor —murmuró—, soy un mafioso importante. ¿De verdad crees que tengo algún tipo de moral?
Lo miré fijamente.
—Eso ya lo había deducido.
—Mato gente.
Mi sonrisa desapareció.
No lo dijo con orgullo ni con vergüenza.
Lo dijo como quien menciona una característica de su trabajo.
Me quedé helada.
Por mucho que sus amenazas me hubieran dejado claro que Adrián era peligroso, escuchar aquella confesión con semejante tranquilidad resultaba diferente.
No estaba frente a un hombre que jugaba a ser malo para impresionar a los demás.
Era un mafioso.
Uno de verdad.
Y yo estaba encerrada en su casa.
Tragué saliva.
—¿Me estás diciendo que has matado personas?
—Sí.
—¿Y puedes dormir por las noches?
—Bastante bien.
Lo miré con horror.
—Eres un monstruo.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—Probablemente.
No intentó justificarse.
No me contó una historia triste sobre una infancia difícil ni me pidió que comprendiera sus decisiones. Tampoco se presentó como un hombre obligado a hacer cosas terribles por culpa de los demás.
Simplemente aceptó mis palabras.
Y aquello me inquietó más de lo que habría querido reconocer.
Porque tenía razón en algo: al menos estaba siendo sincero conmigo.
No intentaba convencerme de que era un santo.
Aunque, sinceramente, habría preferido que tuviera la decencia de ser un santo mentiroso y me dejara salir por la puerta principal.
—¿Y esperas que me enamore de ti después de escuchar eso? —pregunté.
Adrián bajó la mirada hacia mí.
—No necesito que te enamores de mí hoy.
Mi corazón dio un pequeño salto.
No por la frase.
Por la manera en que la dijo.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Como si mi negativa fuera apenas un obstáculo temporal y él estuviera convencido de que terminaría consiguiendo lo que quería.
Me aparté de él con ambas manos.
—Pues puedes esperar sentado.
—No tengo problema.
—¡Adrián!
—¿Qué?
—¡DEJA DE DARME LA RAZÓN! ¡ES MUY DIFÍCIL DISCUTIR CONTIGO CUANDO NO TE IMPORTA NADA!
Él soltó una carcajada.
Yo quería llorar.
O gritar.
O encontrar un libro de psicología y arrojárselo a la cabeza hasta que aprendiera a respetar la voluntad ajena.
—No voy a bañarme contigo —repetí, procurando recuperar la poca dignidad que me quedaba—. Ni hoy, ni mañana, ni dentro de cien años.
Adrián me observó durante unos segundos.
Finalmente, se apartó.
—Como quieras.
Parpadeé.
¿Así de fácil?
¿Sin amenazas?
¿Sin ordenar a sus hombres que me arrastraran hasta una bañera?
Lo vi dirigirse hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—El baño está preparado en tu habitación. Puedes utilizarlo sola.
Me quedé inmóvil.
Después entrecerré los ojos.
—¿Y por qué demonios me has dicho que fuéramos juntos?
Su sonrisa regresó.
—Quería ver tu reacción.
Cerré los ojos.
Respiré profundamente.
Conté hasta tres.
No funcionó.
—¡VOY A MATARTE!
Adrián se rio mientras salía de la habitación.
—Procura no hacerlo antes de la boda, mi amor.
La puerta se cerró.
Me quedé mirando la madera durante varios segundos.
Después me dejé caer sobre la cama y enterré la cara en una almohada.
—Estoy viviendo una pesadilla.
Y lo peor era que apenas llevábamos dos días.
Dos.
¡MALDITOS!
DÍAS.
Me incorporé y miré hacia el cuarto de baño.
Al menos podía darme una ducha tranquila.
Eso era algo.
Me levanté, entré y cerré la puerta con pestillo. Después comprobé dos veces que nadie pudiera entrar.
Solo cuando estuve segura, me permití respirar.
—Bien —murmuré—. Vamos a establecer algunas reglas.
Levanté un dedo.
—Uno: no enamorarme de Adrián Volkov.
Levanté otro.
—Dos: no dejarme engañar por su cara bonita.
Un tercer dedo.
—Tres: escapar de esta mansión.
Me miré en el espejo.
Tenía el cabello revuelto, las mejillas todavía sonrojadas y la expresión de una mujer que estaba a punto de perder los últimos vestigios de cordura.
Suspiré.
—Y cuatro: dejar de pensar en sus músculos.
Me quedé callada.
Bajé lentamente la mirada hacia mis manos.
—Eso último va a ser difícil.
¡MALDITA SEA!
Me metí en la ducha antes de que mi propio cerebro pudiera traicionarme otra vez.
Porque una cosa estaba clara.
Adrián podía tener dinero, poder, una mansión gigantesca y un rostro capaz de arruinarle la vida a cualquier mujer con ojos funcionales.
Pero yo tenía algo que él todavía no había conseguido arrebatarme.
Mi voluntad.
Y pensaba aferrarme a ella, aunque tuviera que recordarme cada cinco minutos que el hombre más atractivo que había conocido era también el último con el que debía involucrarme.
Especialmente si seguía llamándome *mi amor* como si ya hubiera ganado una batalla que ni siquiera había conseguido que yo aceptara librar.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción