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Te Encontré En Mis Sueños

Te Encontré En Mis Sueños

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance
Popularitas:685
Nilai: 5
nombre de autor: inkdreams

Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.

NovelToon tiene autorización de inkdreams para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Trazos sobre la piel

Punto de vista: Alexander

A las dos en punto de la tarde, atravesé la puerta de cristal del taller de diseño.

Había pasado las últimas cuatro horas en mi despacho intentando sepultarme bajo una montaña de contratos, balances financieros y llamadas con los inversionistas de Nueva York. Inútil. Cada cifra se transformaba en el contorno de su silueta; cada cláusula firmada traía el eco sutil de su aroma a flores silvestres y lluvia.

—Abran paso al jefe —murmuró Lucas con sorna desde el centro del taller, aplaudiendo suavemente para captar la atención de los pasantes—. Abran sus carpetas. Es hora del juicio final.

Caminé a pasos lentos entre las mesas de dibujo. Los jóvenes talentos se erguían sobre sus maquetas y planos, algunos con las manos temblorosas y la respiración agitada. Yo apenas los miraba. Mi atención estaba fija, de forma casi magnética, en la estación de trabajo del fondo, junto al gran ventanal que daba a la ciudad.

Allí estaba Alana.

Se había quitado la chaqueta del traje beige, dejándola colgada en el respaldo de su silla. Traía una blusa blanca de seda ajustada al torso que marcaba con elegancia la curva de su cintura. Su largo cabello castaño caía de lado sobre su hombro derecho, dejando al descubierto la pálida línea de su cuello. El mismo cuello que en mis noches se arqueaba hacia atrás cuando mis labios descendían por su piel.

Apreté la mandíbula hasta sentir un chasquido en el oído, luchando contra el ardor instintivo que me quemaba las entrañas.

A su lado, el tal Mateo Ríos ajustaba un escalímetro sobre su mesa, hablándole al oído en un susurro demasiado cercano para mi gusto. Alana le sonrió con afecto, un gesto cálido y genuino que hizo que mi sangre hirviera a una temperatura peligrosa.

—Señor Ríos —interrumpí, apoyando las manos sobre la mesa del chico con una frialdad cortante—. Empecemos con usted. Enséñeme qué tiene para la Torre Malibú.

Mateo dio un paso al frente, aclarándose la garganta pero manteniendo una postura firme. Desplegó sus planos de planta y renderizaciones con seguridad.

—Propongo una estructura aerodinámica de cristal templado y titanio, señor Hale, con terrazas voladas hacia el Pacífico para maximizar el aprovechamiento de la luz solar —explicó, señalando las líneas con precisión.

Examiné su trabajo en silencio durante unos segundos. No podía negar que el chico tenía talento; la propuesta era sólida, limpia y comercialmente atractiva.

—Estructura convencional, aunque ejecutada con una técnica impecable —evalué con voz grave, cruzándome de brazos—. Le falta arriesgar en los voladizos, pero es un trabajo profesional. Bien.

Mateo exhaló un suspiro de alivio disimulado.

Entonces, di un paso hacia la derecha. Me detuve justo frente a la mesa de Alana.

La distancia entre los dos se redujo a menos de un metro. La tensión sexual en el aire se volvió tan espesa que el espacio pareció reducirse hasta que solo existíamos nosotros dos. Pude ver el pulso acelerado latirle en la base de la garganta y cómo sus ojos color ámbar se dilataban sutilmente al sentir mi cercanía.

—Señorita Mendoza... —pronuncié despacio. Su nombre en mi boca sonaba como una provocación privada que solo ella y yo podíamos entender—. Sorpréndame.

Alana tomó aire profundamente, hinchando su pecho de una forma que casi acaba con el último remanente de mi autocontrol. Se inclinó sobre la mesa para desplegar un enorme plano dibujado a mano alzada.

—La mayoría de los proyectos en la costa de Malibú fuerzan a la naturaleza a adaptarse a la edificación —comenzó a explicar, alzando la vista para mirarme directamente a los ojos—. Mi propuesta no busca imponerse sobre el acantilado, sino fusionarse con él. Utilicé concreto pigmentado con arena local, terrazas escalonadas de madera tratada y un sistema de vegetación endémica que actúa como aislante térmico natural.

Me incliné sobre su mesa, apoyando las palmas de las manos a cada lado del plano, acorralándola sutilmente entre mi cuerpo y el borde de madera. El olor de su piel me envolvió como una ola.

—¿Una estructura que se funde con la roca en lugar de desafiarla? —pregunté en un murmullo bajo, inclinando levemente la cabeza, disfrutando de cómo sus pestañas temblaban por la brevedad de la distancia—. Eso podría considerarse una falta de audacia para un rascacielos corporativo.

—No es falta de audacia, señor Hale. Es respeto por la estructura original —respondió ella, sin dar un solo paso atrás, sosteniéndome la mirada con un desafío hermoso y sensual—. Cualquiera puede construir una torre de cristal fría y pretenciosa. Solo un verdadero arquitecto sabe cómo hacer que un edificio tenga alma.

Un silencio sepulcral cayó sobre el taller. Lucas soltó un silbido casi imperceptible al fondo. Nadie en la empresa le hablaba a Alexander Hale de esa manera. Nadie.

Y a mí, esa firmeza y la calidez de su voz respondiéndome en la vida real me encendieron por completo.

Estiré la mano lentamente hacia el plano. Mi intención era señalar uno de los cortes transversales del acantilado, pero al mover el dedo, el dorso de mi mano rozó deliberadamente la piel de su antebrazo desnudo.

Fue solo un segundo. Un roce milimétrico.

Una descarga eléctrica real, brutal y dolorosa nos atravesó a los dos al mismo tiempo. Alana ahogó un jadeo suave y retiró la mano como si la hubiera quemado el fuego. Yo contuve la respiración, sintiendo cómo los vellos de mis brazos se erizaban y mi corazón se desbocaba contra las costillas.

No era una fantasía. No era mi mente jugando conmigo.

La química que nos destruía por las noches era mil veces más destructiva y palpable al contacto con su piel de verdad.

—Tiene un trazo impecable, señorita Mendoza —dije con la voz rasposa por el esfuerzo de no tomarla por la cintura en ese mismo instante—. Trabaje en los cálculos de carga de las terrazas voladas para mañana. Quiero ver si esa "alma" de la que habla resiste el peso de la realidad.

—Estarán listos, señor Hale —contestó ella, apretando los labios con una mezcla de indignación y deseo contenido.

Me erguí, ajustándome el saco del traje, y miré a Lucas.

—Señor Vance, elija los tres mejores conceptos para las cinco de la tarde. El proyecto de la señorita Mendoza encabeza la lista.

Sin esperar respuesta, me giré y salí a pasos firmes del taller de diseño. Al cruzar la puerta, me pasé los dedos por la palma de la mano que acababa de tocarla. Mi piel todavía guardaba el calor del roce.

Estaba jugando con fuego al tenerla tan cerca. Y lo peor de todo era que deseaba quemarme entero.

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